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» La Nacion
Fecha: 03/05/2026 10:33
Encontrá resultados de fútbol en vivo, los próximos partidos, las tablas de posiciones, y todas las estadísticas de los principales torneos del mundo. Jorge Gamarra: el patriarca de los caddies argentinos que lleva 38 años en Europa y estuvo con el Cabrera más salvaje Jorge Gamarra sigue más activo que nunca a sus 63 años. En el Turkish Airlines Open le llevó los palos al chino Ashun Wu, que estaba a dos golpes de la punta antes de la última vuelta y terminó 29°. Gamarra es una suerte de patriarca de los caddies argentinos: desde hace 38 años mantiene su peregrinaje por las canchas del Tour Europeo y otros circuitos. En 1977 comenzó a cargar la bolsa en el Golf Club Villa Adelina, localidad donde nació. Era aspirante a profesional, pero enseguida se dio cuenta de que no tendría suficiente nivel. Ante la falta de trabajo, en 1988 le surgió la idea de partir rumbo al Viejo Continente. Y para pagarse el viaje, vendió sus palos y una moto que usaba para hacer fletes. En los primeros seis meses en Europa bajó 10 kilos de lo mal que comía, pero quería seguir a toda costa por su pasión por el golf y de a poco se fue ganando la confianza de los caddies ingleses, a pesar de que la Guerra de las Malvinas estaba muy fresca en la memoria. Desde 2001 está asentado en Hamburgo y vive con su esposa alemana, Sabine. Su currículum es inacabable: fue caddie de Vicente Fernández (1988-1989), del español José Rivero hasta 1996 y de Angel Cabrera, entre 1997 y 2000. Estuvo seis años con el italiano Francesco Molinari, y en períodos más cortos con Armando Saavedra, José Cóceres (en el PGA Tour), Carlos Franco, Miguel Ángel Jiménez y Jorge Berendt. También trabajó con el italiano Alvaro Binagui, el español Miguel Angel Martín y, mucho más acá en el tiempo, con su compatriota Alvaro Quirós. ¿Buen score, eh? 63, dice Gamarra, bromeando con su edad y en alusión a su vitalidad. A razón de 30 certámenes profesionales por temporada, ya superó los 1100 torneos llevando palos y piensa seguir. Pronto, este pionero de los caddies de nuestro país, aquel que sentó las bases para moverse en el exterior, se entrega a un repaso de su vida deportiva con La NACION en el Club House del National Golf Club, escenario del Abierto de Turquía donde se impuso el sueco Mikael Lindberg. -Es una pregunta amplia, pero... ¿En qué cambió aquel Tour Europeo desde fines de los 80 hasta este DP World Tour de hoy? -Ha mejorado en todos los aspectos: en la calidad de los viajes, en el lugar que tenemos los caddies para comer y en el trato de los jugadores con nosotros; hay más respeto en general. En aquella época no podíamos pagar un vuelo de avión; en cambio, ahora podemos volar todas las semanas, dormir en un hotel y comer todos los días. Antes había que elegir: si pagabas un hotel, no podías comer. Y si comías, tenías que vivir en una carpa, ¿no? Sucedía que por la semana de trabajo te pagaban 150 libras esterlinas más los porcentajes, pero los premios no eran muy grandes en aquel entonces. Por eso, si abonabas el hotel, se te iban 100 libras y te quedaban 50 para viajar y comer... Se complicaba. -¿Y entonces cómo subsistían? -No era fácil; trabajábamos doble turno: estábamos con un jugador a la mañana y con otro por la tarde. Sinceramente no había muchos caddies porque no era un negocio vivir de esta actividad. Pero yo trabajaba porque había que laburar, así me lo enseñaron en mi casa. -Usted hablaba del respeto... -Pasaba que no se nos respetaba tanto en los clubes. Los jugadores tampoco tenían lugar para comer, debían pagarse el almuerzo y eran muy pocos los torneos donde teníamos acceso a un buen sitio. Los caddies no podíamos entrar en los vestuarios y nos quedábamos en carpas improvisadas dentro del club, a veces sin el visto bueno. Además, teníamos que pedirles permiso a los encargados de los vestuarios para ducharnos muy temprano, cuando no había nadie, o muy tarde, cuando ya se iban todos. La idea era que no nos vieran, era todo medio a las escondidas. Incluso, a veces ni siquiera nos dejaban tomar un café por la mañana. -Pero con los años cambió. -Eso ha mejorado, por eso actualmente hay tantos chicos que quieren trabajar como caddies. Los jugadores tienen amigos que hacen de caddies porque es algo que rinde y los premios son buenos; se vive bien, es otro mundo. Antes era muy duro porque no existían los vuelos baratos y viajábamos en tren, hasta en algunos casos haciendo dedo. Se alquilaba un auto entre cuatro o cinco y hacíamos los viajes así. -¿Y cómo era la comunicación? -En los primeros años nos comunicábamos por cartas, porque hablar por teléfono resultaba imposible, era carísimo. A los caddies nos llegaban las cartas