Contacto

×
  • +54 343 4178845

  • bcuadra@examedia.com.ar

  • Entre Ríos, Argentina

  • Gabriel Merino y la estrategia de Estados Unidos: Necesita dividir a los BRICS

    » Perfil

    Fecha: 04/05/2026 15:50

    El sociólogo Gabriel Merino analiza la transición hacia un orden multipolar y describe el escenario actual como una fase de caos sistémico marcada por una guerra mundial híbrida y fragmentada. Ante este contexto de desoccidentalización, en Modo Fontevecchia, por Net TV, Radio Perfil (AM 1190), el experto advierte sobre la estrategia de las potencias atlánticas para mantener su hegemonía y sostiene que Estados Unidos necesita dividir a los BRICS. El sociólogo, doctor en Ciencias Sociales e investigador del Conicet, especializado en el análisis de la geopolítica y las relaciones internacionales, Gabriel Merino, es profesor en la Universidad Nacional de La Plata, donde coordina diversos espacios de investigación enfocados en la disputa por la hegemonía mundial, el ascenso de China y la reconfiguración del orden global. Su trabajo académico se destaca por examinar las tensiones entre el bloque angloamericano y las potencias emergentes, analizando cómo estos procesos impactan en la soberanía y el desarrollo de las naciones del Sur Global. Como analista político y autor de numerosos artículos y libros, Merino es una voz frecuente en el debate público para explicar fenómenos complejos como la crisis de la globalización neoliberal y el fortalecimiento de los BRICS. Usted sostuvo recientemente que estamos en una fase de caos sistémico. ¿Con qué la compara? Esto se compara con la fase de 1914 a 1945. Quizás uno lo puede extender hasta 1953, con la guerra de Corea, cuando se termina de acomodar ese momento. Caos sistémico es un concepto de Giovanni Arrighi, un gran sociólogo italiano que murió hace algunos años. Era estudioso del sistema mundial y de los ciclos históricos del capitalismo, del ciclo ibérico-genovés del siglo XV. Él plantea que son fases donde se generalizan las luchas interestatales, donde finaliza un ciclo de hegemonía y se atraviesa un proceso de construcción del interregno gramsciano. Antonio Gramsci es italiano, así que seguramente influyó mucho, porque llevó ese concepto de hegemonía al escenario global. En esos períodos se produce una transformación muy importante en la economía mundial. Por ejemplo, se pasa del capitalismo industrial de libre empresa británico y la exportación de capital financiero al capitalismo de la corporación multinacional estadounidense, el fordismo y la organización científica del trabajo con el taylorismo. Es un momento de profunda transformación de la economía mundial, donde emergen nuevos actores y declinan otros, con grandes revoluciones y contrarrevoluciones. Hoy hablamos de potencias emergentes como China, India y Rusia como reemergente en los BRICS. Esos países atravesaron sus revoluciones nacionales en esa fase de caos sistémico. China comienza en 1911 con Sun Yat-sen y la revolución republicana-democrática nacional, que termina en 1949 con el triunfo del Partido Comunista Chino, tras un proceso de guerra civil. India también con su independencia en 1947, tras un largo proceso. Rusia con la revolución rusa y la modernización soviética. En América Latina, la Revolución Mexicana, los procesos democrático-nacionales, el irigoyenismo en Argentina, el balbinismo y luego los movimientos nacionales y populares. Es un momento de revoluciones y contrarrevoluciones, de tensión entre ascenso y declive en las periferias. Esta fase de caos sistémico es muy distinta a la anterior o a la de 1790 a 1815, en la pugna entre el imperio británico y el francés por la hegemonía del sistema mundo moderno. Hay dos diferencias fundamentales. La primera es que esta transición es hacia un mundo posoccidental. La disputa ya no es dentro de Occidente sobre qué potencia domina, sino otra cosa. No por casualidad el documento de estrategia de seguridad nacional de Estados Unidos de noviembre señala que el 50% de la economía mundial está en Asia-Pacífico y que esa tendencia continuará. La segunda diferencia es que el patrón de capitalismo occidental, con el republicanismo liberal como modelo político hegemónico, está en crisis. Emergen otros modelos de desarrollo y acumulación con sistemas políticos distintos. La Unión Soviética ya fue una experiencia distinta, pero ahora lo asiático y otras culturas configuran nuevos modelos que contrastan con el liberalismo occidental. ¿Esta idea puede vincularse con la situación política del período de entreguerras, la emergencia del fascismo y el