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Opinión
Parlamentario hace 2 días 8 min de lectura

Los mundiales pasan y la política sigue jugando su propio partido - Parlamentario

Con la Scaloneta en una nueva final del mundo, es un clásico que la dirigencia busque capitalizar un fenómeno que históricamente nunca garantizó beneficios electorales. Del vínculo de los presidentes con los campeones, pasando por el protagonismo de

Los mundiales pasan y la política sigue jugando su propio partido - Parlamentario
Foto: Parlamentario

Con la Scaloneta en una nueva final del mundo, es un clásico que la dirigencia busque capitalizar un fenómeno que históricamente nunca garantizó beneficios electorales. Del vínculo de los presidentes con los campeones, pasando por el protagonismo de Chiqui Tapia, hasta la inesperada irrupción de la cuestión Malvinas, el Mundial volvió a cruzarse con la política, aunque no necesariamente en los términos que imaginan los gobiernos.

No estaban errados aquellos que en vísperas del inicio de la Copa del Mundo aclaraban que el interés general estallaría una vez llegara el momento en que la Selección nacional comenzara su participación en el torneo. Más bien llegó antes: no tardó nada en que el show del deporte que más pasión despierta entre los argentinos comenzó cautivar a toda la afición, simplemente porque a diferencia de otras ocasiones, prácticamente todas las estrellas del fútbol estuvieron esta vez a la altura de los acontecimientos.

Como de costumbre, se especuló con que tal evento serviría para atraer toda la atención por sobre otros problemas, y como siempre se especuló con que el gobierno podría sacar partido de la situación, fundamentalmente porque los problemas quedaran en segundo plano. Una apreciación por lo menos desacertada: los mundiales no benefician, per sé, al gobierno de turno. Por mejor que le vaya a la selección, cualquiera sea. Alcanza con verificar que ni el de Alfonsín en el 86, ni el de Alberto Fernández en 2022, cosecharon algún vestigio de aquellas estrellas conseguidas. Ni hablar del 78

A partir de nuestras segunda y tercera estrellas podría construirse una teoría apresurada: que ningún presidente que coincide con un título mundial consigue después la reelección. La experiencia, sin embargo, muestra que el éxito futbolístico y la suerte electoral corren por caminos distintos.

Si Argentina vuelve a coronarse este domingo, el año próximo habrá una nueva oportunidad para poner a prueba esa conjetura.

La relación entre los presidentes de turno y los campeones del mundo es también digna de análisis. Dejando de lado el uso político que la dictadura militar hizo del Mundial 78, ya no solo por ser campeones, sino por haberlo organizado, en los albores de la recuperada democracia Raúl Alfonsín recibió al plantel campeón en la Casa Rosada el 30 de junio de 1986. Los felicitó en su despacho y Diego Maradona le entregó simbólicamente la Copa del Mundo, pero para evitar el uso político partidario de ese logro deportivo, el mandatario evitó salir al balcón con los jugadores y les cedió ese espacio exclusivamente a ellos para que saludaran a la multitud congregada en la Plaza de Mayo. Vale decir que previamente al Mundial ese gobierno radical había realizado gestiones para desplazar a Carlos Bilardo de la dirección técnica, por lo que había ciertos pruritos comopara alardear con la victoria. De hecho, a la final del mundo viajó Conrado Storani en representación del gobierno y no el presidente Alfonsín.

Sí lo hizo más tarde un presidente muy futbolero como fue Carlos Menem, en ese caso a la inauguración del Mundial de Italia en 1990, tiempos en los que el campeón vigente inauguraba el torneo. La sorpresiva derrota del equipo de Bilardo ante Camerún le imprimió al riojano un aura negativa que lo acompañaría durante años y disuadiría a los presidentes que lo sucedieron de asistir a los partidos de la Selección.

En el caso de Alberto Fernández, es historia reciente, e inolvidable el desaire que la Scaloneta le hizo al entonces funcionario Eduardo Wado de Pedro que esperaba de madrugada a los jugadores en Ezeiza, y el rechazo posterior a recibir al Presidente y mucho menos ir a la Rosada.

Obviamente el tema fue motivo de estudio en los más altos niveles del gobierno libertario, que ofreció anticipadamente a través de Javier Milei la Casa Rosada desprovista de autoridades, a los efectos de que los jugadores saludaran a la gente, aun antes de llegar a la final. Obviamente la propuesta se mantenía al cierre de esta edición, ya con operativo de traslado incluido, aunque con la presunción de que difícilmente los jugadores fueran a modificar la postura que asumieron ellos mismos hace cuatro años.

Con esa sospecha, la posibilidad de un asueto -a priori, algo reñido con la idiosincrasia libertaria- era una posibilidad muy sólida el fin de semana, más allá del resultado del domingo.

