05/05/2026 15:36
05/05/2026 15:36
05/05/2026 15:34
05/05/2026 15:34
05/05/2026 15:33
05/05/2026 15:33
05/05/2026 15:33
05/05/2026 15:32
05/05/2026 15:32
05/05/2026 15:32
» Perfil
Fecha: 05/05/2026 14:17
El actual escenario geopolítico y el avance de movimientos iliberales en Occidente han reavivado el interés por los puentes históricos y culturales que conectan a Francia con la Argentina. Ante este contexto, en Modo Fontevecchia, por Net TV, Radio Perfil (AM 1190), el académico Carlos Quenan analiza la percepción europea sobre el gobierno del presidente Javier Milei y establece una profunda comparación entre las raíces del peronismo y el gaullismo francés como pilares de la autonomía nacional. El prestigioso economista y académico franco-argentino, Carlos Quenan, es profesor titular de economía en el Instituto de Altos Estudios de América Latina (IHEAL) de la Universidad Sorbonne Nouvelle, donde además fundó la maestría en "Relaciones Europa-América Latina". Se desempeña como vicepresidente del Instituto de las Américas y es asesor senior (Senior Advisor) en France Éducation International, bajo la órbita del Ministerio de Educación y de la Juventud de Francia. Además, su experiencia profesional incluye una década como economista principal en el departamento de investigaciones del banco de inversión Natixis (2004-2015) y consultorías para organismos internacionales como la CEPAL, la OCDE y diversos gobiernos de América Latina, Europa y África. ¿Cómo se ve la Argentina del otro lado del Atlántico? Me comentabas que habías estado la vez anterior en septiembre. ¿Cómo se ve este cambio en los últimos seis meses, al volver a visitar tu país? Por un lado, la percepción no cambia mucho, porque es cierto que Argentina es un país importante en el concierto internacional. De alguna manera, Milei, con sus características, le ha dado cierta centralidad, pero no es un país sobre todo con lo que pasa en el mundo al cual se le dedique una atención especial. Se advierten, en los medios más informados, las dificultades en relación a su relación con el Fondo Monetario Internacional. También se advierte que ha habido progresos en la lucha contra la inflación, pero que estos parecen estar frenados o estancados. Por otro lado, yo diría que ha tenido su importancia del otro lado del Atlántico, porque en estos seis meses se produjo la firma del acuerdo Unión Europea-Mercosur, que es un ingrediente importante de las relaciones internacionales de Europa. Es visto no solo por Argentina, sino por Brasil y el conjunto del Mercosur, como una vía de mayor diversificación de relaciones internacionales. Esta zona del mundo es sumamente rica en materias primas y desde el punto de vista energético. Con lo que pasa en Medio Oriente y con lo que ya pasó con Rusia, Europa está muy preocupada por esas evoluciones de este contexto internacional tan caótico e incierto. Entonces, yo diría que se sigue como se sigue a un país y a una región con la cual se pueden reservar más relaciones, intensificar las relaciones y, a su vez, Argentina siempre plantea esta duda sobre la estabilidad, sobre todo económica más que política, y cómo va a seguir. En otro plano, los mercados financieros, que siguen mucho a Argentina, muestran una cierta desconfianza respecto de lo que ocurre, porque los logros económicos que el gobierno del presidente Milei subraya y acentúa no son vistos como tan sólidos. La prueba de ello es cómo evoluciona el riesgo país, por ejemplo. Inicialmente lo colocaban a Milei y a la economía como exitosa. Sí, digamos que no se plantea como un fracaso tampoco, pero aparecen ciertas dudas y, de hecho, la percepción de los mercados financieros es una prueba de ello. No es sencillo, además, superar los problemas macroeconómicos de Argentina. Lo que no se sigue muy de cerca, y que se percibe ya en los dos días que estoy aquí, es que el grado de apoyo en la sociedad al presidente Milei parece disminuir; las encuestas