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» La Nacion
Fecha: 28/04/2026 11:28
Esa mujer era realmente dulce: estaba convencida de que sufría una maldición y cocinaba con la sangre de sus víctimas Leonarda Cianciulli parecía ser una vecina inofensiva, pero, guiada por la superstición, sorprendió a todo el mundo con atroces crímenes para salvar a sus hijos; sus crímenes trascendieron fronteras - 8 minutos de lectura' Leonarda Cianciulli era una mujer con una vida trágica. Tenía cuatro hijos, pero sus vecinos sabían que había perdido muchos otros y que la pena la consumía. Un día, se comenzó a oler un aroma extraño que salía de su cocina. Nadie se alertó, porque un rato más tarde la mujer repartió chocolates y tortas entre los niños e incluso los adultos. Esto se repitió algunas veces más, pero lo que nadie sabía entonces eran los secretos que escondía esa casa, en la que también produjo velas y su creación más conocida: jabones. Muertes, visiones y una oscura cruzada Leonarda Cianciulli había sido la esposa de un funcionario estatal, pero se había separado. Antes de la Segunda Guerra Mundial, había tenido que escapar de Montella para instalarse en Correggio por la condena social después de varios exabruptos con la ley. Según relata el diario italiano Corriere della Sera, todos en la nueva ciudad ignoraban su historial delictivo: varias condenas por robo y amenazas con arma blanca, y más de 10 meses de prisión por estafar a una campesina. Había quedado embarazada 13 veces, pero todos sus hijos habían muerto: tres abortos espontáneos y 10 mortinatos. Sugestionada por sus propias creencias y con la idea de que estaba maldita, Leonarda consultó con brujas para romper los hechizos que hacían morir a sus hijos. Y, como si de verdad se hubiera roto un maleficio, años más tarde dio a luz a cuatro niños. De cualquier manera, Leonarda sentía que la mala suerte la perseguía y que la muerte de sus descendientes era inminente. No podía soportar la pérdida de otro niño, escribió Cianciulli años más tarde, al escribir sus memorias. Casi todas las noches soñaba con los pequeños ataúdes blancos, engullidos uno a uno por la tierra negra. Entonces, estudié magia: quería aprenderlo todo sobre hechizos para poder mantenerlos vivos. En el mismo texto sobre su vida, la mujer explicó que sus continuos miedos no se originaban por las repetidas muertes de sus hijos, sino por su madre, quien antes de casarse, le lanzó una maldición. Entonces, una vidente le había prevenido que tendría hijos, pero todos morirían, tal como expresan medios de la época y el diario italiano ya mencionado. En su corpus personal escribió sobre sus penurias económicas, sus tormentos espirituales y su creencia de que, para salvar a sus cuatro hijos, debía realizar una tarea modo de ofrenda: matar. De jabones y chocolates: el lado más oscuro de Leonarda Cianciulli tenía como objetivo matar a cuatro personas. Eso, pensaba, salvaría a sus cuatro hijos sobrevivientes de la maldición de su madre y su destino. Fue por eso creyó la policía que hizo popular su don de predecir el futuro e hipnotizar a la gente. En una comunidad pequeña, sus dotes se conocieron rápidamente en el pueblo. La primera víctima de Leonarda Cianciulli fue Faustina Setti, una mujer soltera de 73 años. Faustina toda su vida había estado interesada en conseguir marido, pero no se había casado. Corría el año 1939 cuando ella y Cianciulli se hicieron amigas, sin duda debido a la aparente habilidad de esta última para leer las cartas y el porvenir. Leonarda, sabiendo ello, le informó a Setti que un supuesto amigo suyo, adinerado y de una edad similar, deseaba casarse con alguien para el resto de sus días. Leonarda escribió cartas ficticia de este amigo, que supuestamente vivía en una ciudad cercana, para convencer a Setti, hasta que la solterona vendió su casa, se tiñó el cabello canoso de rubio y se preparó para partir. El día que Setti iría a buscar a su amante, fue a despedirse de Leonarda, que la recibió con una taza de café, y acató lo que Leonarda le recomendaba: que se despidiera de sus amigos a través de cartas y postales. Tras escribir las despedidas, contando de sus planes con el amante adinerado, Leonarda le clavó un hacha en la