uso actual del término neofascismo? ¿Qué elementos de aquel caos sistémico de entreguerras pueden servir como referencia para comprender el escenario político actual, considerando también la crítica de algunos teóricos italianos sobre la aplicación de categorías del pasado al presente? La historia sirve como referencia, pero no para trasladarla de manera automática. Las categorías no pueden usarse mecánicamente. En el Occidente geopolítico existe una dualidad estructural entre el liberalismo en su auge y su contracara, que incluye desigualdad, racismo y procesos autoritarios. Esa tensión vuelve a aparecer entre el liberalismo cosmopolita y las tendencias autoritarias y supremacistas. Lo que también se repite es la guerra, aunque bajo otras formas. Yo hablo de una guerra mundial híbrida y fragmentada. Se planteó como Nueva Guerra Fría o Guerra Fría 2.0, y el papa Francisco la definió como una tercera guerra mundial por pedazos, en cuotas. En cuotas. Tenemos fragmentos de un conflicto más profundo, pero que de alguna manera están interconectados en una lógica de guerra latente y tácita entre distintos sectores. Yo diría que presenta rasgos bipolares, aunque en realidad hay más de dos actores. Si bien existen polos centrales como Estados Unidos y China, no se trata de un esquema exclusivamente dual. Me plantea ejemplos mayormente occidentales. Las guerras, aunque Japón tuvo un papel, se concentraron esencialmente en la Segunda Guerra Mundial en el Atlántico. Al mismo tiempo, estuvo la disputa por la hegemonía europea en los siglos XVIII y parte del XIX. Sin embargo, en el siglo XVII China concentraba alrededor del 40% de la economía mundial. O sea, ¿no estaríamos volviendo, de algún modo, a una situación de hace 400 años, cuando la historia se desvió de su eje y ahora parecería regresar a un esquema similar? Sí, yo trabajo mucho esa hipótesis, esa tesis. Creo incluso que podría ser más incisivo en ese punto. En el sentido de que el predominio occidental de los últimos dos siglos fue algo relativamente breve, casi fugaz en términos de la historia universal. Siguiendo el dato que usted mencionaba, en 1820 China todavía representaba entre el 33% y el 35% de la economía mundial. Incluso hasta 1870 producía más acero que Estados Unidos e Inglaterra juntos, es decir, más de un siglo después de la llamada Revolución Industrial. Parte de esa revolución industrial europea se habría apoyado, en realidad, en una revolución industriosa china previa. Incluso muchos artesanos y técnicos chinos, como sostiene John Hobson en su libro sobre los orígenes orientales de Occidente, participaron en la construcción de las máquinas de la Revolución Industrial británica. En ese sentido, hay autores como Peter Frankopan que plantean la necesidad de cuestionar la historia eurocéntrica, esa idea de un Occidente en el centro del mundo durante los últimos dos siglos. Es cierto que desde el siglo XV comienza su ascenso, con la conquista de América, donde la plata americana resulta clave para integrarse al comercio euroasiático del que Europa estaba excluida. China, además, necesitaba plata para su sistema monetario, y esa plata no provenía de Asia. Las potencias occidentales aprovecharon diferencias de valor entre el oro y la plata en distintas regiones, lo que generó ventajas de intercambio decisivas para Europa occidental. Así, desde el siglo XV en adelante, se configura un proceso de ascenso europeo que se consolida en el siglo XIX bajo el liderazgo del Imperio británico, con episodios como la guerra del opio. Autores como Huntington señalan también que la violencia organizada fue un elemento central en la construcción de esa supremacía geopolítica occidental. Las guerras del opio o la conquista de la India forman parte de ese proceso. Sin embargo, ese ciclo estaría llegando a su fin. De hecho, Josep Borrell, jefe de la diplomacia europea, señaló en 2024 que la era de dominación global de Occidente ha terminado. Luego, al analizar las respuestas de Europa, se observa cierta contradicción, porque aunque se reconoce ese cambio, continúan las mismas estrategias, como reforzar la presencia en Ucrania o reorientarse hacia el Indo-Pacífico. En ese sentido, todavía Occidente parece estar debatiendo cuál es la verdadera respuesta a ese nuevo escenario. ¿Son la geografía, el territorio y la población los factores que finalmente marcan la diferencia en el poder de los Estados? ¿Cómo se explica que Europa, hasta el descubrimiento de América, estuviera fragmentada en pequeños territorios, mientras que China ya contaba con unos 11 millones de kilómetros