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» La Nacion
Fecha: 07/05/2026 02:04
Liberalismo soviético, una vivencia desde adentro del poder La definición, más que como una crítica, debe leerse como una confesión; es el diagnóstico de alguien que conoce, como pocos, el funcionamiento interno del Gobierno - 10 minutos de lectura' Un partido liberal con conducción soviética. ¿Quién describe de ese modo el funcionamiento de La Libertad Avanza? ¿Un periodista independiente? No. ¿Un dirigente opositor, un politólogo? Tampoco. ¿Un exoficialista despechado y resentido con el Presidente? Menos. La definición corresponde a alguien que integra el núcleo mismo del poder. Por eso, más que como una crítica, debe leerse como una confesión. Es el diagnóstico de alguien que conoce, como pocos, el funcionamiento interno del gobierno libertario y que condensa, en esa metáfora, la observación de un testigo privilegiado, pero también la vivencia de un actor central en el esquema mileísta. La frase que ya ha sido citada en un sofisticado análisis político de Martín Rodríguez Yebra resume los rasgos cada vez más acentuados que ha adquirido el oficialismo: verticalismo extremo; subordinación o destierro; intolerancia a la disidencia, y una peligrosa confusión entre lealtad y obediencia. Si era algo que se sospechaba, ahora es algo que sabemos. Lo dice alguien que tiene un puntilloso registro de los métodos que se aplican en las sombras del palacio. La primera consecuencia de la conducción soviética es que profundiza, alrededor del líder, una atmósfera de temor. Muchos no se atreven a decir lo que piensan y hasta se sienten obligados a sobreactuar determinadas posiciones, asumir odios ajenos y defender cosas con las que no están íntimamente de acuerdo, para agradar al jefe y ponerse a salvo de la ira y el destrato presidencial. En ese contexto se inscriben muchas actitudes que se han hecho frecuentes en funcionarios y dirigentes oficialistas: desmienten con énfasis hechos que saben que son ciertos; aplauden con simulado fervor cosas con las que no están de acuerdo; nombran hasta cuarenta veces al Presidente en breves entrevistas radiales, defienden actitudes y situaciones que en realidad los incomodan y confrontan con agresividad a cualquiera que plantee públicamente una crítica, mimetizándose, en muchos casos, con un estilo que nunca tuvieron. Es el manual que les asegura la aprobación en la cima del poder o al menos la módica migaja de un like presidencial. El caso Adorni ha dejado en evidencia este sistema de conducción. Cuando recién empezaba el escándalo antes, incluso, de las revelaciones inmobiliarias y de las chucherías decorativas y las veleidades turísticas que se pagaron en negro, todos los ministros del gabinete fueron obligados a escribir mensajes de respaldo en X. Lo hicieron en cascada para utilizar una figura que empieza a definir los gustos libertarios, con una disciplina castrense que respondía a una exigencia tajante. Después se les reclamó que acompañaran al funcionario en apuros a una conferencia de prensa: se vio en primera fila a los ministros más encumbrados, convertidos en hinchada. Pero como el jefe de Gabinete necesita cada día un nuevo gesto de respaldo, se les exigió algo más: que fueran todos al Congreso, con el Presidente a la cabeza, no ya para apoyarlo, sino para ovacionarlo, como si no fuera un funcionario obligado a dar explicaciones, sino una especie de héroe que merece ser reconocido y homenajeado. ¿Todo el Gobierno está de acuerdo en esta defensa monolítica y empecinada del jefe de Gabinete? Definitivamente no. Pero para entender la gestualidad y el comportamiento de funcionarios y legisladores oficialistas hay que remitirse, una vez más, a la lógica y el método de la conducción soviética. No hay espacio, en el Gobierno, para una conversación franca. No hay margen para expresar reparos, matices ni diferencias: el que duda se convierte en enemigo. El que se atreve a desafiar la unanimidad corre el riesgo de ser desterrado. Sobran los casos ejemplificadores. Ahora habrá que mirar qué pasa con la senadora Bullrich, que anoche se desmarcó del coro para exigirle explicaciones a Adorni. Antes de encontrarnos con este diagnóstico revelador sobre los métodos de conducción interna ya había muchos indicios del sistema de obediencia ciega que se exige para pertenecer a las filas oficialistas. La secretaria general de la Presidencia, por ejemplo, en una reunión que mantuvo en febrero con legisladores libertarios, les bajó una línea precisa sobre cómo debían actuar en el Congreso: A los proyectos del Ejecutivo, primero se los vota y después se los lee, les dijo con honestidad brutal. Cuando la frase trascendió y produjo cierto escozor, les encargó un mandado a algunos legisladores: que salieran a desmentirla en X y a decir que jamás les había dicho lo que efectivamente les dijo; era una vez más un invento afiebrado de los periodistas. Un participante del encuentro, sin embargo, se lo había contado en su propio despacho a una destacada cronista parlamentaria. Negar lo que se sabe que es cierto forma parte del instinto de supervivencia en un partido liberal con conducción soviética. La verdad se sacrifica en el altar de la sumisión. ¿Te piden tanto?, le preguntaron una vez a un aliado del oficialismo al que obligaron a enfundarse dentro de un buzo violeta para una foto de campaña. Sí, te piden tanto y mucho más, respondió con cierta franqueza. Muchas veces, hasta la dignidad de los dirigentes queda comprometida con estos métodos de conducción política. Aquella uniformidad cromática funcionó como algo más que una metáfora. Hay que volver a otra frase de la secretaria general, que en este caso quedó