lo muestran. Eso siempre llega con un cierto delay. Con distintos analistas internacionales, especialmente a partir de Trump, surge una discusión: ¿puede Latinoamérica ese territorio híbrido hasta ahora, mestizo en algún sentido y sin una posibilidad clara de ser un actor importante a nivel internacional encontrar un futuro autónomo e independiente? ¿O terminará subsumida dentro de la política norteamericana, bajo la idea de la teoría Monroe, rebautizada por Donald Trump con su propia impronta, a pesar de intentos como el de Brasil liderando el tema de los BRICS? La teoría Monroe, en realidad, era un conflicto con Europa, porque las potencias coloniales eran europeas. Estados Unidos se enfrentaba con España, con Francia y con su propia madre patria, es decir, con todas las potencias europeas, marcando la idea del descolonialismo con un elemento heredado: el aumento de su propio poder. En lugar de un colonialismo formal, existe un colonialismo económico a través de Estados Unidos. La Primera y la Segunda Guerra Mundial plantean la OTAN y un temor frente a la ex Unión Soviética. Esta zona del mundo pierde interés, o ese interés se reduce enormemente, y pasa a ser simplemente un interés militar regional, como en el caso de Cuba a fines o comienzos de los años 60. Pero ahora, con el tema de las materias primas, vuelve la discusión. Europa se minimiza, Estados Unidos mismo se minimiza, Asia pasa a ser el jugador fundamental, y este acuerdo entre la Unión Europea y el Mercosur, como los BRICS, parecerían ser atisbos de una rebeldía de Sudamérica contra Estados Unidos y, al mismo tiempo, en un momento de oportunidad, una rebeldía de Europa frente a Estados Unidos, incluso frente a Inglaterra, a partir de los dichos de Trump respecto de dejar de apoyar a Gran Bretaña en el tema Malvinas. ¿Cómo se ve desde Europa la propia insignificancia europea, o proceso de pérdida de relevancia, y la posibilidad de que Latinoamérica o Sudamérica pase a ser un socio crucial para Europa? Antes que nada, todo lo que has estado desarrollando, sobre todo sobre la evolución reciente, muestra un hecho importante que se produce a partir del año pasado: en el contexto internacional, además de las rivalidades ya conocidas la rivalidad sinoamericana, el rol de Rusia en ciertos planos, los BRICS y la emergencia de la India, el rol que intenta jugar Brasil aparece una fractura en Occidente. Lo he subrayado mucho y aparece en el libro que acaba de publicar Jorge Argüello, El efecto mariposa, uno de los reportajes que pude hacer. Es un libro muy interesante porque plantea si hay algún tipo de lógica en este caos y lo que estás planteando intenta hacer inteligible lo que está ocurriendo. Yo diría que esa fractura en Occidente es en parte una fractura entre Europa y Estados Unidos, entre democracias occidentales tradicionales y corrientes iliberales como la de Trump o como la que representaba Orbán en Hungría, que ha retrocedido. Esa fractura atraviesa también América Latina, con corrientes que se asocian a esta dinámica iliberal, con una dimensión autoritaria variable según los países. En Argentina puede haber algunas tendencias de este tipo, pero hay una democracia representativa bastante sólida. Tenemos países como Brasil que están jugando muy a fondo en una perspectiva de diversificación de relaciones, de cierta autonomía, de no entrar en este corte que se produce, influenciado también por la relación con China, etcétera, y no entrar en esta lógica de la doctrina Monroe aggiornada. En ese contexto, en Europa las fuerzas que preconizan la visión democrática tradicional desconfían cada vez más de Estados Unidos por lo ocurrido en los últimos tiempos: Groenlandia, el planteo de que Estados Unidos pudiera retirarse de la OTAN, los hechos recientes como el retiro de 5.000 soldados de Alemania y las dudas sobre la instalación de misiles de alcance medio y largo. Esto hace que Europa occidental una percepción