a Wentworth, que era la sede del European Tour. Entonces, cuando íbamos para Inglaterra recibíamos las cartas allí, pero quizás había un delay de un mes desde el momento en que esas cartas se habían escrito. Para los golfistas era diferente, porque les llevaban las cartas al siguiente torneo. -¿Y después? -Ya en un momento, los jugadores y caddies argentinos empezamos a hacer fila en los teléfonos públicos y metíamos monedas. Cuando se terminaba de hablar y se colgaba el teléfono, empezaban a caer las monedas: tac-tac-tac-tac-tac. Pero ya cuando llegaba el siguiente no podía hablar porque el teléfono se había llenado de monedas... Después se mejoró mucho con unas tarjetas que traían códigos. Pero aunque todo era más duro, me gustaba más aquella época en ese aspecto... -¿Por qué? -Porque me conectaba mejor con el lugar en donde estaba trabajando. Me afincaba más en el sitio en cuestión. Ahora no sabés dónde estás, porque permanecés tanto tiempo con internet y el celular, con familia y amigos, que no sabés en dónde te hallás. -Hablaba de los ingresos semanales, ¿cuánto gana un caddie hoy en Europa? -Un caddie hoy estará en un mínimo de 1200 euros a la semana. No es del todo bueno porque si sacás la cuenta, son 400 para el hotel, 400 para viajar y 400 para comer. Si estás solo, bien, te las arreglás, pero si tenés familia... ¿cómo haces? Yo percibo un poco más, porque hace mucho tiempo que estoy, pero sé que muchos andan en esa cifra. Aunque lógicamente, los premios son mejores y se hace diferencia con los porcentajes. -¿Cómo es hoy la manera de trabajar con el jugador respecto de lo que era antes? -También mejoró muchísimo: hoy hay jugadores cada vez más buenos, más fuertes, porque existe mucha ayuda de las máquinas. Yo siempre digo que antes los trackman éramos nosotros, no existía este dispositivo para los cálculos en el golf. Entonces los caddies llevábamos todos los números en la cabeza, porque teníamos marcados los árboles, los dog legs de los campos... Hoy te dan un libro perfecto con todos los datos y el jugador te da automáticamente la medida de lo que pega a través del trackman. Antes, nosotros teníamos que sacar la cuenta en las vueltas de práctica y en el driving range. -¿Y cuál es la diferencia hoy respecto de los palos y las pelotas de antes? -En los 80 se jugaba con una pelota que se llamaba Titleist Tour Balata, muy popular por aquella época. Era una pelota que el viento movía mucho. Por ejemplo, si soplaban ráfagas fuertes de derecha a izquierda y había una laguna a la derecha, tenías que apuntarle al agua. Hoy, en cambio, la pelota va prácticamente recta, se mueve muy, muy poco, y los palos de golf actuales tienen tornillos; si no te adaptás a ellos los podés modificar. Antes no: había un drive de madera y era ése, dos varas y ya está, con lo que había mucha habilidad de parte del jugador. Estaban las maderas laminadas y las de persimmon, que eran macizas. Hoy, el equipo a disposición es impresionante: si un profesional está pegando mal y la pelota sale baja, por ejemplo, puede probar otras varas. Las compañías de palos y pelotas de la industria del golf se ocupan en hacerte feliz, de hacerte pegar como a vos te gusta. Antes no: te daban el equipo y arreglate. -¿Qué pasaba con el juego en sí mismo? -Antes se premiaba la habilidad del jugador y la viveza, la creatividad. Hoy es todo gimnasio y pegar fuerte. Cada vez los campos tienen menos rough, entonces pegan bombas. En el pasado eran muy pocos los que pegaban fuerte. Varias décadas atrás, con viento en contra, se llegaba a pegar driver y driver en un mismo hoyo. O para un segundo tiro, con viento a favor usabas el pitching wedge y con viento en contra, un hierro 4; había una diferencia enorme. Hoy ya no: la diferencia del viento a favor y en contra son apenas dos palos. En el presente es mucho más fácil el golf, pero también es verdad que la competición ha crecido mucho. Antes, los jugadores no tenían psicólogo ni preparador físico, no se entrenaban tan duro. Tampoco había masajista cuando termina la vuelta. Ahora sí hay, pero a los caddies no nos masajea nadie, jaja... -Cuénteme cosas de su período con Cabrera. -Con el Pato estuve en sus comienzos en Europa, de 1997 al 2000. En el 99, recuerdo que quedamos a un golpe del playoff en el Open de Carnoustie, donde colapsó Jean Van de Velde; me acuerdo del sábado con Ángel y era impresionante: erraba, y desde donde estaba, ¡pum!, la dejaba en el green. Estaba con una confianza increíble, pero me parece que pecó de exceso de confianza el último día. Aunque también desde aquel Abierto Británico, al terminar cuarto, la carrera de Cabrera despegó, porque empezó a tener excepciones para los majors y la clasificación a los mejores torneos del circuito. -¿Cómo