Capítulo XLII de "Historias del crimen" en Spotify: el peón rural de Carpintería que mató a su padre para que no "sufriera más"
En julio de 1963, un trabajador rural denunció la muerte de su padre en una finca de Carpintería. Lo que parecía una tragedia doméstica terminó revelando un crimen estremecedor: el hijo confesó que había envenenado el agua que bebía el anciano porque
Pensé que la vida que llevábamos era muy sacrificada. No quería que sufriera más.
La frase quedó registrada en el expediente judicial y salió de boca de Herman Ferreyra, un peón rural de 37 años que terminó confesando uno de los crímenes más impactantes ocurridos en San Juan durante la década del sesenta.
Su víctima fue su propio padre.
Don Francisco Ferreyra tenía 73 años, sufría problemas cardíacos y padecía reuma ciático. Vivía junto a su hijo en un humilde rancho ubicado dentro de una finca de Carpintería, en Pocito.
La mañana del 13 de julio de 1963, Herman se presentó ante la Policía para informar que había encontrado muerto al anciano.
Al principio parecía una desgracia familiar.
Pero la investigación sacó a la luz una verdad mucho más oscura.
El hallazgo
Cuando los efectivos de la Comisaría 7ma llegaron a la finca Recabarren, en la calle 21 de Febrero, encontraron el cuerpo de Francisco Ferreyra tendido sobre una antigua cama de hierro.
No había signos de vida.
El médico Ochoa, conocido profesional de la zona, confirmó el fallecimiento.
A simple vista, algo llamó la atención de los investigadores.
La escena no encajaba con una muerte natural.
El cadáver presentaba rastros de vómitos y otros indicios compatibles con una intoxicación.
Mientras el comisario Lázaro Atencio, el sumariante Mario Arias y los policías recorrían la vivienda, apareció una pista fundamental.
Dentro del rancho encontraron una tinaja con agua que despedía un fuerte olor a agroquímicos.
Nadie quiso tocarla.
Mucho menos probar su contenido.
La sospecha de un envenenamiento comenzaba a tomar forma.
El jarro enterrado
Mientras los uniformados continuaban la inspección, Herman Ferreyra intentó alejarse discretamente hacia los parrales de la finca.
Uno de los policías decidió seguirlo.
Desde cierta distancia observó cómo el peón cavaba en un bordo y enterraba un objeto.
El agente avisó de inmediato a sus compañeros.
Cuando lo interceptaron descubrieron que trataba de ocultar un jarro de lata impregnado con un penetrante olor a insecticida.
Aquello cambió todo.
Ferreyra comenzó a mostrarse nervioso.
Tartamudeaba.
Transpiraba.
Y cada respuesta generaba nuevas dudas.
Presionado por los investigadores, terminó admitiendo que el agua de la tinaja contenía veneno.
Una historia que no cerraba
Su primera explicación apuntó contra su exesposa, Elba.
Aseguró que había colocado el insecticida porque pretendía matarla cuando ella fuera a buscar unos muebles a la finca.
Según su versión, el verdadero objetivo era la mujer y su padre había tomado el agua por accidente.
Pero las contradicciones aparecieron una tras otra.
Los investigadores comenzaron a sospechar que no estaba diciendo toda la verdad.
Los análisis realizados posteriormente revelaron que el agua contenía Folidol, un potente insecticida organofosforado utilizado en tareas agrícolas.
El informe forense confirmó además que Francisco Ferreyra murió intoxicado por esa sustancia.
Ya no había dudas de que se trataba de un homicidio.
La confesión más dura
Horas después de su detención, Herman Ferreyra se quebró.
Agobiado por la culpa, abandonó la versión del supuesto ataque contra su exmujer y contó una historia completamente diferente.
Reconoció que había colocado el veneno pensando en su padre.
Y reveló algo todavía más perturbador.
También había considerado suicidarse.
Mi padre estaba enfermo. No quería que sufriera más, declaró.
En otro tramo de su testimonio habló de la profunda crisis personal que atravesaba.
Su esposa lo había abandonado.
No podía ver a sus hijos.
Vivía sumido en la tristeza.
El trabajo apenas alcanzaba para subsistir.
Y la enfermedad de su padre agravaba una situación económica y emocional ya desesperante.
Aquella confesión dejó a los investigadores frente a un escenario impensado.
No estaban ante un crimen motivado por dinero, celos o venganza.
Al menos según el propio acusado.
Herman sostenía que había tomado la decisión porque creía que la vida de ambos se había vuelto insoportable.
Un cambio de estrategia
Con el avance de la causa, Ferreyra volvió a modificar su relato.
Quizás por consejo de su defensa.
Quizás por temor a una condena más severa.
Lo cierto es que se retractó de aquella confesión y retomó la historia inicial: el veneno estaba destinado a su exesposa y la muerte de su padre había sido accidental.
La estrategia apuntaba a desligarlo de una intención homicida directa contra el anciano.
Durante meses insistió con esa versión.
Incluso presentó a Elba como una persona conflictiva y aseguró que ella había contribuido a destruir su vida familiar.
Pero para los investigadores esas explicaciones parecían más una forma de justificarse que una reconstrucción real de los hechos.
El juicio
La causa llegó a juicio en 1965.
El fiscal consideró que existían elementos suficientes para acusarlo por homicidio doblemente agravado, debido al vínculo con la víctima y a la premeditación.
Sin embargo, el juez Wilson Vaca adoptó otra postura.
Entendió que Ferreyra había actuado con intención criminal, pero consideró válida la hipótesis de que el objetivo original era su exmujer.
Por esa razón descartó que hubiera querido matar específicamente a su padre.
El 16 de junio de 1965 lo condenó a 18 años de prisión por homicidio simple.
Parecía el final de la historia.
Pero todavía faltaba un capítulo.
El duro revés
El Ministerio Público Fiscal apeló la sentencia.
Para el fiscal, la propia declaración de Herman Ferreyra demostraba que había planeado envenenar a su padre y luego quitarse la vida.
Además sostuvo que el método utilizado evidenciaba premeditación y alevosía contra una persona anciana, enferma e indefensa.
La Cámara Primera en lo Penal revisó el caso.
Y llegó a una conclusión distinta.
El 6 de junio de 1966, los jueces Tristán Balaguer Zapata, Alejandro Fidel Martín y Carlos Graffigna Latino modificaron la calificación legal.
Consideraron acreditado que el crimen había sido cometido contra su padre y que correspondía aplicar los agravantes por el vínculo y la premeditación.
La consecuencia fue inmediata.
La condena de 18 años quedó sin efecto.
En su lugar, Herman Ferreyra recibió prisión perpetua.
El final
Después de la resolución de la Cámara, el peón rural fue trasladado a la alcaidía pública de San Juan para cumplir la nueva condena.
Con el paso de los años, su historia quedó sepultada entre viejos expedientes judiciales y páginas amarillentas de diarios de la época.
Sin embargo, el caso todavía conserva una fuerza perturbadora.
Porque detrás del crimen no hubo una disputa por dinero ni una pelea familiar tradicional.
Hubo un hijo que aseguró haber envenenado a su padre porque creía que estaba poniendo fin a su sufrimiento.
Una explicación que jamás convenció a la Justicia.
Y que convirtió a Herman Ferreyra en protagonista de uno de los homicidios más estremecedores de la historia criminal sanjuanina.
Esta producción es una incursión de Tiempo de San Juan en esta plataforma. Cada semana se emitirá un nuevo capítulo. El contenido está a cargo de Walter Vilca, Agostina Montaño y Adrián Carvajal.