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  • Mente podrida y política: el fin de la atención

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    Fecha: 03/05/2026 09:33

    Existen evidencias de que la interacción constante con la red está alterando nuestra arquitectura cerebral. Este fenómeno, que hoy se conoce como brain rot o mente podrida, marca una ruptura con nuestra historia cognitiva. Tradicionalmente, la Ilustración nos formateó a través del libro. Aprendimos a interpretar la realidad con un modelo que tenía principio y fin, capítulos y líneas que seguían un orden lógico. Cada obra abordaba un tema, se organizaba en bibliotecas y nos dotaba de una estructura mental narrativa. Hoy, bajo la hegemonía de internet, habitamos más el plano virtual que el real. La gran mayoría de las personas consulta su teléfono en los primeros diez minutos tras despertar. Según datos de 2025, el promedio de conexión diaria es abrumador: Sudáfrica lidera con 9h 24m, seguida de Brasil (9h 13m), Argentina (8h 41m) y Estados Unidos (7h 03m). El colapso de la atención. Diversos estudios señalan que las pantallas provocan una reconfiguración cerebral que afecta el control emocional y, especialmente, la atención sostenida. Las cifras son alarmantes: si en 2004 podíamos mantener el foco durante 2,5 minutos, en 2012 ese tiempo bajó a 75 segundos. Para 2025, el promedio es de apenas 45 segundos. Diversos estudios señalan que las pantallas provocan una reconfiguración cerebral que afecta el control emocional y, especialmente, la atención sostenida. Las cifras son alarmantes. No es que hayamos perdido la capacidad de atención, sino que saltamos caóticamente entre temas, eliminando el espacio para la reflexión o la comprensión de problemas complejos. En lugar del libro, nuestro modelo mental es el scrollinfinito: conectados permanentemente al dispositivo, movemos el dedo sobre una lista de temas sin principio, fin, ni secuencia lógica. Esta dinámica, impulsada por la ansiedad de conseguir likes y la incertidumbre por el siguiente, inunda el cerebro con picos de dopamina. El resultado es una adicción comparable a la de las drogas químicas, en la que detener el movimiento del dedo genera una abstinencia digital. Ya no buscamos información; dejamos que los algoritmos seleccionen para nosotros una sucesión inconexa de estímulos. En un mismo flujo se mezclan los therians, la monarquía británica, las guerras, una perra adoptando leones y el mensaje de un candidato. Todo se trata con el mismo nivel de relevancia. Nos quedamos con lo que capta nuestra atención en los primeros 15 segundos, que rara vez es el inicio de un discurso, sino una imagen llamativa o un anuncio insólito. Para que la comunicación de una campaña o de un gobierno se viralice, debe disputar la atención dentro de ese torbellino. Política en tiempos de gratificación instantánea. La digitalización ha sustituido el tiempo lineal de la lectura por un tiempo puntillista de gratificación inmediata. La vida ya no se percibe como una narrativa continua, sino como una sucesión de puntos aislados memes, TikToks, notificaciones diseñados para excitarnos. Dejamos de ser dueños de nuestro tiempo para ser consumidores de un flujo que pretende retenernos. El fenómeno impacta directamente en la calidad de la democracia. Los procesos políticos debatir, legislar, reflexionar son lentos por naturaleza y parecen aburridos frente al vértigo digital. Mientras la red vuela, las instituciones de la democracia representativa empiezan a percibirse como trastos inútiles, desconectados de la realidad. La digitalización ha sustituido el tiempo lineal de la lectura por un "tiempo puntillista" de gratificación inmediata. La vida ya no se percibe como una narrativa continua. Son puntos aislados. En este escenario, el espectáculo sustituye a la discusión pública. Un cerebro afectado por el brain rot no tiene paciencia para analizar largas exposiciones. Electores y líderes se refugian en ocurrencias insólitas que parecen divertidas como invadir Canadá o construir un resort en Gaza en lugar de discutir planes serios. El discurso actual no busca la razón, sino el impacto emocional. Se observa una tendencia: cuanto menor es la formación académica de los líderes, más confunden los temas de fondo con actos circenses. Un ejemplo claro fue el contraste entre el discurso del rey de Inglaterra en Washington, modelo de comunicación ilustrada, frente al desorden de su anfitrión. El desfase evolutivo. Físicamente, un Homo sapiens actual es similar al de hace 300 mil años, pero habita una realidad imaginada que evoluciona a velocidad vertiginosa. El dinero, las instituciones o la tecnología solo tienen sentido porque se lo damos colectivamente. Un primate frente a un fajo de dólares solo verá papel; un humano verá una oportunidad de poder, siempre que pertenezca a una cultura que crea en ello. Este desequilibrio entre nuestra biología y la velocidad digital nos impide analizar con coherencia lo que nos ocurre, forzándonos a realizar saltos cognitivos superficiales. Por eso, ciertos personajes improvisados que irrumpen en la política con una mente propia del brain rot conectan con más facilidad con la muchedumbre que aquellos formados en la academia tradicional. Para quienes deseen profundizar en este fenómeno, recomendamos dos lecturas esenciales: Attention and its Crisis in Digital Society, de Enrico Campo; y Demystifying the New Dilemma of Brain Rot in the Digital Era, de Youseff, publicado recientemente en el Brain Sciences Journal. * Profesor de la GWU. Miembro del Club Político Argentino.

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