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  • Si estando con mi pareja no puedo ser yo mismo; ¿no estoy un poco solo?

    Buenos Aires » Infobae

    Fecha: 26/04/2026 03:33

    Una aclaración antes de empezar: si su pareja no les perdonaría una infidelidad, o si ustedes no se la perdonarían a ella, no pueden incluirla en el círculo central. Los veintinueve participantes del grupo nos miramos desconcertados. ¿Quién sería capaz de pasar semejante filtro? El ejercicio era simple, dibujar cuatro círculos concéntricos. En el externo, el más grande, teníamos que incluir a todas las personas conocidas con las que tuviéramos algún vínculo. En el segundo círculo, un poco más estrecho, aquellas por las que sintiéramos afecto. En el tercero, todavía más chico, a nuestros seres queridos. Y en el del centro, el más pequeño de todos, a las pocas personas con las que tuviéramos una relación de amor incondicional. Nadie abrió la boca pero esa aclaración aparentemente inofensiva desató en mí un terremoto interior. Con esa consigna maldita, yo no tenía ninguna chance de incluir a mi esposa en el círculo central. Ella no me perdonaría una infidelidad. Yo tampoco. ¿La idea del amor de mi vida, entraba en crisis por tan poco? ¿Eran solo palabras vacías? El hecho que mi pareja no pudiera estar en mi círculo de amor incondicional me hizo sentir solo. Y después de un fugaz sentimiento de víctima, asumí que hacía mucho tiempo que, en varios aspectos, lo estaba. Como si me hubiera comido un puñetazo que me tiró a la lona, intenté ponerme nuevamente de pie. ¿A quiénes sí podía incluir en ese círculo? De a poco fui garabateando nombres. Junté siete, nada mal: dos amigos del colegio, tres de la universidad, y otros dos de la vida. Repasándolos uno por uno, encontré dos elementos comunes a todos. Por un lado, con esas personas podíamos contarnos cualquier cosa, cualquier barbaridad, sabiendo que no nos juzgaríamos. El otro rasgo común a todos los integrantes de mi círculo central es que eran hombres. ¿Acaso era imposible incluir a alguien del sexo opuesto? ¿Era pura casualidad o, al menos en mi caso, la confianza era una cuestión de género? Me di cuenta de que ese pensamiento era un poco tramposo. Mientras pensaba los nombres estuve a punto de incluir a una amante por la que me sentía comprendido y aceptado tal cual era. Ella sabía que yo era un hombre casado, con un buen matrimonio, sin grandes carencias, y que no tenía intenciones de separarme. Nuestros encuentros eran un espacio de intimidad maravilloso, aunque no tuviera más proyección que esas horas hermosas que compartíamos. El hecho de poder hablar, contarnos todo, y en especial, sentirnos comprendidos mutuamente, era aún más importante que lo sexual. ¿Por qué no la había incluido en el círculo principal entonces? Haberlo hecho hubiera significado poner mi matrimonio en una crisis mayor que la que ya estaba emergiendo. Anticipando la jugada, mi cabeza excluyó casi automáticamente a mi amante para protegerme. Si no, ¿cómo podía explicarme que no incluía a mi mujer en el grupo de amor incondicional y sí incluía a una amante? Para ser más claro: ¿cómo podía hacerlo y seguir casado? Traté de contener como pude todas las preguntas sin respuesta que aquel maldito ejercicio me estaba generando. Leí en silencio los siete nombres que había incluido en el círculo central y repasé mi vínculo con cada uno de ellos. En realidad, lo que tenía con ellos era una gran intimidad, una conexión casi plena. Podíamos hablar sin filtro de prácticamente todo, y me sentía escuchado, comprendido, aceptado. Ellos me hacían sentir menos solo, sin ningún temor a ser rechazado. ¿Pero eso era amor incondicional? Entiendo que no. Igual, no estaba nada mal. La mayoría de las personas con las que me relaciono muchas veces no me comprenden, y tampoco aceptan todas las áreas de mi vida tal cual son. Mi esposa, por ejemplo. ¿Puede amarnos alguien que no nos acepta como somos, que necesita que seamos de determinada forma para querernos? ¿Acaso el amor es algo a merecer, supeditado a que seamos como la otra persona pretende o necesita? ¿O será que pedirle amor incondicional a un ser humano es demasiado? Si nos cuesta escuchar, tolerar, aceptar lo que el otro tiene para decir porque puede amenazar nuestras seguridades y certezas, -si al final somos tan limitados-; ¿cómo podríamos demandar y ofrecer algo