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Provinciales
TN 28/06/2026 05:35 9 min de lectura

Tenía 14 años, le mintió a su papá y una pirueta en una pelopincho la dejó cuadripléjica: No quiero volver a caminar

Giselle tomó una mala decisión que la dejó en una cama de hospital conectada a un respirador. Pasó por la culpa, el enojo y el rechazo familiar, pero en el camino encontró un amor sin tabúes y el milagro de ser mamá. La silla de ruedas era mi enemig

Tenía 14 años, le mintió a su papá y una pirueta en una pelopincho la dejó cuadripléjica: No quiero volver a caminar
Foto: TN

El 31 de diciembre es, para la mayoría, una frontera de festejos y promesas. Para Giselle Agostino, sin embargo, fue la tarde en que el reloj de su primera juventud se detuvo en seco.

Tenía 14 años, la rebeldía a flor de piel y esa imprudencia casi ciega de los adolescentes que se creen inmortales. Su papá, bombero voluntario, pasaba la guardia de fin de año en el cuartel; ella, en lugar de ir con su madre como había prometido, mintió para quedarse cerca de un noviecito de la cuadra. Se fue a lo de su mejor amiga, se subió al esquinero de una pelopincho y buscó hacer una mortal hacia adelante. No llegó a dar la vuelta. El cuello impactó contra el fondo de la lona y el mundo, tal como lo conocía, se apagó.

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No perdí el conocimiento, pero quedé inmóvil bajo el agua. Fue como un chum, como que algo se desconectó, rememoró Giselle, que hoy tiene 30 años y reconstruye aquel instante con una serenidad que estremece, en diálogo con TN. Su amiga había entrado a la casa y ella quedó flotando al revés, atrapada en un cuerpo que ya no respondía, en una tarde de calor agobiante.

Solo podía mover el cuello. Cuando la mamá de mi amiga me vino a buscar para comer, yo le movía la cabeza para indicarle que algo pasaba. Ya no aguantaba más y dije: Dios mío, por favor, no aguanto más. Fue mi última frase antes de que me sacaran de los pelos.

Cuando su padre llegó desesperado al lugar, alertado por un llamado que decía que su hija se había ahogado, la encontró tirada en el pasto, con una toalla enrollada en la nuca. Boluda, ¿qué te pasó?, atinó a decirle, intentando levantarla. La respuesta de la adolescente selló el destino de los años venideros: Papá, me duele mucho el cuello, no siento las piernas.

El traslado de urgencia al Hospital del Niño de San Justo y el posterior viaje a medianoche hacia el Garrahan confirmaron el diagnóstico: una lesión medular alta e incompleta. Despertó una semana después, tras un coma farmacológico, una operación y una traqueotomía que la mantuvo conectada a un respirador.

La culpa, el reproche y el quiebre de los 15 años

El regreso a la conciencia trajo consigo el peso de las consecuencias. Giselle sabía que el quiebre no había sido un golpe del azar, sino el resultado directo de su propia audacia. Mucho tiempo me eché la culpa. De hecho, mi papá siempre me la echó. Fue muy fuerte. Cualquier cosa era: Bueno, cagate, porque quién te mandó a tirarte en la pileta sabiendo que había 20 centímetros de agua, confesó. Sin embargo, con los años, logró desarmar ese reproche familiar para transformarlo en una filosofía de supervivencia.

Estando internada en el Garrahan, el calendario marcó sus 15 años. Lejos de la fiesta que alguna vez soñó, sopló las velas en una cama de hospital, usando pañales y valiéndose de una válvula fonatoria para poder pronunciar apenas unas palabras a través de la tráqueo. La vuelta a Ramos Mejía, el barrio donde creció antes de mudarse hace poco a Merlo, implicó lidiar con la mirada ajena y con su propia rebeldía intacta, que ahora se canalizaba de formas peligrosas.

Al principio, sus amigos la visitaban o la sacaban como si fuera un perrito, pero Giselle quería recuperar la vorágine de antes. Empecé a salir a bailar de nuevo, a emborracharme, a tomar un montón de alcohol que yo no podía por la medicación. Una vez llegué a mi casa con la vejiga explotada y ahí me di cuenta de que había cosas que no podía volver a hacer. Otra vez, borracha, me caí de la silla y me rompí la cara. Creía que iba a poder hacer la misma vida estando sentada, y la verdad es que no, recordó.

A los 19 años, la vida le cruzó a Pablo. Se lo presentó una cuidadora que vivía a la vuelta de la casa de él y, tras ver una foto suya, él insistió en conocerla. Desde el día en que se vieron por primera vez, no se separaron nunca más. Para Giselle, abrirse a una relación significó enfrentar los fantasmas de la intimidad y derribar los prejuicios que la propia medicina o su familia que la cuidaba en una cajita de cristal imponían sobre su cuerpo.