escrita en su cuenta personal de X: Acá se viene a defender con uñas y dientes las ideas del Presidente. Y en esa batalla, la lealtad no es una opción: es una condición. Quien cuestione a quienes llevan esa bandera [a nosotros] no está criticando un armado; está cuestionando al Presidente mismo y a la causa que nos trajo hasta acá. El mensaje fue inequívoco: no se puede cuestionar; no hay el más mínimo resquicio para el debate o la disidencia interna. La lealtad es entendida como acatamiento y subordinación, como si fuera un concepto equivalente a la obsecuencia. Nada que no esté dicho en la genial novela de Giuliano da Empoli El mago del Kremlin, que acaba de estrenarse en los cines: No importa qué creés, importa si obedecés. Las definiciones, aparentemente dispersas, describen una concepción del poder. Detrás de una retórica que exalta la libertad, se esconde una idea centralizada y verticalista que excede la dimensión partidaria para teñir la praxis gubernamental y condicionar la toma de decisiones. Todo remite a un gobierno con dificultades cada vez mayores para escuchar voces diferentes y para analizar, incluso, su propia marcha con cierta flexibilidad y amplitud. La palabra del jefe no se discute. Esa sentencia se ha convertido en dogma. Y plantea el riesgo de un liderazgo cada vez más empecinado y encerrado en sí mismo, más impermeable a la crítica y a la revisión de sus verdades absolutas. ¿El Presidente ya ha dejado de escuchar? Tal vez nos ofrezca una respuesta la revelación de Domingo Cavallo: A mí me bloqueó totalmente, en el WhatsApp y en las redes, acaba de contar el exministro en una entrevista con Maximiliano Montenegro. Es alguien por supuesto que comparte los grandes lineamientos del Gobierno en materia económica y de política internacional, pero ha cometido lo que para el oficialismo es un pecado mortal: pensar con independencia, plantear dudas, criticar aspectos metodológicos. Tal vez porque nunca fue obediente, olvidó la máxima de Karina Milei: La lealtad no es una opción, es una condición. Desde esa cosmovisión, decir las cosas con honestidad intelectual es una osadía que no tiene nada que ver con la lealtad. Muchas frases de la cultura libertaria riman, curiosamente, con otras que han quedado en el recuerdo de los dogmas kirchneristas: Solo hay que tenerle miedo a Dios, y a mí un poquito, se sinceró un día Cristina Kirchner por cadena nacional. A la Presidenta no se le habla, se la escucha, solía advertir Carlos Zannini a ocasionales visitantes a la residencia de Olivos. Parecen estrofas de la misma canción. Igual que el personalismo, que empieza a configurarse como otro rasgo que conecta ciclos políticos aparentemente antagónicos. Es cierto que la caracterización como soviético podría generar reparos. El concepto remite a una burocracia sólida y a una institucionalidad rígida, cuando el mileísmo parece más cómodo en una especie de caudillismo imprevisible, caótico y disruptivo que en una maquinaria ideológica ortodoxa y disciplinada. Es más improvisación que aparato, más impulso irascible que sistema frío y riguroso. Tal vez por eso la cuenta de X atribuida al principal asesor del Presidente se llama Milei emperador, como si el molde verdaderamente inspirador fuera el de un sistema de mayor omnipotencia donde, más que la disciplina partidaria, rige el miedo a la arbitrariedad del líder. Sin embargo, no es casual que adentro mismo del Gobierno se hable de conducción soviética: desnuda una contradicción esencial, pero describe, a la vez, el sometimiento de los funcionarios a aceptar una realidad a la medida del jefe, editada para él, que proclama lo que es verdad y lo que no lo es, aun a contrapelo de toda evidencia. No estoy acá para guiar corderos, sino para despertar leones, repetía Milei durante la campaña electoral. Ahora, desde adentro del poder, nos confirman el abismo entre aquel discurso y la práctica interna, entre el relato y los hechos. Acá forman parte de un rebaño; el que se aparta pagará las consecuencias, les dicen a los funcionarios y a los legisladores de una manera o de otra. El resultado se traduce en una coreografía pública, donde todos siguen el paso y se ciñen al libreto, sin lugar para gestos de autonomía ni para ejercitar una voz propia. Los que han planteado matices, hoy ven el poder desde afuera. Hay un riesgo, sin embargo, que se esconde detrás de esa uniformidad aparente: la represión de las diferencias puede incubar, dentro del propio elenco gobernante, incomodidad y parálisis; una suerte de repliegue interno que lleva a cierto inmovilismo y desalienta la energía creativa. Estimula, además, las internas sordas, la hipocresía como mecanismo de defensa, el secretismo y la intriga como forma de preservación. Nada que no sea inherente a los microclimas del poder, pero que en dosis exacerbadas puede resultar una combinación peligrosa. Cuando se habla de conducción soviética, no hay un tono de denuncia, sino de descripción. Es así. Detrás de esa resignación, sin embargo, asoman algunos interrogantes de fondo: ¿cuánto daño le pueden hacer esos métodos al propio gobierno? Y algo aún más inquietante: ¿Cuánto pueden lesionar el tejido democrático? Por supuesto que una administración necesita disciplina y coherencia interna, pero cuando se penaliza el disenso, hacia adentro y hacia afuera, se cae en la tentación autoritaria. Hay fronteras que lucen desdibujadas: entre la lealtad y la obsecuencia, entre el respaldo y el encubrimiento, entre el coraje y la ira, entre la convicción y el dogmatismo. Acelerar en las curvas puede ser una audacia o una temeridad. Lo que define a un buen piloto es advertir la diferencia.
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