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Concordia » El Entre Rios
Fecha: 03/05/2026 09:15
El hombre tenía documentos argentinos en regla, aunque nadie se los solicitaba en esos tiempos. Había llegado al país hacia julio de 1948 a bordo del Monte Urbasa, un buque de la Naviera Aznar partido del puerto de Bilbao. Su esposa María, norteamericana de veinticuatro años, y sus dos hijos nacidos en España se le habían adelantado en la travesía. Cuando el Monte Urbasa atracó en Dársena Norte, de noche, con la ciudad y el puerto iluminados, el hombre que se hacía llamar Andrés Martínez López bajó la escalerilla corriendo a los brazos de su esposa, que lo esperaba en el muelle junto a un coronel argentino y su mujer. Esa noche cenarían los cuatro juntos en un restaurante exclusivo de Buenos Aires, invitados por un alto militar del Ejército Argentino. Era el coronel Carlos Alberto Vélez, ex agregado militar argentino en Madrid e intermediario de Juan Domingo Perón en las negociaciones para la compra de armamento nazi en 1944. Conocía al austríaco desde aquellos años. Había sido el propio Vélez quien, en sus reuniones de Madrid, le había sugerido al austríaco que considerara el futuro promisorio que aguardaba a gente como él del otro lado del océano. Diez años después, en enero de 1958, el austríaco volvería a Europa. Se iría como había llegado: en silencio. Su nombre real era Reinhard Nikolaus Karl Spitzy. Era SS Hauptsturmführer del Tercer Reich, exsecretario personal de Joachim von Ribbentrop el ministro de Relaciones Exteriores de Adolf Hitler, y era, en el momento de su llegada al Río de la Plata, el espía número 92 de la lista negra que los aliados habían entregado al gobierno franquista para reclamar la repatriación de 104 espías nazis ocultos en España. El reclutamiento Spitzy nació en Graz el 11 de febrero de 1912, hijo de un profesor de medicina de la Universidad de Viena. Estudió en el Schottengymnasium el colegio benedictino más prestigioso del Imperio Austrohúngaro, después en una escuela de aviación y una de oficiales. A fines de los años 20 entró al Heimwehr, la milicia paramilitar austríaca de derecha. De ahí saltó al Partido Nazi en octubre de 1931, con diecinueve años. Su número de afiliado era el 612.629. El dato consta en un documento desclasificado por la CIA bajo el rótulo SPITZY, REINHARD.En enero de 1932 ingresó a la SS. En 1934 participó en los preparativos del fallido Putsch de Julio en Austria, el intento nazi que terminó con el asesinato del canciller Dollfuss. Después del fracaso del golpe pasó un período en Roma. Allí lo descubrió Rudolf Hess, el hombre número dos de Hitler, que buscaba jóvenes nazis aptos para infiltrar la diplomacia. Spitzy era ideal: buenos modales, abolengo aristocrático, conocimiento de inglés. En 1936, recién diplomado con distinción en la École libre des sciences politiques de París, fue asignado como secretario personal de Joachim von Ribbentrop, recién designado embajador del Reich en Londres. Los años de Londres fueron formativos. Spitzy acompañaba a Ribbentrop a Downing Street, le hacía de intérprete, le redactaba informes. Conoció a Stanley Baldwin, a Anthony Eden, a Winston Churchill. Mantuvo además una relación seria con la hija de un Lord Lieutenant inglés, a quien en sus memorias llama Agnes. Cuando estalló la guerra, Agnes terminó trabajando en el War Office en Londres, mientras Spitzy operaba en Berlín. Nunca se casaron. En marzo de 1938, cuando las tropas alemanas entraron en Austria y Hitler proclamó el Anschluss, Spitzy lo acompañó en la comitiva oficial. Ese año fue ascendido a SS Hauptsturmführer. Ribbentrop, ya ministro de Relaciones Exteriores, lo llevó a Berlín. Spitzy quedó instalado en la cancillería del Reich y pasaba fines de