también existente en Canadá, con Mark Carney, un dirigente interesante en el contexto actual intente jugar un rol con mayor autonomía, incluso militar. Esto se vincula con planteos anteriores de Macron sobre una mayor autonomía estratégica, pero tiene el límite de sus restricciones tecnológicas y geopolíticas. Europa se mueve entre una aspiración a la autonomía estratégica y el riesgo de la marginalización tecnológica y geopolítica. Las fuerzas que buscan corregir esto ven en América Latina una América Latina fraccionada una posibilidad de articulación en muchos planos. El acuerdo Unión Europea-Mercosur es un elemento importante en esa dimensión, pero también hay esfuerzos para reforzar vínculos con México, que intenta moverse de manera inteligente en este contexto, especialmente por su cercanía con Estados Unidos. Desde el Instituto de las Américas, ¿qué reflexión tiene respecto de estos dos años de Trump y este dar vuelta al tablero? Hay una reflexión crítica, muy influenciada por la tradicional visión del mundo de Francia. Todas las fuerzas políticas están bastante impregnadas de gaullismo, en el sentido de que Francia pone un fuerte acento en su soberanía y en el rol que puede jugar en el mundo. Sigue siendo una potencia importante, a pesar de ser una potencia media, con una presencia marítima, diplomática, internacional y cultural muy fuerte. En ese marco, el Instituto de las Américas ha tenido una reflexión crítica sobre la administración Trump. No hay una posición oficial porque es una institución académica, pero se promueve una mirada crítica y un reforzamiento de los vínculos con Canadá, donde hay una fuerte presencia histórica francesa en Quebec. En las reuniones que se han realizado, hay una mirada favorable aunque no oficial a la idea de alianzas de geometría variable entre potencias medias, como planteó el primer ministro canadiense Mark Carney. Sonrío porque viene a mi memoria la ironía del rey Carlos III de Inglaterra diciéndole: Nosotros los salvamos de los franceses, y recuerdo una frase de Mitterrand cuando visitó Montreal siendo jefe de Estado, donde planteaba que América del Norte iba a ser latina por los latinos. O sea, desde la perspectiva francesa, los latinos comparten el mismo tronco cultural, no anglosajón. Entonces, el rey diciendo nosotros los salvamos y Mitterrand planteando que América del Norte iba a ser latina. ¿Cómo se traduce esto en la relación entre Francia e Inglaterra tras el Brexit y cuánto de esta discusión es lingüística y de cosmovisión entre el mundo anglosajón y el mundo latino? Las relaciones Francia e Inglaterra han sido siempre muy especiales. En el pasado reciente, digamos, y sobre todo con el advenimiento de la administración Trump, hay un acercamiento, porque jugó en ese sentido todo el episodio Groenlandia. Jugó también el hecho de que el progresivo cambio de la relación militar en el marco de la OTAN, donde se advierte un repliegue de Estados Unidos, ha hecho que los dos países que tienen justamente una fuerza de disuasión nuclear y que son miembros del Consejo de Seguridad tengan un relacionamiento mayor, con las diferencias del caso. Es decir, en el caso de Francia, todo el sector armamentístico tiene un alto grado de integración nacional, desde la producción hasta el desarrollo de la disuasión nuclear. No es así en el caso de Inglaterra, que tiene una mayor articulación con Estados Unidos. Dependencia, para ponerlo en términos concretos. Entonces, yo creo que ahí ha habido, a pesar de todo, un acercamiento. Después persisten siempre estas tensiones, llamémosle histórico-culturales. Napoleón y Waterloo, para poner otro ejemplo. Pero me parece que allí tiene finalmente razón Mitterrand en el peso creciente de lo latino. No tenía razón, quizás, De Gaulle con todo el respeto que se merece cuando, en aquella gira famosa de los años 60 por las Américas, que llegó a Argentina, estuvo la famosa expresión Vive le Québec