¿La Patria nació de una gran depresión?
Más allá de las escarapelas de Billiken, los hombres de Mayo pagaron con el cuerpo y la psiquis el costo invisible de la libertad.
¿La Patria nació de una gran depresión?
Más allá de las escarapelas de Billiken, los hombres de Mayo pagaron con el cuerpo y la psiquis el costo invisible de la libertad.
Cada 25 de mayo, las plazas de nuestra querida Concepción del Uruguay se visten de celeste y blanco, y el olor a pastelitos nos transporta a una revolución de postal escolar. Pero la realidad de 1810 no tuvo nada de idílica; fue una tormenta perfecta que barrió con la cordura de sus protagonistas. La patria no nació de un repulgue perfecto, sino de un estrés desmedido que devoró la salud mental de quienes se animaron a soñarla.
Solemos subir a los próceres al frío pedestal de bronce para evitar ver sus costuras humanas, sus miedos y sus desvelos nocturnos...
Sin embargo, cuando uno se desvía de la historiografía tradicional y analiza la salud mental de los líderes de la gesta de Mayo, el panorama clínico que emerge es tan desolador como fascinante.
Allí vemos que la salud mental no fue un detalle menor en las actas del Cabildo, sino el verdadero costo invisible de la patriada.
Gracias a un detallado análisis histórico-médico, basado en las célebres investigaciones de Felipe Pigna y el doctor Daniel López Rosetti, hoy podemos entender aquella revolución desde una dimensión profundamente biológica y psicológica.
Pensemos en Manuel Belgrano, un tipo brillante que a los 24 años ya cargaba con una depresión mayor recurrente debido a la inercia colonial de un sistema que asfixiaba sus ideas de vanguardia.
Su cuerpo, sitiado por la sífilis y el reumatismo crónico, reaccionó al estrés de la guerra de la forma en que los psicólogos y médicos clínicos conocemos muy bien en el consultorio.
El estrés crónico activa de manera sostenida el eje hipotálamo-hipófiso-adrenal, inundando el torrente sanguíneo con un cóctel inflamatorio de cortisol y catecolaminas.
Esa "mala sangre" de la que hablaban nuestros abuelos no es un mito campero; es una disfunción endotelial* concreta que terminó por reventar el corazón de Belgrano a sus cortos 50 años.
¿Y qué decir de la tragedia silenciosa de Juan José Castelli, el orador de la revolución condenado al mutismo por un feroz carcinoma de lengua?
Imaginen la angustia existencial de ese hombre, juzgado injustamente tras la derrota de Huaqui, escribiendo sus últimos pensamientos en un cuaderno porque le habían amputado su mejor arma: la palabra.
La depresión reactiva que lo consumió en sus últimos días nos recuerda que cuando nos quitan la autonomía y la capacidad de expresar nuestra subjetividad, el cuerpo simplemente se rinde.
Tampoco zafó Mariano Moreno, devorado por una ansiedad anticipatoria*** ante un tablero político hostil, traduciendo textos en alta mar para calmar una mente que ya presentía su trágico final.
O el cura Manuel Alberti, fulminado por un síncope cardíaco tras una violenta discusión con el deán Funes; una descarga brutal de adrenalina que colapsó un corazón ya debilitado por las tensiones del poder.
Miremos este cuadro completo: depresión, ansiedad, infartos emocionales, melancolía del exilio crónico en Saavedra... ¿de verdad creemos que la libertad fue gratis?
Desde la perspectiva de la salud pública, esto nos deja una lección profunda que va más allá de la efeméride escolar.
Históricamente, hemos tratado a las personas vulnerables o mayores como simples objetos de cuidado pasivo, exigiéndoles una resiliencia ciega que anula su derecho al sufrimiento y a la salud mental.
El "envejecimiento activo" que tanto defendemos no es aguantar callados los embates de la vida; es una conquista de derechos que exige reconocer el desgaste psíquico como una variable de peso.
Es hora de bajar a los héroes del bronce y devolverles su humanidad, no para restarles mérito, sino para entender el valor incalculable de su entrega.
Aceptar que la patria se fundó sobre cuerpos rotos y mentes al límite nos obliga a preguntarnos qué estamos haciendo hoy para cuidar la salud mental de quienes siguen poniéndole el pecho a la realidad cotidiana de este país.
¿Será que seguimos aplaudiendo el sacrificio extremo del sujeto de derecho, mientras miramos para otro lado cuando el cuerpo empieza a gritar lo que la mente ya no puede callar?
Nota aclaratoria para el lector
Disfunción endotelial: Para explicarlo sin tecnicismos de congreso: el endotelio es una delgadísima capa de células que recubre el interior de todos nuestros vasos sanguíneos. Funciona como un "teflón" biológico que permite que la sangre fluya con suavidad. Cuando sufrimos estrés crónico, la inundación constante de cortisol y adrenalina actúa como una lija sobre ese teflón. Al dañarse el endotelio (disfunción), las arterias se inflaman, se vuelven rígidas y se deterioran. Es, literalmente, el mecanismo físico por el cual la angustia sostenida termina lastimando y rompiendo el corazón.
Depresión reactiva: A diferencia de la depresión que surge "desde adentro" por una predisposición puramente química o biológica, la depresión reactiva es la respuesta directa de la psiquis ante un golpe devastador de la realidad exterior. Es el colapso emocional que ocurre cuando perdemos lo que nos sostiene (en el caso de Castelli, su voz, su prestigio político y su libertad). Es como una chapa sana que se dobla ante un choque brutal: no estaba fallada de fábrica, fue el impacto del entorno el que superó su capacidad de resistencia.
Ansiedad anticipatoria: Es la trampa de una mente que viaja al futuro para sufrir por adelantado. No se trata del miedo común ante un peligro real y presente, sino del desgaste de vivir bajo una alarma constante por catástrofes que todavía no ocurrieron (y que quizás nunca ocurran). El cuerpo reacciona liberando adrenalina para defenderse de un "fantasma" del mañana. Es como pagar la factura de luz de todo el año por miedo a que aumente: nos quedamos sin recursos en el presente para protegernos de un escenario que solo existe en nuestra cabeza.