semana en el Berghof, la residencia alpina de Hitler. Su retrato del Führer, conservado décadas después en una entrevista de la PBS para la serie People's Century: Master Race, es perturbador por su tibieza: Cuanto más lo conocía, más me gustaba. Al principio sus discursos a los gritos no eran mi estilo. Pero cuando lo conocí en el Obersalzberg y me hablaba siempre era muy amable me cayó bien. Era divertido. Le gustaban los chistes, salvo los sexuales y los políticos. Leía mucho. Sabía mucho de historia. En uno de aquellos almuerzos conoció a Eva Braun. Ella entró al comedor mientras Hitler hablaba y le recordó que la sopa se iba a enfriar. Spitzy, desconcertado, le preguntó después al coronel ayudante quién era esa mujer que no parecía una dama. La respuesta del coronel quedó grabada con precisión textual: Spitzy, nuestro Führer tiene derecho a una vida privada. Lo que vio acá lo va a olvidar. No se lo va a contar a sus padres, ni a sus hermanas, ni a sus novias, ni a su amante. Spitzy entendió. No habló de Eva Braun durante medio siglo. En septiembre de 1938 acompañó a Ribbentrop a la Conferencia de Múnich. Cuando murió en 2010, era prácticamente el último testigo vivo de aquella reunión. Algo se quebró el 15 de marzo de 1939, cuando Hitler rompió el acuerdo de Múnich e invadió Praga. Para Spitzy fue el punto de no retorno. El momento terrible fue Praga, cuando, contra sus promesas, conquistó otra nación, contaría. Renunció al cuerpo diplomático y se empleó brevemente en la división berlinesa de Coca-Cola. Fue una pausa fugaz, pero ese paso por la multinacional norteamericana dejaría una huella concreta diez años después, del otro lado del mundo. En el verano de 1941 fue reclutado por el almirante Wilhelm Canaris, jefe del Abwehr, el servicio de inteligencia militar alemán, paradójicamente, uno de los principales focos de resistencia interna contra Hitler dentro del régimen. Spitzy quedó bajo las órdenes directas de Hans Oster y Hans von Dohnanyi, dos de los conspiradores que después serían ejecutados por el complot del 20 de julio de 1944, la bomba de Stauffenberg. Su estrategia, dijo, fue alentar a los conspiradores, pero mantener una distancia segura. Era un nazi disconforme. Pero todavía un nazi. Berna, Skoda, la primera Argentina En agosto de 1942 fue enviado a España y Portugal con cobertura oficial de representante de la firma checa Skoda. La cobertura era tapadera. En realidad, operaba como agente de inteligencia, especializado en el tráfico de wolframio, el tungsteno, mineral crítico para la industria armamentística alemana. En febrero de 1943, en Berna, en Suiza neutral, participó en una reunión secreta con Allen Dulles, jefe en Europa de la Office of Strategic Services norteamericana antecesora directa de la CIA, junto con el príncipe austríaco Max Egon zu Hohenlohe-Langenburg. El objetivo: tantear un armisticio con los aliados occidentales que les permitiera a los alemanes concentrarse en frenar a los soviéticos. Lo hicieron a espaldas de Hitler. Las conversaciones no llegaron a nada, pero quedaron registradas en archivos de la OSS.Es en este período, no después, cuando Spitzy hace su primer contacto con la Argentina. El coronel argentino Carlos Alberto Vélez, agregado militar de Perón en Madrid, había estado reuniéndose durante 1944 con el coronel alemán Hans Doerr agregado militar alemán en Madrid para gestionar la compra argentina de armamento nazi. En esas mismas tertulias Vélez fue conociendo a Spitzy. Le sugirió, en charlas amigables, que pensara en cruzar el océano. Le anticipó que tenía buenas amistades en la comunidad germana de Buenos Aires, entre ellas, el empresario nazi Ludwig Freude, su auspiciante en las gestiones de armamento. La invitación quedó hecha cuatro años antes de la