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  • Fue radiólogo, cantante y se hizo viral al contar que vive en la calle en Mendoza: Hay días que no tengo para comer

    » TN

    Fecha: 25/04/2026 05:12

    Marcelo Bevacqua pide disculpas antes de contar su realidad, como si hiciera falta, como si poner en palabras lo que vive fuera una molestia para el otro. Perdón, pero mirá, por ahí es difícil de entenderlo yo soy un tipo que está rehaciendo su vida, dice, y en esa frase ya aparece todo: el intento, la caída previa, el esfuerzo por volver a armar algo con lo poco que queda. Tiene 60 años, nació el 26 de marzo de 1966, fue técnico en radiología durante décadas, se subió a escenarios desde los años 80 como cantante y hoy, en Mendoza, su día a día es otro. Vive en situación de calle, aunque algunas noches encuentra refugio en una casa que le dejaron cuidar, una situación provisoria que le permite no dormir a la intemperie, pero que no alcanza para hablar de estabilidad. Comer no siempre está garantizado, moverse tampoco. Leé también: Tiene 63 años, tendrá que vivir en la calle con su esposa enferma y lanzó un pedido que se hizo viral Yo ayer, por ejemplo, llegué re tarde a la plaza, me tuve que tomar dos colectivos, no tenía ni siquiera para comer, hoy tampoco me cuesta llevarlo adelante. Estoy cuidando una casa que estaba abandonada. Mi vida sigue siendo bastante caótica, mucho más organizada que antes, pero igual soy un tipo pobre, que le cuesta muchísimo hacer un mango, cuenta. De profesión: radiólogo y cantante Su historia no empezó ahí, claro. Durante años tuvo una vida que podría encajar en cualquier esquema de normalidad. Creció en Godoy Cruz, en el barrio Bancarios, en una familia trabajadora donde el esfuerzo era la regla. Su padre era comerciante y fotógrafo, su madre técnica radióloga, y él eligió ese mismo camino, el de la salud, el de un trabajo estable, el de una profesión concreta. Fue una infancia relativamente normal, con algunos altibajos, pero normal. Una linda infancia, una adolescencia complicada pero dentro de todo normal, hijo de un padre laburante a full, recuerda. Pero Marcelo hoy está en la calle por circunstancias de la vida. Trabajó desde 1995 haciendo radiografías, un oficio que sostuvo durante años mientras en paralelo desarrollaba otra pasión que nunca abandonó: la música. Desde el año 85, 86, me subí por primera vez a un escenario. Toqué en muchas bandas, tuve una que era mía, Betty Fru, nos fuimos a Chile, vivimos dos años allá la mayor parte de mi vida hice radiografías y canté, resume. Esa doble vida, entre hospitales y escenarios, formó parte de su identidad durante décadas. Incluso en los últimos años volvió a grabar: participó en el disco Bucle, de la banda Quizás, Quizás, Quizás, donde canta dos temas. Sigo cantando todavía, dice, como si aferrarse a eso fuera también una forma de sostenerse. Leé también: De estrella de Nickelodeon a vivir en la calle: las impactantes imágenes de Tyler Chase Pero en algúnpunto, todo se desordenó. No es una sola cosa, son muchas. La gente dice está en la calle porque es un vago, porque es delincuente, y no es así siempre. Hay problemas familiares, separaciones, desempleo cuando la familia deja de serlo, se rompe todo, se empieza a caer todo, reflexiona. A ese escenario se le suma la depresión, el consumo, las adicciones, una cadena que se retroalimenta y de la que no es fácil salir. Marcelo no esquiva su propia responsabilidad ni intenta suavizarla. Las drogas arruinaron mi vida, sí, por supuesto. Es una enfermedad, no es joda. Hoy estoy limpio, sobrio, gracias a una comunidad que me ayuda, pero es una lucha de por vida, afirma. El frío de la calle La caída no fue de un día para el otro, pero hubo un momento que funciona como quiebre. Vivía en una pensión de la calle Avellaneda, donde había pasado diez años. Tenía sus cosas, su trabajo, cierta estabilidad. Hasta que dejó de poder pagar. En 2014 comí en la plaza por primera vez, en una olla popular. Fue terrible, dice, y la frase queda flotando, sin necesidad de explicaciones. La calle llegó de golpe, aunque en realidad venía anunciándose. Y con ella, una forma de vida que nunca había imaginado. Uno nunca piensa que va a terminar así. Mi familia, mis amigos todos hicieron lo que pudieron, pero llega un momento en que te quedás solo, cuenta. Esa soledad es, para él, lo más duro. Lo