Contacto

×
  • +54 343 4178845

  • bcuadra@examedia.com.ar

  • Entre Ríos, Argentina

  • Mario Ferreyra: la vida que resiste entre recuerdos, silencios y una espera que duele

    Gualeguay » Debate Pregon

    Fecha: 26/04/2026 10:33

    Mario Ferreyra: la vida que resiste entre recuerdos, silencios y una espera que duele A los 84 años, residente del Hogar de Ancianos de Gualeguay, repasa su historia marcada por el trabajo rural, un accidente que cambió su destino y la soledad de una familia ausente. Entre la dureza del pasado y la contención institucional, su testimonio revela una realidad tan íntima como social. En una de las habitaciones del Hogar de Ancianos de Gualeguay, la historia de Mario Ferreyra se despliega con la serenidad de quien ha vivido mucho y con la tristeza de quien recuerda más de lo que quisiera. Su voz, a veces firme y otras quebrada, reconstruye un recorrido de vida atravesado por el trabajo, la pérdida y una soledad que no logra disimular, aunque insista en decir que está bien. Nacido en el tercer distrito de Gualeguay, en cercanías del arroyo Jacinta, Mario creció en el seno de una familia numerosa: quince hermanos en total. Nacimos en el campo, recuerda, como quien vuelve mentalmente a un paisaje que aún lo habita. Sin embargo, la muerte temprana de su padre marcó un punto de inflexión y lo llevó a trasladarse a la ciudad siendo todavía muy chico. Su vida estuvo ligada al trabajo rural desde joven. Se dedicó, durante décadas, a amansar caballos, una tarea que describe sin rodeos, como si fuera una extensión natural de su identidad. Anduve por todos lados, en todas las estancias, cuenta, evocando también sus viajes y experiencias en distintos puntos de la región. Pero esa vida de campo, de esfuerzo físico y destreza, se vio abruptamente interrumpida. Un accidente con un caballo lo dejó roto, quebrado, según sus propias palabras. A partir de ese momento, su cuerpo comenzó a pasar factura. Hoy, enumera con crudeza sus problemas de salud: siete fracturas en las caderas, una pierna quebrada y la pérdida total de audición en uno de sus oídos. A esto se suma una reciente operación de la vista. Me prohibieron trabajar, dice, casi como una sentencia. Aunque asegura que aún anda por todos lados, reconoce que ya no puede hacer lo que antes daba sentido a sus días. El trabajo, más que una obligación, era su forma de estar en el mundo. Actualmente tiene 84 años y hace aproximadamente una década que dejó definitivamente la actividad laboral. El paso del tiempo, sin embargo, no parece pesarle tanto como la ausencia de vínculos afectivos. Mario habla de su familia con una mezcla de resignación y dolor contenido. De los quince hermanos que tuvo, hoy ya no queda ninguno con vida. Soy solito, repite. Apenas menciona a una hija que vive en Escobar, pero con quien no mantiene contacto. Está enojada conmigo, no quiere que le escriba, explica, sin entrar en detalles. No tiene dirección ni número de teléfono. Tampoco insiste. En ese punto, su relato se vuelve más silencioso. No hay reproches explícitos, pero sí una sensación de abandono que atraviesa cada palabra. Incluso reconoce que pensó en pedir ayuda para comunicarse con ella, pero desistió. Si está enojada, para qué, concluye, con una lógica simple y dolorosa. En contraste con esa ausencia familiar, el Hogar de Ancianos aparece como un espacio de contención. Mario lo describe como muy lindo y destaca especialmente la atención del personal. Es buenísima, asegura. Aunque admite que entre los residentes no siempre hay compañerismo, valora el cuidado cotidiano que recibe. Días atrás celebró su cumpleaños número 84 en la institución. Hubo torta, regalos y un pequeño festejo organizado por la comisión. Me hicieron una fiesta, cuenta con una leve sonrisa que rompe, por un momento, la línea de su relato. Sin embargo, más allá de esos gestos, su vida transcurre en una rutina donde el tiempo parece diluirse. Intenta mantenerse activo con pequeños emprendimientos, como la elaboración de llaveros, aunque incluso eso representa una dificultad económica. La plata la tengo que poner yo, explica, evidenciando las limitaciones que enfrenta. Mario Ferreyra no dramatiza su situación. Habla con una naturalidad que, lejos de suavizar su historia, la vuelve más contundente. Su vida resume la de muchos adultos mayores que, tras años de trabajo y esfuerzo, llegan a la vejez en condiciones de vulnerabilidad afectiva. En su relato no hay grandes reclamos, pero sí una frase que queda resonando: Estoy solo, completo solo. Una definición que excede lo personal y abre una reflexión más amplia sobre el lugar de los adultos mayores en la sociedad, los vínculos familiares y la responsabilidad colectiva. Mientras tanto, en el Hogar de Ancianos de Gualeguay, Mario sigue caminando por todos lados, como dice. Aferrado a lo que queda: su memoria, su historia y una forma de dignidad que persiste incluso en medio del olvido.

    Ver noticia original

    También te puede interesar

  • Examedia © 2024

    Desarrollado por