fuga. Para Spitzy, cuando vino el momento de elegir destino, la Argentina no era una incógnita. Era una promesa abierta. Cuando Alemania cayó en mayo de 1945, Spitzy estaba en España. Su nombre figuraba en la lista negra que los aliados entregaron al general Franco, reclamando la repatriación de 104 espías nazis ocultos. Pero el régimen franquista no entregó a casi nadie. Spitzy se refugió primero en Santillana del Mar, escondido por curas amigos, camuflado como ebanista. En el verano de 1946, ya con cerco internacional, el párroco de Santillana lo trasladó al monasterio trapense de San Pedro de Cardeña, en Burgos. El detalle simbólico es brutal: el mismo monasterio donde Spitzy se ocultó como falso monje había funcionado entre 1936 y 1940 como campo de concentración para prisioneros internacionales capturados por el franquismo durante la Guerra Civil. En esos muros, el psiquiatra Antonio Vallejo Nájera había ensayado sus pseudo-experimentos eugenésicos sobre republicanos. Cinco años después, otro fugitivo ahora del bando inverso se camuflaba bajo la protección del abad cisterciense Carlos de Azcárate. Spitzy tomó el nombre de Ricardo de Irlanda y trabajó como monje panadero. En enero de 1947, cuando la presión internacional se intensificó, el abad lo escondió en la torre románica del monasterio. Para no levantar sospechas entre los hermanos, organizó una representación: Ricardo de Irlanda confesó públicamente, de rodillas, su pérdida de fe. Pasó el invierno encerrado en la torre. En la primavera tenía decidida la fuga. Y un as: de su trabajo en Skoda conservaba los planos del cohete antiaéreo ZB60. Decidió venderlos al Estado Mayor franquista. El intermediario lo consiguió a través del abad: el general Juan Yagüe el Carnicero de Badajoz, capitán general de Burgos en 1947 era amigo personal de Azcárate. En el otoño de 1947, el Estado Mayor compró los planos por 200.000 pesetas. Spitzy fue trasladado a Madrid en un vehículo oficial. Allí recibió documentos nuevos, identidad falsa a nombre de Andrés Martínez López provistos por la Jefatura Nacional de Falanges del Mar de Santander, carné de la Falange Española Tradicionalista y de las JONS. Y, fundamental: un certificado de libre desembarco firmado por el subdirector de la Dirección de Migraciones argentina, gestionado por el coronel Vélez. El documento estaba bajo la identidad verdadera Reinhard Spitzy, no a nombre del personaje falso. El Estado argentino sabía exactamente a quién estaba dejando entrar. Su esposa María y sus dos hijos partieron primero, desde el puerto de Cádiz, en el verano de 1948. Spitzy salió poco después desde Bilbao en el Monte Urbasa. Buenos Aires: Jockey Club, Eva Perón, dos quiebras En el formulario de radicación de la Dirección de Migraciones, el secretario general anotó con soltura: Identificado en base a declaración verbal. El detalle de que ingresaba en el país sin documento alguno no preocupaba a nadie. Lo recomendaba un tal Gino Monti, de la calle Juncal 1082, persona de alguna influencia en estos temas. Esa misma noche, Spitzy y su esposa se instalaron en la pensión Don José, en Belgrano, donde María había armado un nidito. A los pocos días, el austríaco almorzaba en el Jockey Club. Su anfitrión era Carlos Karlowitzer, germanoargentino amigo del coronel Vélez, cuya madre había sido sacada de Alemania durante la guerra por Walter Schellenberg, el jefe del SD, el servicio secreto del SS. Nunca podré agradecerle lo suficiente, le repetía Karlowitzer al ex hombre de confianza de Schellenberg. Le prometió toda la ayuda que necesitara para armarse un medio de vida en su nuevo país.La promesa no funcionó. Spitzy entró primero en un negocio de importación-exportación con el cuñado del coronel Vélez. El cuñado resultó ser, en sus propias