peor es sentir que no le importás a nadie, que no saben si estás vivo, dice, y ahí aparece una herida más profunda que la falta de techo o de comida. Las primeras noches fueron extremas. Para escapar del frío, se subía a los colectivos y viajaba durante horas. Andar en bondi era barato, me quedaba charlando con los choferes era una forma de pasar la noche, recuerda. No había refugio, no había rutina, no había descanso real. Leé también: Su mamá la abandonó y su papá la llevó a vivir seis años en una plaza: Aprendí tres lecciones para siempre Con el tiempo, fue encontrando distintas formas de transitar esa situación: refugios, casas de amigos, espacios temporarios. Hace diez años que estoy así, no todo el tiempo en la calle, pero sí en esa inestabilidad permanente, explica. Porque, como insiste, la situación de calle es mucho más amplia que dormir en una plaza. También pasó por lugares que valora, como el refugio del Puente de las Américas, en Mendoza, donde recibió acompañamiento psicológico y atención de salud. Y estuvo en Buenos Aires, donde conoció organizaciones que según dice trabajan con un compromiso enorme. Pero aun así, salir no es automático. Tenés herramientas y no podés salir. Es como una desconexión entre el corazón y el cerebro. No podés tomar decisiones básicas, no podés salir a trabajar, no te sentís capacitado para nada. Es un problema mental, explica. En ese recorrido hubo momentos límite. Pensamientos que lo llevaron al borde. Pensé en suicidarme, tirarme desde el puente del Corredor del Oeste, dice sin rodeos, como quien ya atravesó ese lugar oscuro. Y sin embargo, sigue. Hoy vende libros en Plaza Italia, en Mendoza. Es su forma de generar algún ingreso, de sostenerse, de estar en contacto con otros. Aunque no siempre puede. Me hubiera encantado volver a la plaza, pero no tengo ni para el colectivo, dice, en una frase que vuelve a poner todo en perspectiva. También escribe. Dos libros, en paralelo. Uno se llama o se llamará La calle que no me calla. Es un trabajo que reúne historias reales de personas en situación de calle en Mendoza, entrevistas, relatos, poemas, textos propios y de otros. Es re bonito, hay poesías de gente que está en la calle y también aborda problemáticas: el consumo, la basura, la gente grande, los que salen de la cárcel, explica. El otro libro es completamente distinto. Se llama Ratas, palomas y cucarachas y es ficción. Un universo oscuro, casi kafkiano, donde esos animales representan a personas que vivieron en la calle y ahora habitan un inframundo. Son historias que empiezan cuando se esconde el sol, dice. Escribir, para Marcelo, no es solo una forma de expresarse. Es una manera de entender y de darle sentido a lo vivido. Pude estudiar, trabajé desde chico, pero el problema tiene que ser claro: las drogas. Es un flagelo terrible que afecta a cualquiera, insiste. En medio de todo eso, hay algo que le cambió el presente hace poco: un perro. Pipino. Me salvó la vida. Es una terapia verdadera. Dormimos abrazados muchas veces. Es compañía, dice sin dudar. Ese vínculo, simple pero profundo, le devolvió algo que parecía perdido: la sensación de no estar completamente solo. Marcelo también convive con diabetes, lo que agrega una dificultad más a un contexto ya complejo. A veces no estoy bien, admite, aunque no se detiene demasiado en eso. Prefiere hablar del intento. Soy un tipo que está rehaciendo su vida, repite y vuelve a presentarse como alguien que atravesó un proceso que, según él, puede tocarle a cualquiera. Si alguien quiere comunicarse conmigo por laburo, cuidar una casa o lo que sea, me serviría mucho, dice, casi al final, volviendo a pedir permiso. ¿Dónde pedir ayuda? Si tenés dudas o necesitás ayuda, no dudes en contactarte con: - El Dispositivo de Orientación y Apoyo en la Urgencia de Salud Mental del Hospital Bonaparte. Teléfono: 0800-999-0091. - El Ministerio de Salud de la Nación, en la Dirección de Salud Mental y Adicciones. Avenida 9 de julio 1925, Piso 10. Oficina 1001. CABA. Teléfono (011)-43799162 http://www.msal.gov.ar/saludmental. - La Asociación Argentina de Salud Mental. Guardia Vieja 3732 1° A. CABA. Teléfono (011) 2000-6824| 4978-7601. Celular (5411)15301309291| administración@aasm.org.ar - El Centro de Asistencia al Suicida (CAS) Buenos Aires. Línea gratuita 135 o (011) 5275-1135 o 0800-345-1435.

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