cuadrados y cientos de millones de habitantes con una lengua e identidad compartidas? ¿Y de qué manera Estados Unidos logra consolidarse como potencia al reunir también un territorio de gran escala y más de 300 millones de habitantes bajo una identidad común? ¿Se está volviendo, en definitiva, a una lógica en la que los factores básicos como el territorio y la población vuelven a ser determinantes? Sí, territorio, población y eficiencia relativa en dos aspectos centrales, económicos y políticos o geopolíticos. Pero, ¿no terminan imponiéndose esas variables entre sí por una ventaja competitiva asociada al tamaño, al punto de que, en última instancia, se vuelve determinante? ¿Se pueden perder incluso 200 o 300 años en ese proceso, pero, a largo plazo, se trata de dinámicas dialécticas que terminan reordenándose? Además, hay algo fundamental que a veces perdemos de vista: las grandes culturas que se construyen sobre esas masas geográficas o demográficas, de civilizaciones milenarias que conforman un sistema de ideas y van formando un núcleo mítico-ontológico, una identidad. Eso es clave. Tiene que ver con el territorio, con cierta posibilidad de expansión dentro de ese territorio y con el clima. Siberia, por ejemplo, no construye ese tipo de cultura. No tiene esas condiciones. Por eso, cuando uno habla de China, habla de tres grandes cuencas: la del Yangtsé en el centro, la del río Amarillo en el norte y la de las Perlas en el sur. Esas cuencas fueron las constructoras de la civilización china, especialmente la articulación entre el Yangtsé y el río Amarillo, base material del gran desarrollo histórico chino. ¿Si el territorio y la población terminan encontrando su rumbo, Sudamérica tiene allí un destino posible? ¿Puede la región proyectarse a partir de un espacio como Brasil, de dimensiones similares a China o Estados Unidos, sumado al de la Argentina si lograra integrarse a través del Mercosur? ¿Existe una oportunidad en Sudamérica que, tarde o temprano, hará que la suma de población y territorio le otorgue a esta región una importancia superior a la de Europa o Rusia? Lo que se define en las próximas décadas es si la región queda como un patio trasero de un polo en declive relativo o si se convierte en un polo dentro de un escenario de multipolaridad relativa. Para ser un polo en ese escenario se necesitan condiciones territoriales, poblacionales y culturales. El principal déficit es la falta de integración política. Hubo muchos intentos, incluso el famoso ABC formulado en los años 50 por Perón, inspirado en el ABC del barón de Río Branco. Antes hay un punto fundamental: articular la cuenca del Plata, nuestro espacio natural, como ocurre con el Mississippi-Missouri o el Rin. Esa cuenca está fragmentada en cinco países: Brasil, Uruguay, Paraguay, Bolivia y Argentina. Eso debería integrarse de alguna manera. Sobre esa base territorial, poblacional y cultural, que conforma una identidad iberoamericana o latinoamericana, se juegan siete dimensiones estratégicas del poder. Lo que se observa en otras civilizaciones emergentes es lo siguiente: -Industria y tecnología, en plena revolución productiva. -Finanzas y moneda. Tendencialmente vamos hacia un sistema multimonetario, como ya se observa en Asia-Pacífico y en las relaciones entre China y Rusia. -Administración soberana de recursos naturales, uno de los grandes debates actuales. -Capacidades de defensa en un escenario de guerra mundial híbrida y fragmentada. Marcaba que los BRICS representan insubordinación política de la semiperiferia frente al centro hegemónico. Sin embargo, China y Rusia, y especialmente China, ya no parecen encajar en la categoría de periferia. Esa tesis corresponde al momento de formación de los BRICS en 2009. En ese contexto, frente a la crisis posterior a 2008 del norte global, las grandes semiperiferias continentales Brasil, Rusia, India y China comenzaron a disputar esas dimensiones de poder. India tiene un tamaño comparable al de Argentina, pero con mayor población. Entonces eran semiperiferia, justamente países de tamaño continental que empiezan a discutir esas dimensiones de poder. También aparece la intención de desarrollar tecnología sin depender únicamente del norte global, junto con capacidades financieras y monetarias propias. En Ekaterimburgo, Rusia, cuando se reúne la primera reunión de presidentes de los BRIC, se plantea la necesidad de armar otra arquitectura financiera mundial porque esto beneficia al norte global y no a las semiperiferias, que yo distingo de periferia. La semiperiferia es un eslabón intermedio donde se producen