Según las crónicas provenientes de Estados Unidos, en el plantel argentino ninguno se daba por hecho con haber llegado a la final, a la espera de que un esfuerzo final les brindara (más) gloria. Al que sí se ve más que satisfecho es al mandamás de la AFA, que conforme ha ido avanzando la Selección en el Mundial fue elevando su perfil, convencido de que la buena performance futbolística tendrá proyección positiva sobre sus causas judiciales. El Chiqui Tapia no solo difundió fotos suyas tomando mate con Messi y De Paul en la previa de los partidos, aclarando que esa es una cábala que mantienen, sino que también se mostró al estilo Guillermo Francella el día después de la batalla ante Inglaterra, y hasta protagonizó un paso de comedia al pasar casualmente detrás de Messi, con un colaborador secándole la nuca, mientras el astro era reporteado por al TV.

El Chiqui completó lo que siente como una suerte de blindaje que le está brindando la performance de la Scaloneta cuando en medio de una actividad oficial de la FIFA previa a la final, el presidente Donald Trump le estrechó la mano y conversaron brevemente. Lo suficiente, a los ojos de Tapia.

Ni qué decir si con el visto bueno de los jugadores, el presidente de la AFA termina dándose el lujo de saludar desde los balcones de la Rosada.

La cuestión Malvinas

La semifinal con Inglaterra le puso un marco especial a la travesía mundialista. Y trazó un punto de contacto con la política, a partir del pedido del gobierno argentino -consensuado con autoridades norteamericanas e inglesas- de evitar ir a la cancha con imágenes alusivas a Malvinas. Quien más magullada resultó fue la ministra de Seguridad, Alejandra Monteoliva, que quedó en el centro de una polémica por cómo se refirió a los símbolos vinculados a Malvinas al explicar las restricciones de FIFA: tras aclarar cuáles eran los elementos permitidos, ubicó entre los prohibidos a los que hicieran alusión a mensajes violentos o explícitos, como el mapita de Malvinas.

Tampoco la pasó bien en redes el presidente Milei, de quien recordaron su admiración por Margaret Thatcher. De hecho, en la conferencia de prensa que brindó esta semana, el vocero presidencial Adrián Ravier se incomodó cuando le preguntaron si Milei tiene un portarretratos de Thatcher en su despacho. No lo sé, se desentendió.

El impacto político que el tema tuvo lo dieron justamente los jugadores argentinos al desplegar una bandera con la frase Las Malvinas son argentinas. Según un informe de la consultora Reputación Digital, la hora de mayor conversación del partido con Inglaterra no fue la de ningún gol, sino que se dio a las 19 del miércoles, tras el pitazo final, con el despliegue de esa bandera, que generó 5.841 menciones/hora.

Metidos de lleno en la final, sin duda que los jugadores argentinos no deben haber tomado conciencia de la magnitud de lo conseguido en materia política. Ese gesto registrado de manera espontánea al cierre de un partido épico, generó entre otras reacciones una columna de opinión del periodista Simon Jenkins en el influyente medio inglés The Guardian, instando a Londres a reanudar las negociaciones sobre la soberanía de Malvinas. Las Malvinas no pueden seguir siendo británicas para siempre, escribió Jenkins. ¿Es demasiado pedir que surja una negociación similar tras la semifinal de anoche, una aplastante derrota de Inglaterra a manos de Argentina, después de la cual el tema de las Malvinas resurgió con fuerza en forma de pancarta en el campo?, se preguntó el periodista británico, para quien ninguno de los territorios de la época imperial británica tiene derecho eterno a permanecer como está.

Resultó patético el posterior pedido inglés a la FIFA para aplicar sanciones contra los jugadores argentinos, y sonó contundente el gobierno de Trump al rechazar esa sugerencia a través de Andrew Giuliani, director ejecutivo de la Task Force de la Casa Blanca para el Mundial, que amparó el gesto argentino en la Primera Enmienda de la Constitución estadounidense, argumentando que los futbolistas tienen garantizada la libertad de expresión en territorio de Estados Unidos.

Para disgusto del gobierno argentino, esta sorpresiva polémica se dio justo en vísperas del debate en el Senado del proyecto oficial de Inviolabilidad de la Propiedad Privada. Es que justamente el principal punto de fricción es el capítulo que reforma la Ley de Tierras, dado que el proyecto de Federico Sturzenegger plantea eliminar los límites a la compra de hectáreas y recursos estratégicos por parte de extranjeros. Un tema por demás sensible, potenciado por la discusión planteada por el fútbol en términos de soberanía.

El mismo día de la sesión se conoció la décimo quinta versión del dictamen puesta a consideración, sin tampoco convencer a los senadores radicales aliados que necesita para conseguir la media sanción, y el debate volvió a postergarse. Por cuarta vez.

Y dale con la cuarta

Parlamentario Esta nota se publicó originalmente en el medio.
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