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» Clarin
Fecha: 28/04/2026 10:02
La literatura, el ensayo y el pensamiento en la obra y las palabras dichas de Héctor Abad Faciolince parecen atravesadas por múltiples experiencias, estímulos y aprendizajes. Es un escritor, periodista y traductor fundamental de la escena iberoamericana y que se ha destacado por recorrer como un baqueano caminos muy distintos de la escritura como aquellos que hablan en primera persona de las muertes y las vidas lastimadas que quedan alrededor. Tal como lo plasmó en Ahora y en la hora (2025) donde cuenta cómo sobrevivió a un misil ruso en Ucrania que dejó 13 muertos y 60 heridos. Faciolince acaba de ser nombrado como uno de los tres Jurados de Honor del Premio Clarín Novela 2026 junto con las escritoras Ariana Harwicz y Betina González. La semana próxima participará de la Feria del Libro en el Diálogo de Escritoras y Escritores de Latinoamérica junto con Jeremías Gamboa, Lalo Barrubia y Federico Jeanmaire: Hace mucho que no voy a Buenos Aires, que es una ciudad que quiero mucho. Lo mejor es volver como lo que siempre he sido: un espectador atento. Poco antes de partir a Madrid desde Colombia, Faciolince conversa (por teléfono y luego por correo electrónico) sobre el mundo aturdido en el que vivimos y los vaivenes de la escritura y sus géneros. ¿Pensás y pasás al papel o pantalla tus ideas reconociendo todavía la frontera entre ensayo y ficción o no te preocupa ese límite? A mí me preocupa la verdad profunda, la verdad artística de un texto: a veces esa verdad solo se puede expresar con la ficción y con la fantasía por la inútil y despiadada crudeza que tiene a menudo la verdad desnuda. Otras veces, esa verdad se transmite mejor mediante el ejercicio más racional del ensayo que, como su nombre lo indica, no es un dogma tajante sino una manifestación más de la complejidad y la duda frente a las cosas que ocurren. Nuestra labor no es sentenciar cuál es la verdad absoluta, sino acercarnos a ella contando y tratando de entender lo que vemos, lo que hemos vivido, lo que imaginamos. A veces eso se puede expresar mejor mediante un género híbrido que incluye tanto elementos ficticios como ensayísticos. La verdad es tan compleja que debemos tratar de abordarla, digámoslo así con una expresión justamente caída en desgracia, con-todas-las-armas-de-lucha: con la imaginación y también con el raciocinio; con la emoción de la belleza y la belleza del silogismo. ¿La literatura de este tiempo es muy distinta a la del siglo pasado? La literatura, para sobrevivir, para seguir creándose sin destruirse, se tiene que transformar siempre, para adaptarse a las rarezas y peculiaridades del tiempo que le toca vivir a cada generación. En la literatura del siglo III hay galeras; en la del XV hay caballeros andantes; en la del XVI hay carabelas; en la del XVIII hay diligencias; en la del XX hay aviones; en la más reciente, internet y teléfonos inteligentes. Si escribo, hoy, sobre un personaje del siglo XIII, me lo imagino viajando a pie; si escribo sobre un periodista que se esconde en los años 70 del siglo pasado, este no puede llevar en la mano un teléfono celular. ¿Qué función te parece que cumple la literatura en un contexto durísimo de guerras y crisis económicas? Este tipo de cuestiones prefiero planteármelas al revés: ¿cómo sería este mundo horrible (de guerras, invasiones, crisis, genocidios, masacres) sin la literatura? Pese a su debilidad y a las limitaciones de su alcance, la literatura intenta oponerse al horror entendiéndolo y describiendo su dolor con precisión, de modo que la gente, al menos la gente que lee, se resista a ese horror y divulgue esa resistencia. Hace poco un amigo me leyó una frase de Northrop Frye con la que no puedo estar más de acuerdo: La literatura no puede impedir la destrucción total, que es uno de los numerosos destinos posibles de la raza humana; pero pienso que ese destino sería inevitable sin la literatura. Aunque en esta tarea de salvar el mundo no solo están los que leen los tercetos finales de cierto canto. También hay cirujanos, jardineros, ajedrecistas, niños que, al lado de los justos de los que hablaba Borges, impiden la aniquilación de la humanidad. Cuando Voltaire describió, con su crudo pesimismo, todos los horrores de su siglo, ayudó a que en el siglo siguiente no hubiera esclavitud. Es gracias a su pesimismo que hoy, al menos por momentos, podemos ser optimistas