libre. No, Quebec no será libre, pero sí puede estar articulado con una presencia mayor de la latinidad, digamos, en Estados Unidos, que es un tema que el Instituto de las Américas históricamente ha estudiado mucho: la problemática de la latinidad en las Américas. Entonces, yo creo que, como en muchos otros campos, estamos en un equilibrio inestable en estas relaciones: Inglaterra, Francia, pero con una tendencia al acercamiento. Una diferencia es el tema de inmigración entre Inglaterra y Francia, dado que el imperio de ultramar francés era muy reducido, mientras que el inglés era enorme. Esta idea de que con el tiempo Inglaterra y Londres van a ser gobernadas por musulmanes, ya sea porque India y Pakistán eran parte del Imperio Británico. Existe eso en Francia. Atención: la extrema derecha, incluso a la derecha del lepenismo, de lo que se llama el Rassemblement National el nuevo nombre del Frente Nacional desde hace unos años, liderado por Bardella, el joven dirigente que puede ser el candidato presidencial si Marine Le Pen no puede presentarse por problemas de acusación de corrupción. Hay una apelación, que se va a decidir en julio y se va a saber, pues a la derecha de esto, Éric Zemmour y otros plantean la idea del gran reemplazo también para Francia, y de que puede haber una presencia musulmana creciente. Yo creo que, tanto en ese caso como en el caso de Inglaterra, se exageran estos planteamientos. Pienso que, indudablemente, hay un peso creciente de las poblaciones de origen musulmán, pero también hay fuerzas en sentido contrario. Pero yo creo que la potencia de las raíces anglosajonas o galas francesas tradicionales sigue siendo grande y que el tema central es, sin duda, gestionar esa presencia de inmigrantes de modo inteligente, incluido el tema del crecimiento demográfico, que tampoco hay que olvidar. Cómo se generaliza una política inmigratoria que también favorezca flujos migratorios de otras regiones, porque el problema al que está confrontado Europa y no lo mencionamos, y ahí sí puede haber una perspectiva de insignificancia es el problema de la natalidad, del crecimiento demográfico. Ahí sí, yo creo que hay una cuestión en la que hay una posición extrema de la extrema derecha que no advierte esto y que puede generar finalmente más problemas que otra cosa. A diferencia de lo que pasa en España, donde hay una visión de esto y por eso se ha dado la regularización de inmigrantes en los últimos tiempos. Claro, hay un componente árabe-musulmán, pero también hay uno latinoamericano en el caso de la inmigración española. En el caso concreto del crecimiento de la derecha en las próximas elecciones en Francia, hasta ahora el cordón sanitario funcionó. Mencionabas la posibilidad de que Marine Le Pen pueda presentarse o no en las elecciones. ¿Está más cerca la posibilidad de que Francia sea gobernada por la extrema derecha? Si comparamos con la situación de años atrás, está más cerca, es indudable. La primera vez que esta extrema derecha asomó la cabeza en las elecciones presidenciales fue a comienzos de los años 2000, en 2002, cuando Jean-Marie Le Pen, el padre, de alguna manera se coló en la segunda vuelta frente a Chirac, cuando todo el mundo pensaba que en esa segunda vuelta se enfrentarían Jospin, primer ministro socialista que por cierto falleció hace poco, que era un dirigente de gran estatura. Esto no ocurrió por la división de la izquierda. Después ha habido distintas evoluciones, pero en las dos últimas fue Marine Le Pen contra Macron, progresando en su resultado en la segunda vuelta: un 40% ya en 2022. Hoy en día, las encuestas y por eso están más cerca que antes dan en la primera vuelta, que va a tener lugar en abril del año próximo, 35%, 36%, 37% al partido de Marine Le Pen y de Bardella. Detrás, lejos, viene con 19% o 20% lo que sería la expresión del centro, que no es exactamente macronista, pero forma parte del bloque central, como se lo llama, con Édouard