espalda. Ya muerta, arrastró el cuerpo, lo desnudó, se quedó con sus pertenencias y cortó el cadáver en nueve pedazos con una sierra y un cuchillo: su sangre se transformó en chocolates y tortas que repartió entre los vecinos de Correggio. La propia Leonarda describe en sus memorias: Eché los trozos en la olla, sumé siete kilogramos de soda cáustica, que había comprado para hacer jabón, y removí todo hasta que el cuerpo diseccionado se disolvió en una pulpa oscura y viscosa. Llené varios cubos con ella y la vacié en una fosa séptica cercana. En cuanto a la sangre en el recipiente, esperé a que coagulara, la sequé en el horno, la molí y la mezclé con harina, azúcar, chocolate, leche y huevos, amasando todo junto. Preparé una gran cantidad de tortas y se los serví a las señoras que vinieron de visita, pero mi hijo y yo también comimos algunos. La segunda víctima fue Francesca Soavi (55), una maestra viuda. Cianciulli le tiró las cartas y le dijo que podría conseguirle un puesto en una escuela en Piacenza, una ciudad a 106 kilómetros de Correggio. El 5 de septiembre de 1940, la señora Soavi fue a despedirse, al igual que Setti meses atrás. Según medios locales, nunca se supo cómo Cianciulli la indujo a escribir postales con fecha posterior antes de matarla con el hacha. La recompensa de Cianciulli por este acto macabro fue de 2000 liras que la víctima llevaba encima. Tres meses después, la tercera mujer fue sacrificada: Virginia Cacioppo (53), una excantante con sobrepeso. Cianciulli le dijo que le había conseguido un puesto bien pagado en una fábrica en Florencia. Luego de matarla y descuartizarla, utilizó los restos de Cacioppo para producir jabón perfumado y también velas. Leonarda también se quedó con las pertenencias de esta última víctima: 35.000 liras en valores, bonos del Estado, joyas y efectivo. Cianciulli describe: Su carne era grasa y blanca: cuando se disolvió, le agregué un frasco de colonia, y tras una larga ebullición, se convirtió en cremosas pastillas de jabón. Las regalé a vecinos y conocidos. Incluso los postres estaban mejor: esa mujer era realmente dulce. El final del camino: la caída de Leonarda, la jabonera de Correggio Las sospechas de Cianciulli habían comenzado cuando su última víctima, Virginia Cacioppo, confió sus planes a tres amigas. Ellas empezaron a hacerse preguntas hasta que se alertó su desaparición. Además, la asesina cometió el error de regalar algunas joyas de la víctima y gastar dinero con demasiada libertad. Finalmente, el comisario Serrao, un investigador calificado de meticuloso, se hizo cargo del caso. Desenterró abundantes pruebas y el juicio inició. Las pruebas en su juicio revelaron que una de las víctimas había sido asesinada y diseccionada en menos de dos horas. Los detectives no creían que Cianciulli, que no era una mujer físicamente fuerte, fuera capaz de tal esfuerzo. Detuvieron a su hijo mayor como cómplice, creyendo que había ayudado a su madre en sus truculentas tareas. Sin embargo, la madre defendió a su hijo, afirmando que él era inocente. Su único pecado habría sido llevar huesos y otros restos envueltos en papel para tirarlos al río, además de entregar cargas. La madre afirmaba que su hijo desconocía todos los crímenes. Como el cuerpo judicial no le creía que ella era capaz de faenar un cuerpo en nueve secciones en tan poco tiempo, Leonarda instó por probarlo con sus propias manos: acompañó a jueces, policías y médicos a la morgue de Reggio Emilia y descuartizó expertamente un cadáver en nueve piezas en el asombroso tiempo de 12 minutos. Esto ayudó a convencer a las autoridades de la inocencia de su hijo. El hijo mayor de Leonarda nunca creyó las atrocidades que decían sobre su madre, hasta que Leonarda misma escribió sus memorias y confesó sus crímenes en prisión. Fue juzgada como cuerda por algunos médicos y parcialmente demente por otros. En su juicio, el Dr. Giuseppe Dosi, jefe de la Oficina Italiana de la Policía Internacional, dijo: Era un fenómeno de exaltación supersticiosa y pericia criminal. La fabricante de jabón de Correggio, tal como los medios la nombraron, fue sentenciada a 33 años de prisión, lo que en Italia equivale a una cadena perpetua.
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