sobre la condición humana, tan imperfecta siempre, pero tan maravillosa en algunos instantes mágicos del arte, de la ciencia, de la naturaleza o de la sencillez de los sentimientos. ¿Los enormes cambios tecnológicos, políticos, sociales que estamos viviendo en todo el mundo, alteraron tu percepción como hombre de letras observador y analista? Desde hace más de un siglo asistimos a una tremenda aceleración de la historia y de la tecnología. Antes los padres enseñaban a los hijos; ahora son los hijos quienes deben intentar desatrasarnos a nosotros, sus padres, y con mayor razón a sus abuelos. Cuando Rubén Darío leyó los poemas de un joven poeta colombiano, heredero del modernismo, el Tuerto López, se dio cuenta de que su poesía de cisnes y princesas estaba envejeciendo, de que ya no se podía seguir escribiendo como él escribía. Lo que él escribía fue, en su momento, revolucionario, y al cabo de algunos decenios se volvió obsoleto. Hay muchos momentos en que uno siente que se vuelve viejo, obsoleto. Como bien decía Monsiváis, o ya no entiendo lo que está pasando, o ya no pasa lo que yo estaba yo entendiendo. El mundo cambia mucho. Es posible que dentro de un siglo nadie entienda y se quiera censurar a la gente que escribía cómo masticaba y se tragaba tranquilamente un bife de chorizo; les parecerá algo parecido al canibalismo. Es como se lee hoy a Hemingway hablando de las corridas de toros o a García Márquez sobre los burdeles y las peleas de gallos, o a Cortázar sobre los boxeadores. Creo que hay libros míos viejos que hoy ninguna editorial publicaría. Escribí uno casi humorístico, el Tratado de culinaria para mujeres tristes. Hoy me dirían que no tengo derecho a escribir sobre las mujeres y que ese tonito mío tan paternalista es puro mansplaining, condescendiente, insoportable y machista. Hay días en que me despierto y me siento muchísimo más viejo que el papa Francisco el día en que murió. Entre otras actividades, sos traductor, una profesión muy atacada por la Inteligencia Artificial. ¿Qué sensación te causa esta situación que también afecta al periodismo y a las profesiones y actividades que están a su alrededor? La última novela que yo traduje se titula The Mind Body Problem, y fue escrita por una mujer muy brillante, Rebeca Goldstein, considerada por su marido, Steven Pinker, y no creo que solo por amor conyugal, una mente privilegiada. Es una novela del siglo pasado que nunca había sido traducida al español. Yo traduje con mi mente y con mis diccionarios y consultas a amigos anglófonos, cada una de sus páginas. Pero después de traducidas pasé cada una de esas páginas por uno o dos programas de traducción. No lo hice al revés, como creo que hacen ahora muchos traductores que son solo editores de lo que hace la IA. Todavía confío en que mi intuición y conocimiento de la lengua española tiene hallazgos más creativos y exactos. Pero sin duda en algunas palabras y expresiones la IA me dio soluciones mejores que las que yo había encontrado, y las adopté como quien usa una herramienta más. La IA se nutre del trabajo que hemos hecho los traductores durante siglos: nos roba, nos saquea, y supongo que algún día hará también cosas sin robar, por su propia masa numérica de posibilidades, como las máquinas que juegan ajedrez mejor que cualquier persona. Estamos en un momento de transición en que los traductores humanos, al menos en literatura, y especialmente en la poesía (que existe tanto en la prosa como en el verso), lo hacemos todavía mejor que la IA. En cuanto al tiempo y a la eficiencia, no podemos competir ya; pero todavía podemos competir en la calidad y en la sensación de estar leyendo algo que es de verdad parte de nuestra lengua materna. El problema es que las editoriales empiezan a preferir una traducción rápida a una traducción buena. ¿Cómo se caracteriza la era que está naciendo? Este es un orden internacional sin reglas. Parece que hay una nueva cartografía en marcha. La evolución y los cambios no son siempre para bien. Y a veces son mucho más un regreso, un retroceso, que un avance. Estamos asistiendo a algo muy peligroso porque se parece demasiado a los años 30 del siglo XX y esos años produjeron quizá las peores tragedias totalitarias de la historia: las de los campos de concentración y los gulags. Más que nueva cartografía hay un regreso a la cartografía colonialista en la que solo cuenta el poder del más fuerte. Y esto es antiquísimo: en los Diálogos de