Antes del accidente yo ya había tenido relaciones, y volver a salir a ese mundo fue un redescubrir total. Es un mundo nuevo porque tenés que redescubrir sensaciones en el cuerpo. Tenía miedo de arriesgarme por el temor a la frustración en caso de que no funcionara, explicó. A diferencia de lo que muchas personas creen sobre la cuadriplejia, Giselle aclaró que, al tener una lesión incompleta, conserva la sensibilidad interna.

Me han ofrecido mil dólares en las redes para que les muestre los pies, por ejemplo. Con mi esposo nos reímos, hay gente enferma con fetiches, sobre todo en TikTok, que es una cloaca de gente mayor atrevida y morbosa, pero no me lo tomo personal, relató.

El deseo postergado y el milagro de Alejo

Durante mucho tiempo, la posibilidad de la maternidad fue un territorio vedado en la mente de Giselle. Mi esposo siempre quiso ser papá y yo siempre decía que no quería saber nada. Considero que lo tenía medio reprimido porque siempre lo creí imposible, admitió. Su estrategia para evitar el dolor era la practicidad extrema: Entonces ni lo pensaba, no quería. ¿Para qué yo voy a engancharme en algo que no voy a lograr? Siempre quería ir por metas que sabía que iba a poder cumplir. Y a mí esta me parecía completamente... no, decían por todos lados que no.

Sin embargo, Pablo no se dio por vencido y la empujó a buscar una respuesta médica real en lugar de dejarse ganar por los fantasmas. Giselle, que solía patearle el tema para más adelante, entendió que era momento de poner las cartas sobre la mesa.

El embarazo llegó de manera fulminante, apenas dos meses después de dejar de cuidarse, en plena pandemia de 2020. A diferencia de los pronósticos oscuros que le habían pintado basándose en experiencias de otras conocidas con lesiones similares, los meses de gestación de Giselle fueron idílicos. Tuve un embarazo espectacular. Alejo nació prematuro, a las 34 semanas, pero ya se sabía que iba a ser así, explicó.

El verdadero desafío emocional comenzó cuando tuvo a su hijo en brazos. Al principio yo tenía mucho miedo porque decía: ¿y cómo voy a hacer para darle la teta? ¿Cómo voy a hacer para tenerlo en brazos cuando llora? Me va a desesperar, no voy a poder agarrarlo. ¿Cómo le cambio el pañal si se hace caca?, rememoró con honestidad. Fue en ese laberinto de temores donde Pablo volvió a sostener el andamiaje familiar. Ahí estaba diciéndome: Tranquila, si se hace caca lo cambio yo; si quiere la teta yo lo tengo y toma teta; si llora, bueno, yo lo calmo, y si no te lo acerco y lo calmás vos.

La batalla diaria por la autonomía

Tras pasar nueve meses internada en el instituto Fleni de Escobar y realizar años de rehabilitación intensiva, Giselle logró hitos que los médicos iniciales creían imposibles: aunque no mueve los dedos ni tiene agarre, desarrolló técnicas para maquillarse, comer sola, cepillarse los dientes y usar la computadora y el celular con los nudillos a una velocidad que sorprende. Hoy trabaja bajo la modalidad de home office para la Auditoría General de la Nación, pero su dependencia física sigue siendo total.

En su día a día hay una persona más: su acompañante terapéutica, que está con ella las 24 horas, los siete días de la semana. Cuando conocí a mi esposo le dije: Mirá que donde voy yo, va ella. Mi dependencia es total, pero la independencia para tomar mis decisiones es absolutamente mía, contó.

Mirando hacia atrás, sentada en su casa de Merlo, Giselle no da lugar a los lamentos. El enojo con Dios le duró poco, precisamente desde la tarde en que, internada en la terapia del Garrahan, miró a través del vidrio de la habitación contigua y vio a una nena de dos años que estaba conectada desde el día en que había nacido. Ahí hice un clic. Pensé: Yo me mandé una cagada, fue consecuencia de lo que hice. Pero esta nena no hizo nada. Yo por lo menos tengo la cabeza bien y puedo decir lo que me pasa.

Mi papá se enoja un montón porque siempre me está mandando que en Brasil hay un tratamiento para la médula. Y yo le dije un ejemplo que lo hizo enojar mucho: Pa, si vos me venís con 10 millones de dólares y me decís cambiá tu vida o volvé a ser lo que eras, yo elijo seguir en silla de ruedas. Yo no quiero volver a caminar, yo no imagino una vida caminando. Se enojó un montón y me dijo cómo iba a decir una cosa así. Pero es que sí, yo no tengo una vida con cargas. Yo simplemente vivo. ¿Por qué voy a dejar la vida que tengo? Ni por plata, ni por un tratamiento, ni por nada. Soy feliz con mi esposo, mi hijo y mi silla de ruedas, que era mi peor enemiga y hoy es mi mejor amiga. No cambiaría mi vida por nada, concluyó Giselle.

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