palabras, un bonvivant. El proyecto terminó en bancarrota. Spitzy intentó otros caminos por su cuenta. Tampoco funcionaron. Tuvo que acudir, finalmente, al recomendante de su radicación: Gino Monti, quien acaba de nombrarse a sí mismo conde. Monti, según lo registraría Spitzy en sus memorias, gozaba de buenos contactos en el círculo de Perón. Fue así como llegó el segundo capítulo argentino más perturbador de su biografía: Eva Perón. El conde Monti había conseguido un encargo importante: amueblar las salas de primeros auxilios de Eva. Era un contrato demasiado grande para él solo. Le pidió al austríaco que lo ayudara. Los dos camaradas salieron a recorrer mueblerías creyendo que sus fortunas estaban aseguradas. Grande fue su decepción al descubrir que nadie deseaba hacer negocios con ellos. Cuando los proveedores se enteraban de que el pedido era para Evita, demostraban menos fe aún de poder cobrar el encargo. El gobierno rara vez cumplía los pagos en tiempo. Spitzy, ex SS Hauptsturmführer, ex secretario de Ribbentrop, ex hombre de confianza de Schellenberg, terminó así, en 1948 o 1949, recorriendo mueblerías de Buenos Aires intentando vender cucharas, pinzas y camas hospitalarias para los puestos sanitarios de Eva Duarte de Perón. Y no fue por falta de oportunidad mayor. Cuando Rodolfo Freude el hijo de Ludwig Freude, jefe de la División Informaciones de la Casa Rosada y secretario privado de Perón, que coordinaba la red de evasión nazi argentina le hizo saber que quería contarlo entre los suyos, Spitzy rechazó enfáticamente la invitación. No quería ser parte del aparato Fuldner. Eso lo escribió él mismo, después, en sus memorias. Cómo terminó en Entre Ríos La explicación de cómo Spitzy llegó al delta entrerriano no es estratégica. No fue un cálculo de aislamiento. Fue una conversación casual en la cubierta del Monte Urbasa. Durante la travesía atlántica de 1948, María Spitzy había hecho amistad con otro austríaco que viajaba en el mismo barco rumbo a la Argentina: Harald Siebeneichner. Cuando los negocios porteños fracasaron y Spitzy ya no sabía qué hacer, fue Siebeneichner quien le ofreció una salida concreta: una explotación agrícola en la zona del río Ñancay, en el sur de Entre Ríos. Spitzy aceptó. La provincia tenía la segunda colectividad germana más grande de la Argentina, distribuida en aldeas del Volga al norte y en colonias del Uruguay al este. Pero Spitzy no buscó las aldeas centrales. Aceptó lo que le ofrecía Siebeneichner: el delta, en el departamento Islas del Ibicuy. O sea, una zona de juncales, isla, monte, ganadería extensiva, agricultura aislada, caminos malos que se inundaban con cada crecida. Se dedicó primero a la agricultura, pero no conforme con su resultado montó un negocio hostelero. Después fue concesionario de Coca-Cola para la región: el círculo cerraba con la breve etapa berlinesa de 1939, cuando había trabajado para la misma marca antes de ingresar al Abwehr.Vivió en esa zona de Entre Ríos durante diez años. De 1948 a 1958. Las mismas décadas en las que Adolf Eichmann se instalaba en San Fernando, Josef Mengele en Vicente López, Erich Priebke en Bariloche, Ludolf Alvensleben en Santa Rosa de Calamuchita. Ninguno vivió en Entre Ríos. Spitzy fue, hasta donde se sabe, el único nazi de alto rango que eligió esta provincia como refugio durante la posguerra peronista. Y, a diferencia de aquellos, lo hizo después de haberse desligado activamente de la red de protección de Rodolfo Freude. Ñancay no era una posición dentro del aparato de evasión: era una salida hacia afuera. En 1955, cuando cayó Perón, Spitzy se quedó. En 1956, cuando los gobiernos militares revisaron parcialmente las naturalizaciones del peronismo, también optó por permanecer en ese lugar del sur entrerriano. Solo