incondicional? Escuchar a mis compañeros del grupo fue revelador. Varios no habían sido capaces de poner ni una sola persona en el círculo central. Una mujer incluyó a sus dos gatos. Me acordé de un estudio que decía que para tener buena salud necesitamos al menos dos personas con quienes tener intimidad emocional plena, que sean capaces de escucharnos y comprendernos. Según los resultados, los habitantes de Nueva York tienen un promedio de 0,6 personas con estas características. No llegan a tener ni una sola persona en quien confiar plenamente. Es desolador. En el espacio de silencio que nos dieron por la tarde seguí pensando en esto. ¿Por qué no había incluido a mi mujer en el círculo principal? El tema de la infidelidad era inaceptable. Aun cuando los dos teníamos cuarenta y cinco años, muchas experiencias cercanas de infidelidad, nuestro acuerdo nupcial seguía en pie. Esto era en la teoría, en las formas. Porque en el fondo, en mi caso hacía rato que había cruzado el límite teniendo aventuras que oxigenaban mi vida. A veces pensaba que estaba mal. Otras, asumía que sin ellas mi matrimonio volaría en mil pedazos. Como Bioy Casares, que se sentía orgulloso de haber salvado muchos matrimonios siendo amante de esposas saturadas de sus maridos. Con frecuencia la infidelidad no destruye vínculos, sino que los sostiene. ¿Y mi esposa? ¿Me engaña? Tiendo a pensar que no, pero los hombres somos bastante ingenuos, y las mujeres suelen ser muy hábiles para esconder estas cosas. Si me es infiel, sería toda una paradoja. Ambos sosteniendo la idea de fidelidad mientras los dos mantenemos aventuras a escondidas. ¿Si fuera así, por qué no blanquear la situación, compartir lo que nos pasa, aprender a hablar de lo que el otro desea vivir, intentar tolerarlo, comprendernos y crecer en intimidad emocional? Imaginé lo genial que sería eso. Poder poner a mi esposa en el círculo central. Me pregunté entonces de qué nos protege la fidelidad. En teoría, de la posibilidad de que nos enamoremos de otra persona y todo se desmorone. Pero esa premisa, al menos en mi caso, también se mostró falsa. Las tres veces que me enamoré fue mucho antes de tener sexo con esa persona. Y por el contrario, tuve sexo con muchas personas de las que nunca me enamoré, incluso con las que fuimos amantes por largos períodos. Uno no se enamora porque tiene sexo. Se enamora en la fila del supermercado, en la oficina, en la charla de padres del colegio de nuestros hijos. ¿Entonces? Pareciera ser una gran confusión. Actuamos y exigimos una fidelidad que pocos cumplimos para intentar asegurarnos algo que no tiene garantías ni se puede proteger de esa forma. De ninguna, en realidad. Años después de aquel ejercicio terminé separándome. No sé si se puede hablar de todo en el matrimonio, pero lo que tengo claro es que cuantos más temas tabú haya, más frágil es esa pareja. Cuanto menos hablemos de lo que nos pasa y de lo que queremos, más amenazado está el vínculo -con o sin infidelidad de por medio-, y más solos estamos. Pienso que las relaciones fracasan porque no pueden soportar la verdad. Que el desafío central no son los conflictos, sino con la herramienta con la que intentamos resolverlos: el silencio. ¿Por qué será que nos cuesta tanto exponer nuestras contradicciones con el otro y expresar lo que sentimos, y terminamos negándolo, reprimiéndolo, ocultándolo? ¿Por qué es tan difícil escuchar, comprender, tolerar lo que le pasa a nuestra pareja sin sentirnos amenazados, aun cuando es muy probable que nos pasen cosas parecidas? Porque si no podés hablar con tu pareja sobre lo que deseás, ya estás solo. Y si no podés escuchar lo que al otro le pasa sin juzgarlo, también lo estás dejando solo. Mentimos con la esperanza que alguien se quede con nosotros incondicionalmente, sin darnos cuenta de que lo único que puede acercarnos a esa incondicionalidad, es mostrarnos tal como somos, justo en el lugar donde más tememos ser vistos. No sé si alguna vez podremos decirlo todo. Pero sí sé que cada palabra que nos callamos nos deja un poco más solos. Un poco más lejos. Quizás la única forma de acercarnos sea empezar a hablar, aunque no sepamos cómo, aunque no sea perfecto, aunque duela. Aunque todo tiemble. * Juan Tonelli es escritor y speaker, autor del libro Un paraguas contra un tsunami. www.youtube.com/juantonelli

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