era el Pato en cuanto a personalidad en sus comienzos en Europa? -Y... había que educarlo bastante. Logré sacarle la Coca-Cola, porque tomaba mucha. Y había que llevarlo para todos lados, porque él no hablaba nada de inglés: tenía que reservarle hotel, conseguirle los lugares adonde se iba a quedar... Lo ayudé en muchos aspectos, no solo dentro del campo, también fuera de él. -¿Y dentro de la cancha? -No es una persona fácil de llevar, pero eso no quiere decir que sea malo. Es el jugador más difícil de todos entre los que yo trabajé, aunque si me pongo a pensar, ninguno es fácil. -¿Podía visualizar que él se convertiría con los años en un gran campeón de majors? -Sí, le veía potencial en su momento, sabía que podría estar entre los seis mejores jugadores del mundo. No llegó a mantener ese puesto por su forma de vida. Sucede que él no estaba preparado, pero es impresionante que aún así haya tenido semejantes logros en su carrera. Tiene muchos méritos, pero él podría haber llegado más alto. En mi relación personal con él, para conseguir que me escuchara, tenía que dar muchos rodeos. Yo no sé jugar al ajedrez, pero debía tener una estrategia porque no podía ser directo al hablarle. Eso al menos en mi caso, no sé cómo habrá sido la relación de él con los demás caddies. -¿Alguna anécdota? -En una Copa Dunhill que enfrentaba a países, Jugamos un match contra Brad Faxon, que en su momento estaba séptimo en el mundo. El Pato no tenía ni idea quién era Faxon ni qué lugar ocupaba en el ranking. En un momento, Faxon se acerca a Eduardo Romero, que era el capitán del equipo, y le pregunta si le puede presentar a Ángel Cabrera, a quien no conocía. Se lo presenta y se saludan. A continuación, el Gato se dirige al Pato y le susurra: ¿Sabés lo que me dijo Faxon?: ¿Quién carajo es ése Ángel Cabrera que me toca jugar contra él?. De inmediato, el Pato me pregunta: Jorge, ¿en serio Faxon dijo eso de mí?. Yo le respondí que sí, y me contestó. Le vamos a ganar. Y lo vencimos por un golpe nada más, pero le ganamos. Y otra anécdota, pero con final distinto: una vez nos enfrentamos en un match contra Australia y ahí jugaba Craig Parry. Cabrera no tenía ni idea quién era Parry y le pide al Gato Romero: A mí dame al gordito ése. ¿Sabés la paliza que nos dio el gordito? Ocurría que Cabrera recién empezaba... Después, mi relación con Ángel se terminó por un problema de dinero. -¿Qué tenía él a la hora de jugar? -En esos años era muy, muy potente. Como contaba: la sacaba del rough y la paraba en el green. Lástima que no hay estadísticas de aquella época. En una vuelta de práctica en un British Open, no me puedo acordar qué campo, había un par 5 en el que todos se sorprendían: Ohhh, Tiger Woods pegó un drive y hierro 7. En ese mismo hoyo, el Pato pegó drive y hierro 9, como para hacerse una idea de hasta dónde podía mandar la pelota cuando hacía bien el swing. Pegaba muy, muy fuerte y bastante recto. Era muy bueno con las salidas y los hierros, tocaba bien en los greenes rápidos, pero no era tan bueno con el approach. Cuando caía en el búnker no te quedabas tranquilo. -¿Era de pedirle mucha información a usted en el campo? -El tema es que los jugadores son muy ellos y no les gusta consultar. Él no me preguntaba: ¿Qué palo te gusta? o ¿Qué estás pensando?. Sino ¿Cuánto pego?. No siempre le acertaba el palo. Una vez tuvimos que sentarnos a charlar porque no podíamos seguir jugando de esa manera. Pasaba que se había vuelto incontrolable con los palos y las distancias. También, logré que empezara a pegar con fade y a partir de ahí mejoró mucho. Pero cuando arrancó en el tour erraba los greens hasta con el sand wedge y era un desperdicio. Una vez lo agarró Seve Ballesteros y le dijo: ¡Tío! ¡No puedes estar en el medio del fairway y no coger el green!. -Volviendo a usted. ¿Cuánto más tiene para ofrecer como caddie? -Todavía tengo la tranquilidad de los mensajes que me mandan algunos jugadores; me dicen que les transmito calma. Y eso es importante, independientemente de la estrategia del campo, de leer bien alguna caída y demás. Está bueno que alguno quiera requerir de mis servicios. Pero tampoco descanso en mi experiencia ni me encierro; hay que adaptarse al golf moderno, como cualquier persona que está dentro de un deporte. Es verdad, también, que pareciera que hoy no hacemos nada en el campo por el famoso trackman, que te calcula todo: te dice cuánto va a volar la pelota a distintos grados, lo que va a rodar y la dirección e intensidad de los vientos. Hoy sacamos números tanto el caddie como el jugador. Pero me encanta esta profesión: salvo lo duros que eran aquellos primeros viajes, siento como si no hubiese trabajado nunca en 38 años...
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