en enero de 1958, con Arturo Frondizi tomando posesión y los procesos de extradición internacionales contra criminales nazis ya con menos empuje, decidió que era seguro volver a Europa. Se fue. Regresó a Austria. Se instaló en Maria Alm am Steinernen Meer, un pueblo de los Alpes en Salzburgo, donde vivió los siguientes cincuenta y dos años. En 1986, con setenta y cuatro años, publicó sus memorias en alemán: So haben wir das Reich verspielt Así perdimos el Reich. Vendió 20.000 ejemplares y entró en cuarta reimpresión en 1994. La traducción al inglés fue una novela aparte: la editorial londinense I.B. Tauris la quiso publicar en 1996 pero pidió más de cien cambios al manuscrito querían moderar pasajes en los que Spitzy describía a Hitler como un hombre brillante o mencionaba sus ojos hermosos, y cortar pasajes que sugerían que los judíos se habían buscado la persecución. Spitzy se negó. Tauris canceló el contrato. El libro se publicó finalmente en 1997 por la pequeña editorial Michael Russell con el título How We Squandered the Reich, sin moderaciones. Para entonces ya había abandonado el bajo perfil. El 2 de septiembre de 1989 hizo una aparición prolongada en el programa británico After Dark, de Channel 4. Después dio su entrevista a la PBS para People's Century. Lo entrevistó Cate Haste para Nazi Women (2001). Y, sobre todo, lo entrevistó por teléfono varias veces el periodista argentino Uki Goñi a esa altura corresponsal de The Guardian en Buenos Aires para la investigación de Perón y los alemanes (Sudamericana, 1998) y de La auténtica Odessa (Granta, 2002). Las grabaciones quedaron archivadas en 2007 en el United States Holocaust Memorial Museum, en Washington. El 27 de septiembre de 1998, el diario La Nación publicó un adelanto extenso de Perón y los alemanes, el libro que Sudamericana lanzaba en esos mismos días. La nota se titulaba Los lazos de Perón con el Tercer Reich. La firmaba Uki Goñi. En su segundo párrafo, sin más, contaba cómo Reinhard Spitzy había llegado a Buenos Aires en julio de 1948 con un libre desembarco firmado por la Dirección de Migraciones argentina, gestionado por el coronel Carlos Alberto Vélez. Daba el nombre del barco Monte Urbasa, del recomendante Gino Monti, calle Juncal 1082, del primer anfitrión porteño Karlowitzer, en el Jockey Club, del proyecto frustrado con Eva Perón, y de la salida final hacia el río Ñancay por la conexión con Harald Siebeneichner. El libro de Goñi, Perón y los alemanes, se vendió en las librerías de todo el país. La auténtica Odessa su versión expandida y más conocida tuvo cuatro ediciones en español, dos en inglés y traducciones a varios idiomas. Spitzy aparece en sus páginas con nombre, apellido, foto, fecha de llegada, dirección de pensión y trayectoria comercial. Lo que no se registró, en veintiocho años, fue el cruce con Entre Ríos. Ningún diario de Paraná, Concordia, Gualeguaychú o Concepción del Uruguay tomó el dato del río Ñancay y lo trabajó. Ningún historiador local lo investigó. Ninguna investigación municipal del departamento Islas del Ibicuy preguntó por Andrés Martínez López. Ninguna concesionaria de Coca-Cola de la zona reconstruyó su línea de propietarios. Ningún cementerio rural fue revisado. Esa es la paradoja real, más precisa que la versión inicial de esta nota: no es que Argentina no haya contado a Spitzy. Es que Argentina lo contó como un caso porteño una pieza más del rompecabezas peronista de la Casa Rosada y la Dirección de Migraciones y nunca lo contó como un caso entrerriano. El delta del Ibicuy, donde el austríaco vivió diez años, sigue sin tener su parte de la historia. Harald Siebeneichner, el hombre del barco, también vivió en la zona. Pero tampoco fue investigado.
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