El final de Alfredo Yabrán: a 28 años de un suicidio rodeado de sospechas
El 20 de mayo de 1998, en horas de la siesta, se difundió la noticia que el empresario Alfredo Yabrán apareció muerto en una estancia de Entre Ríos. Su figu
La siesta del 20 de mayo de 1998 terminó por clausurar uno de los capítulos más enigmáticos y oscuros de la Argentina de los años noventa. Ese día, el empresario Alfredo Yabrán apareció muerto en la estancia San Ignacio, en Entre Ríos. Según la investigación judicial, se suicidó de un escopetazo cuando estaba cercado por la presión judicial y mediática derivada del crimen del fotógrafo José Luis Cabezas. Tenía 53 años y llevaba meses convertido en el hombre más buscado y señalado del país.
Hasta entonces, Yabrán había construido una figura tan poderosa como hermética. Dueño de un conglomerado de empresas vinculadas al correo privado, la logística aeroportuaria y los servicios de seguridad, cultivaba el bajo perfil con obsesión. Durante años evitó ser fotografiado y apenas existían imágenes públicas suyas. Ese misterio terminó de romperse en 1996, cuando Cabezas logró retratarlo en una playa de Pinamar para la revista Noticias.
Aquella fotografía se volvió histórica. Poco antes, el entonces ministro de Economía Domingo Cavallo había denunciado públicamente que Yabrán era "el jefe de una mafia enquistada en el poder". El empresario, con una sólida amistad personal con el presidente Carlos Menem, respondió con una frase que quedaría grabada en la memoria colectiva: "Sacarme una foto a mí es como pegarme un tiro en la frente".
Menos de un año después, el 25 de enero de 1997, Cabezas fue secuestrado, asesinado y su cuerpo apareció calcinado dentro de un Ford Fiesta en General Madariaga. El crimen provocó una conmoción inédita. La consigna "No se olviden de Cabezas" empezó a multiplicarse en redacciones, movilizaciones y pantallas de televisión, mientras la investigación avanzaba sobre una trama que mezclaba policías bonaerenses, custodios y empresarios.
Con el correr de los meses, la Justicia logró determinar la participación de una banda conocida como "Los Horneros" y de integrantes de la Policía Bonaerense. También quedó acreditada la participación de custodios vinculados a Yabrán. Entre ellos apareció el nombre de Gregorio Ríos, jefe de seguridad del empresario, quien fue condenado por haber instigado el crimen.
Sin embargo, nunca se probó judicialmente que Yabrán hubiera ordenado el asesinato. Esa diferencia resultó central en la historia del expediente. Aunque la sospecha política y social sobre el empresario creció de manera imparable, la Justicia no alcanzó a condenarlo ni a establecer de forma concluyente su responsabilidad penal directa en el crimen de Cabezas.
La situación judicial del empresario se agravó cuando el juez federal José Luis Macchi ordenó su detención. Para entonces, Yabrán ya había desaparecido de la escena pública. Permaneció prófugo durante días mientras el país entero seguía cada movimiento de la investigación y las fuerzas de seguridad intentaban localizarlo.
El final llegó en la estancia familiar de Entre Ríos. La versión oficial sostuvo que el empresario se suicidó con una escopeta. La autopsia y las pericias respaldaron esa hipótesis, aunque durante años persistieron teorías alternativas y especulaciones alrededor de su muerte. El fallecimiento clausuró cualquier posibilidad de indagar judicialmente su eventual responsabilidad en el caso Cabezas. Aunque durante muchos años, miles de argentinos tenpian la certeza que su muerte fue solamente una "escena simulada" para que él escapase hacia su impunidad definitiva. Algo que era perfectamente creíble en la Argentina de la década del 90.
A 28 años de aquellos hechos, el crimen del fotógrafo sigue siendo un símbolo de la relación entre poder, impunidad y libertad de prensa en la Argentina. También marcó un antes y un después en el vínculo entre el periodismo y el poder económico. La imagen de Cabezas, sosteniendo su cámara en la costa atlántica, se transformó en un emblema de la profesión y de la lucha contra el silencio.
El nombre de Yabrán, en cambio, quedó atrapado para siempre en esa trama de sospechas, secretos y poder. Aunque nunca fue condenado por el asesinato, el peso político y simbólico del caso terminó destruyendo el imperio empresarial que había construido durante años lejos de las cámaras. Su frase sobre la fotografía y el disparo en la frente adquirió, con el tiempo, una dimensión trágica imposible de separar de la historia argentina reciente.