Platón es lo que defendía, contra Sócrates, Calicles. Las leyes, los derechos de los débiles o de las minorías, para Calicles, son papandujas y cusilería de los más débiles: la única ley del mundo es la del más fuerte. Cuando esto se ha impuesto ideológicamente, el mundo ha sido horroroso, despiadado y solo hemos vivido en la orgía perpetua del sufrimiento de millones. La memoria, la historia, la gran literatura, nos tienen que recordar a lo que este horror ideológico conduce. ¿Qué pasará con el multiculturalismo y el respeto al otro, al inmigrante, al diferente? Curiosamente los países más mestizos, los del verdadero melting pot, como Colombia, están acogiendo cada vez más inmigrantes de Estados Unidos, afroamericanos y latinos en particular, que empiezan a no sentirse seguros ni bienvenidos en el ambiente de supremacismo blanco del país proyectado por Trump y sus aliados de extrema derecha. En países donde somos tan diferentes por aspecto, cultura, ancestros y proyectos, es más fácil no excluir ni sentirse excluidos. América Latina, una región con más de un siglo sin guerras internacionales verdaderas, podría convertirse en un refugio de paz y tolerancia. Deberíamos construir ese tipo de países desde la Patagonia hasta el Río Grande. Somos una región llena de horrores, pero hay un horror que llevamos más de un siglo sin ejercer: la de matarnos entre nosotros por asuntos de fronteras. América Latina es un ejemplo de paz internacional y de integración con los inmigrantes. En Colombia hay unos dos millones de venezolanos, y apenas si se notan por el acento. Enojo, ira, resentimiento, furia ¿esta es la era de las emociones más negativas? Sí, hay una faceta triste también en nuestro continente. Citando a Spinoza, el ensayista colombiano Mauricio García ha dicho que somos un continente enfermo de emociones tristes. Con un enfoque más sociológico que psicoanalítico, intenta darnos herramientas para superar esas emociones tristes que son muy dañinas para el individuo y para las naciones. Yo, que afortunadamente tengo muy mala memoria, estoy convencido de que odiar es recordar al que merece olvido. Borges, el memorioso, aspiraba a ese tipo de desmemoria que es el antídoto contra el rencor y el resentimiento. ¿Cómo se evalúan hoy los Acuerdos de paz con las organizaciones armadas de 2012? ¿Cuánto se logró y cómo ves el futuro inmediato en un país que también está en la mira de Trump? Digan lo que digan, esos acuerdos de paz disminuyeron mucho la tasa de homicidios en Colombia, que es la manera menos insensata de medir la violencia. El gobierno anterior, el de Duque, no creía en esa paz y la boicoteó; incumplió la mayoría de los acuerdos. El gobierno actual, olvidando también la seriedad de los acuerdos de Santos, y de una manera muy torpe, cree que hay que hacer una paz improvisada con todo el mundo, incluyendo las bandas del narcotráfico. Le dicen la paz total, y está empedrada solamente con esas piedras que, según dicen, son el camino del infierno: buenas intenciones y nada más. Ingenuidad majadera. Pudiste llevar al papel tragedias como la muerte de tu padre y el misil ruso del que te salvaste en Ucrania. ¿La literatura también ayuda a sobrevivir en todos los sentidos posibles? Fue muy difícil escribir los libros, El olvido que seremos y Ahora y en la hora. Tuve que hurgar en mis heridas y escribir con sangre lo más doloroso. La escritura no sirve para sanar. Mientras uno escribe, se enferma más. Lo que sí sirve es haber escrito. De alguna manera uno sale más tranquilo y más limpio, sin la obligación de seguir rumiando el dolor toda la vida. Es como cumplir con una obligación, con una responsabilidad. El terror y el rencor ya no están en la mitad de la frente; se pueden desplazar a una parte más tranquila y más lejana de la conciencia. Ya uno hizo lo que pudo con la herramienta que te dio la vida. El de Ucrania no lo escribí para sobrevivir, sino para manifestar la extrañeza de haber sobrevivido. No creo en los milagros, ni en el destino, pero es muy raro que la muerte me respire en la nuca, me pase siempre rozando, zumbando al lado de la sien, rasgándome el corazón, y todavía no me haya matado. Un poeta colombiano, Gaitán Durán, lo decía de un modo más preciso: Solo puede salvarte el milagro que niegas. Escribir, de algún modo, es rezar y dar las gracias a un destinatario que no existe. Sobre la firma Newsletter Clarín
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