gran parte de los commodities, materias primas, recursos y también los productos industriales del mundo. Entonces, creo que eso es lo que cambió. Para terminar de contestar lo que te decía, ahora, por lo menos China, sobre todo sus núcleos fundamentales de Beijing, Shanghái y el sur como Shenzhen y Cantón, y en parte Rusia también, ya no son semiperiferias. Ya no es meramente sur global, o tienen dos caras. China sí tiene una voluntad política central, aunque es una discusión dentro del Partido, pero los otros sectores son muy minoritarios. Hay una discusión central, un posicionamiento central de mantener un liderazgo del sur global y de ser la gran voz del sur global, aunque ya no sea tan sur global en su estructura económico-social. Entonces, ese proceso de insubordinación de estas semiperiferias reemergentes en gran medida tuvo, contradictoriamente, pero tuvo éxitos y por lo menos ya podemos hablar de que hay nuevos centros emergentes o reemergentes. Ya el mapa del poder cambió. Ese es el gran tema. El reemergente le cabe a todos los fundadores originales, menos Brasil. Porque uno podría decir que India tiene una cultura milenaria, que Rusia también y que China también, y que entonces hay una reemergencia frente a algún período de la historia. En el caso de Brasil, uno asocia las potencias emergentes al discurso de mediados del siglo pasado de centro y periferia, de dependencia, a todas miradas geopolíticas que colocaban al frente el poderío de Occidente y del norte global. ¿Eso hoy en día permite una amalgama? Es decir, ¿Brasil tiene algo que ver con India, Rusia y China? Una vez entrevisté a un canciller ruso que había sido además ministro de Defensa, cuando recién aparecían los BRIC, y él dijo: Rusia, India y China sí, pero Brasil no, porque no tiene bomba atómica para empezar a hablar, por ejemplo. O sea, ¿hay algún punto en el cual uno podría decir que India, Rusia y China comparten muchos más atributos en común que cuando se incluye Brasil? Y de paso le completo la pregunta: si aquel BRIC de cuatro tiene algo que ver con este actual, con tantos más componentes. Hay un triángulo geoestratégico euroasiático que en su momento pensó Primakov, el canciller ruso en 1997-1998, para compensar el mundo unipolar existente hace un cuarto de siglo: ese triángulo es Rusia, China e India. La reunión del año pasado de la Organización para la Cooperación de Shanghái, con la foto de Putin, Narendra Modi y Xi Jinping, fue contundente. Detrás de ese triángulo están los BRIC y los BRICS Plus, junto con el desarrollo de la Organización para la Cooperación de Shanghái. Es un esquema contradictorio, porque también existe rivalidad, no es lineal, pero allí aparece un triángulo de grandes potencias reemergentes. ¿Cuál es el problema? Brasil. Señalaría tres cuestiones fundamentales. Una es la geografía, que es geopolítica. También lo que emerge es Eurasia, y Brasil tiene el problema de estar en el llamado hemisferio occidental, en lo que Estados Unidos reclama como territorio propio. Pensemos que Nicholas Spykman, el famoso pensador de la geopolítica estadounidense, en 1942, en su libro, planteaba que si se conformaba en esa región, el llamado ABC, Argentina, Brasil y Chile, un bloque con capacidad de desafiar la hegemonía estadounidense, eso debía ser contenido. Es uno de los principales pensadores de la geopolítica estadounidense. Entonces, ahí aparece un problema de geografía. El otro problema que tiene Brasil es lo que hablamos anteriormente: necesita liderar una región y, por lo tanto, construir un espacio sudamericano, que sí o sí se construye de la mano de Argentina y, al menos, la Cuenca del Plata. El gran tema es que eso, que en un momento avanzó dentro de la UNASUR, después se fragmentó por proyectos e intereses en pugna dentro de los Estados. La existencia en América del Sur de algo que tenga que ver con los BRICS desafía claramente a Estados Unidos. Es como una especie de Cuba gigante. Estados Unidos, cuando Argentina era la potencia insubordinada, buscó a Brasil como aliado. Brasil era la potencia insubordinada. Ahora lo es la Argentina. El juego norteamericano pasa por dividir a Argentina de Brasil para evitar la consolidación de un enclave del sur global en la región. El problema de ese escenario es que profundiza un proceso de periferialización de la región. Brasil intenta escapar de eso, Argentina no logra hacerlo. En ese marco, la dinámica empuja hacia otro escenario posible: intentar ser un polo emergente. MV / EM

    Ver noticia original

    También te puede interesar

  • Examedia © 2024

    Desarrollado por