Se fue de la Argentina a los 17 años, llegó a la elite del pádel y contó qué es lo que más extraña del país
A los 17 años dejó el país para perseguir su sueño en España y terminó convirtiéndose en una de las mejores jugadoras del mundo. Hoy, instalada en la élite, busca un equilibrio entre la competencia y la vida personal.
Detrás de la sonrisa tranquila y la naturalidad con la que habla, Delfina Brea esconde una historia de sacrificios tempranos, desarraigo y exigencia constante. La actual número uno del pádel argentino pasó casi una década construyendo una carrera lejos de casa y hoy, instalada en la élite mundial, reconoce algo que parece una contradicción: alcanzar el máximo nivel no siempre significa disfrutarlo más.
En una charla íntima con Leo Montero en Random, la jugadora mostró una faceta mucho más personal: habló de la presión que implica estar arriba, de lo que dejó en el camino y de una nostalgia que, pese al éxito, sigue intacta.
El precio de irse joven
Brea tenía apenas 17 años cuando dejó la Argentina para perseguir una carrera profesional en España. Y la decisión implicó renuncias importantes. Se perdió el viaje de egresados, el último año de colegio y buena parte de una adolescencia convencional. Fue duro, admitió.
Pero dejó algo claro: nunca contempló volver atrás. La posibilidad existía. Su familia siempre le dejó abierta la puerta de regreso, aunque en su cabeza esa alternativa casi no aparecía. Los pasos hacia atrás no existían, explicó al recordar aquella etapa.
Y hubo una razón que la sostuvo: sentía que avanzaba. Los resultados llegaban, aparecían mejores compañeras y el crecimiento era evidente. Eso le permitía sostener la convicción incluso en los momentos difíciles.
El problema de llegar a la cima
Existe una idea instalada en el deporte: que el éxito trae disfrute. Pero Brea describió una realidad bastante distinta. Según contó, cuando una jugadora llega al número uno aparece una presión nueva: la necesidad permanente de sostenerlo. Y el juego empieza a convertirse en trabajo. Hay que ganar, resumió.
Incluso reveló que dentro de su equipo comenzaron a detectar algo que les preocupaba: estaban perdiendo la sensación de jugar. Por eso buscaron recuperar pequeñas cosas que parecían simples: entrenar diferente, hacer juegos, volver a divertirse.
Porque la rutina de la elite entrenamientos, viajes y competencia constante puede terminar consumiéndolo todo.
Aprender a convivir con las montañas rusas
La confianza fue otro de los temas centrales de la charla. Para Brea, convertirse en número uno no es un momento puntual sino un proceso largo y cambiante.
Explicó que la autoestima deportiva funciona como una montaña rusa: un día una jugadora siente que puede ganarle a cualquiera y al siguiente duda absolutamente de todo.
Por eso aprendió a buscar equilibrio: ni sentirse invencible después de ganar ni derrumbarse después de perder. También contó que escuchó mucho a referentes que atravesaron situaciones similares y mencionó conversaciones con jugadores históricos del pádel y otras figuras cercanas al deporte.
Extraño Argentina un 9,9
Si hubo una respuesta que dejó poco lugar a interpretaciones fue cuando Leo Montero le preguntó cuánto extraña el país. La respuesta fue inmediata: 9,9.
Brea confesó que cada vez que vuelve siente ganas de quedarse. Extraña a sus amigos, la familia, la comida y hasta el quilombo cotidiano.
Y fue todavía más lejos: aseguró que si pudiera viviría en la Argentina y viajaría por el mundo solamente para competir. Aunque reconoció que hoy la realidad deportiva la obliga a estar instalada en Madrid.
Amor, familia y una mirada abierta
En otro tramo de la entrevista apareció un costado más íntimo. Brea contó que está soltera y reconoció que sostener una relación con el ritmo de vida de una deportista profesional no resulta sencillo.
También habló sobre maternidad y mostró una mirada amplia sobre las distintas formas de construir una familia. Ser madre es mucho más que tener un hijo, sostuvo.
A lo largo de la charla, Delfina Brea dejó una sensación clara: detrás de la atleta de elite hay una persona que todavía intenta encontrar equilibrio entre la competencia y la vida.
La jugadora que hoy llena estadios y ocupa el lugar más alto del ranking todavía extraña caminar por Buenos Aires, sigue buscando disfrutar del juego y conserva la misma convicción que tuvo a los 17 años: seguir avanzando.