Philippe, que fue primer ministro en el primer gobierno de Macron. Después viene Mélenchon, la izquierda más dura, y otros candidatos. Entonces, la posibilidad de que pase a la segunda vuelta ya no admite discusión. El tema central es qué pasa después, ya en la segunda vuelta. El tema es el cordón sanitario y cómo va a jugar la extrema derecha, en relación también con Trump. Hoy es un problema Trump para la extrema derecha, porque pianta votos. Pasó con Meloni. En francés diríamos algo parecido. Es, digamos, un amigo que nos crea problemas. Y efectivamente ya lo hemos visto con Meloni tomando distancia. En el caso de Francia se acentúa esto porque, volviendo a las tradiciones políticas, al gaullismo que impregna todo, el planteamiento es el siguiente: estamos de acuerdo en muchas cosas con Trump, en otras no. Sobre todo, estamos de acuerdo con la idea de que defiende los intereses de Estados Unidos, pero los intereses de Estados Unidos no son exactamente los de Francia. La duda es si ese mensaje va a pasar. Mencionaste el gaullismo y te voy a pedir una comparación con el peronismo. ¿Qué representa como ser nacional? Perón decía que peronistas eran todos. ¿Uno podría decir que gaullistas son todos los franceses? ¿Y qué pasa con esa idea del país más antinorteamericano, el país más libre, los chalecos amarillos, y la identificación de Argentina con Francia? ¿Hay puntos de contacto o es más un reflejo nuestro? Hay un poco de esa característica de la argentinidad. Efectivamente, De Gaulle, como Perón en su momento, expresaban un posicionamiento de diferenciación respecto de los grandes bloques dominantes. La posición de De Gaulle frente a la OTAN, retirándose del comando integrado; sus planteamientos respecto del dólar y su hegemonía; y los planteamientos de Perón, que son muy conocidos, en la línea de la tercera posición. Me da la impresión de que esa influencia de De Gaulle está presente y permea casi a todas las fuerzas políticas. Ser gaullista, en muchos temas, es ser francés. Hay un poco de eso. En una circunstancia histórica particular, como la Segunda Guerra Mundial, su ida a Londres y su rol en la resistencia lo posicionan como la encarnación de Francia. Eso tuvo un rol decisivo. En el caso de Perón y del peronismo, está más marcado por las características específicas de la Argentina, donde las divisiones son más estructurales. Hay un enfrentamiento entre dos grandes corrientes: un proyecto nacional industrialista y un proyecto liberal aperturista. Eso no terminó de sintetizarse y en parte explica el peronismo y el antiperonismo. Muchos dicen como Alain Rouquié que la persistencia del peronismo se explica también por la resiliencia del antiperonismo. Eso no existe en Francia. No hay un antigaullismo. ¿El gaullismo hace a la esencia ideológica francesa y el peronismo a la esencia cultural argentina? Hay algo de muy cultural en el peronismo y en esa antinomia. Un amigo común, Andrés Malamud, decía: en Argentina el problema para los peronistas es el antiperonismo y para los antiperonistas es el peronismo. Yo creo que el problema son los argentinos. Hay algo cultural en ambos casos, pero en Francia el gaullismo es más bien geoideológico: tiene que ver con Francia como potencia, con su historia imperial y con la figura de De Gaulle como encarnación de esa historia. ¿Ambos tienen un narcisismo herido? Puede ser. Hay una similitud en la nostalgia respecto de lo que fueron. En Francia es el imperio; en Argentina está más sobredimensionado. Se extraña un pasado que no existió verdaderamente. La saudade, dirían los brasileños. Milei retoma cuando dice que fuimos potencia. No es cierto. La potencia era Inglaterra. Argentina fue un país muy próspero, que es otra cosa. Como decir que Qatar es una potencia al mismo nivel que China. Qatar es un país próspero. Entonces, en el caso de Francia, esa nostalgia del pasado está más justificada. Pero hay una similitud. MV/ff
Ver noticia original