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  • El banquete de La Renga en Gualeguaychú: Una liturgia de rock bajo la luna entrerriana - Cadena Entrerriana 96.5MHz LRS 798

    Concordia » Cadena Entrerriana

    Fecha: 03/05/2026 09:07

    Gualeguaychú volvió a ser el epicentro de una peregrinación que trasciende lo musical. En una ciudad que conoce de ritos y multitudes, el «banquete» de La Renga transformó la costanera en un templo a cielo abierto, donde la fe se midió en pogo y la devoción se gritó a coro. Tras catorce años de ausencia con el recuerdo agridulce de aquel show en el Corsódromo, la banda de Mataderos tuvo su revancha histórica en suelo entrerriano. La revancha del espacio y el rito del «73» La elección de la Costanera como escenario, un predio que aún se encuentra en proceso de finalización, resultó un acierto logístico y simbólico. A diferencia de las estructuras rígidas de las tribunas, el «campo» devolvió al fanático su lugar natural. Bajo una luna llena imponente que emergía desde el río, la previa se vivió con una calma litúrgica. Miles de personas, abrigadas contra el frío cortante pero encendidas por la expectativa, lucieron sus banderas con el icónico «73» y el fénix. El respeto en el ingreso, tras estrictos controles de seguridad, anticipaba que lo que estaba por suceder no era un simple espectáculo, sino un rezo colectivo. Una muralla sónica y visual A las 21:33, el estallido. Lo que inició con una estética sobria en blanco y negro se dinamitó en una explosión de proyecciones psicodélicas y esculturas alegóricas. Desde lo artístico, el trío reafirmó por qué sigue siendo la columna vertebral del rock nacional. El sonido fue impecable: una muralla sónica que se percibía nítida en cada rincón de la ciudad. Si bien la voz de Gustavo «Chizzo» Nápoli es el estandarte, la noche destacó un equilibrio instrumental magistral. La potencia de Tete en el bajo y los solos de Tanque en la batería se impusieron con una solidez técnica que solo otorgan las décadas de ruta. El repertorio, una amalgama de clásicos y piezas de culto, unificó a seguidores locales y a una nutrida delegación uruguaya que cruzó el charco para la cita. El contrapunto: Entre la mística y la «malaria» Sin embargo, fuera del cordón de seguridad, la realidad social marcó su propio ritmo. A pesar de la marea humana que invadió el Parque Unzué y las playas aledañas, los vendedores ambulantes y puestos informales coincidieron en un diagnóstico: la «malaria» se hizo sentir. El consumo que históricamente rodea al banquete choripanes, remeras y artesanías chocó contra bolsillos más ajustados y una competencia feroz. La cultura del aguante resistió, pero el impacto económico fue dispar para el comercio local y los trabajadores informales que llegaron desde diversos puntos del país. Saldo y reflexión La desconcentración, pasada la medianoche, fue llamativamente ordenada. Mientras los micros y traffics emprendían el regreso, Gualeguaychú iniciaba su propio balance. Entre el debate por la alteración del orden urbano, la gestión de residuos y la necesidad de infraestructura para eventos de esta magnitud, queda una certeza artística ineludible: la música volvió a ser sagrada. En la capital del carnaval, La Renga dictó su propia cátedra de identidad y pertenencia. El ritual, una vez más, quedó cumplido. Compartir

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