Nunca es tarde: la emoción de Delfina, la abuela que cumplió su sueño de volar a los 92 años
Tras una vida atravesada por el trabajo y las dificultades, la mujer oriunda de Santa Fe recibió una sorpresa inesperada de sus nietos. La experiencia quedó registrada en un video que conmueve e invita a no abandonar los deseos.
Hay sueños que se postergan tanto tiempo que parecen destinados a no cumplirse nunca. Quedan guardados en algún rincón de la vida, entre las obligaciones, el trabajo, las pérdidas y los años que pasan. Pero a veces, incluso cuando el tiempo parece haberse agotado, todavía hay lugar para una última oportunidad.
A los 92 años, Delfina Catalina Morresi finalmente hizo algo que había imaginado durante décadas: subirse a un avión. Lo hizo en el Aeroclub de San Nicolás, rodeada de sus nietos, con nervios, emoción y un mate en la mano. Para muchos pudo haber sido apenas un paseo en avioneta. Para ella, en cambio, fue cumplir la ilusión más grande de su vida.
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Este era mi sueño máximo. Fue algo inolvidable. Ya creí que nunca lo iba a vivir a esta altura, cuenta todavía emocionada en diálogo con TN.
Una infancia atravesada por el esfuerzo
Delfina nació en J. B. Molina, un pequeño pueblo rural de la provincia de Santa Fe. Creció en el campo y desde muy chica trabajó junto a su padre juntando maíz con las manos. No terminó la primaria. La vida, en esos años, dejaba poco espacio para estudiar o imaginar otros horizontes. Vengo de un pueblo muy chico, muy pobre. Nada de cumplir sueños, resume.
Su historia estuvo marcada por el esfuerzo, las necesidades y los años difíciles. Según relata su familia, atravesó una relación atravesada por la violencia y pasó gran parte de su vida más pendiente de sobrevivir y cuidar a los demás que de pensar en ella misma. Por eso, quienes la conocen sienten que recién ahora está disfrutando de verdad.
Estoy en la mejor etapa de mi vida. Estoy mejor ahora que cuando era joven, admite Delfina, dándole la razón a la percepción familiar. Pasé muchas necesidades, mucha pobreza y ahora estoy disfrutando de la vida como nunca pude hacerlo, asegura.
La conexión con sus nietos explica gran parte de esa felicidad. Delfina no fue solamente una abuela presente: prácticamente los crió. Laureano González, de 26 años, creció junto a ella y hoy vive a pocas cuadras de su casa. Tengo más tiempo compartido con ella que con mi mamá, cuenta. Mi mamá siempre estuvo presente, pero mi abuela estuvo desde siempre, en todo, asegura el joven artífice de la experiencia familiar.
A tanto amor, la verdadera retribución: Laureano y Delfina tienen una relación muy cercana. El joven la visita todos los días, le lleva comida, la ayuda con algunas tareas y le hace compañía. Y desde hace tiempo sentía que quería devolverle, aunque fuera un poco, todo lo que ella había hecho por él y sus hermanos.
El deseo pendiente
La idea nació en una charla cotidiana. Delfina comentó que siempre había querido saber qué se sentía volar. También habló del único sueño que todavía le queda pendiente: viajar a Italia, a Macerata, el lugar de donde provenía su padre y donde aún siente que hay una parte de su historia esperándola.
Sueños por cumplir le queda solo uno, que es ir a Italia. El de volar era el más viable. El otro se complica por la distancia y por su salud, explica Laureano.
Entonces apareció una alternativa más cercana, pero igual de significativa. Laureano suele ir a volar con un amigo piloto, Jonás Alves, y cuando le contó la historia, él no dudó en ayudar. Le tocó mucho porque siempre quiso hacer algo así con su propia abuela y no llegó a tiempo, recuerda.
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Con avión y piloto confirmados solo faltaba un obstáculo más: convencer al resto de la familia de que Delfina no correría ningún riesgo. Mi mamá no quería que lo hiciéramos. Tuvimos que convencer al entorno, explica el nieto, entonces antes de organizar todo, se asesoraron de que realmente sea seguro. El médico le dio el ok y decidimos tomar el riesgo. A los 92 años hay que vivir experiencias. Si sale bien, son más los pros que los contras.
El día del vuelo, la mujer llegó al aeroclub con sus dos nietos sin imaginar del todo lo que estaba por vivir. Miraba las avionetas con una mezcla de curiosidad y nervios, como alguien descubriendo algo completamente nuevo. Subirse no fue fácil, pero una vez arriba todo cambió. Fue difícil subir al avión, pero muy lindo vivirlo, recuerda.
Cuando finalmente despegó, sonrió. Abajo quedaron una infancia dura, los años de trabajo silencioso y una vida entera dedicada a sostener a otros. Arriba estaba ella, mirando el mundo desde el aire por primera vez. No conocía la sensación de volar y me encantó. Cumplí un sueño, dice agradecida.
Laureano grabó toda la experiencia. Hace tiempo que trabaja creando contenido para redes sociales y sintió que esta historia merecía ser compartida. El video rápidamente emocionó a miles de personas, tal vez porque habla de algo simple y enorme al mismo tiempo: de los sueños que esperan décadas, de los nietos que devuelven amor y de las abuelas que sostuvieron familias enteras sin pedir nada a cambio.
Pero para Delfina todavía queda un último deseo. Ahora solo me queda viajar a Italia, dice. Si yo pude subir a esa avioneta, capaz el médico me deja subir a un avión grande. Yo sé que mi corazón va a aguantar, porque es lo mejor que tengo. Quiero ver la casa de mi papá.
Y después de verla sonreír en el aire a los 92 años, en su familia ya nadie se anima a decir que ese sueño también es imposible.