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» La Nacion
Fecha: 24/04/2026 12:19
Los costos del desprecio de Donald Trump empiezan a hacerse visibles Estuve recientemente en Shenzhen, el corazón de la maquinaria industrial china, conversando con uno de los empresarios más emblemáticos del país. Le pregunté por la guerra en Irán y su respuesta me sorprendió. Para nosotros, el ataque de Donald Trump contra Irán es menos relevante que su amenaza de atacar Groenlandia, me dijo. Cuando hizo eso, contra los aliados más antiguos de Estados Unidos, supe que Europa no seguiría el enfoque estadounidense hacia China. En Estados Unidos, los insultos periódicos de Trump hacia Europa suelen tratarse como berrinches habituales, parte del reality show en que se ha convertido la Casa Blanca. Pero en Europa, la acumulación de agravios ha llegado a un punto de inflexión. La guerra en Irán ha obligado a Europa a sacar carácter, escribió recientemente Daniel DePetris en la edición británica de The Spectator, una revista conservadora y, por lo general, firmemente proestadounidense. Los líderes europeos ya no están interesados en arrodillarse y suplicar para mantenerse del lado de Trump. Europa está pasando de las palabras a los hechos. El plan ReArm Europe/Readiness 2030 de la Unión Europea prevé invertir unos 800.000 millones de euros (alrededor de 935.000 millones de dólares) en defensa en los próximos años. El viejo modelo era que Estados Unidos se ocupaba de la seguridad europea y los europeos gastaban generosamente en armamento estadounidense. Ahora, Europa quiere que más de ese dinero permanezca en casa, para fortalecer sus propias empresas y cadenas de suministro y así ganar autonomía estratégica frente a Washington. La misma lógica se extiende más allá de la defensa. La Iniciativa Europea de Pagos está desarrollando una alternativa continental a Visa y Mastercard. Instituciones europeas buscan opciones frente a Swift, PayPal y otras plataformas financieras dominadas por Estados Unidos. Francia trasladó reservas de oro desde Nueva York a París; políticos en Alemania e Italia han debatido hacer lo mismo. Los gobiernos europeos también exploran alternativas al software estadounidense, ante el temor de que empresas de ese país puedan verse obligadas algún día a cortar servicios críticos. Todo esto puede parecer gestual, pero Europa es la segunda economía del mundo y posee la segunda moneda de reserva más utilizada. Sus decisiones importan. Quizás el cambio más revelador se da en la derecha europea. El antiamericanismo solía ser una doctrina de la izquierda intelectuales parisinos, movimientos estudiantiles, partidos pacifistas. La derecha era instintivamente atlántica. Y el populismo europeo veía en Trump a una especie de figura tutelar. Pero Groenlandia, Irán y el desprecio general de Trump hacia Europa lo han vuelto políticamente tóxico en todo el espectro. The Washington Post informó que figuras como Nigel Farage en el Reino Unido, Marine Le Pen en Francia, Giorgia Meloni en Italia y muchos dentro de AfD en Alemania han comenzado a distanciarse de Trump y de la política estadounidense. Incluso en Hungría, los discursos del vicepresidente JD Vance en apoyo al entonces primer ministro Viktor Orbán podrían haber perjudicado sus perspectivas electorales. El fenómeno va más allá de Europa. En Canadá, el primer ministro Mark Carney ha planteado explícitamente reducir la dependencia del mercado estadounidense. Ya firmó más de 20 acuerdos económicos y de seguridad, incluidos pactos con China, para diversificar sus exportaciones. Los canadienses, por su parte, compran menos productos estadounidenses y viajan menos a ese país. Europa y Canadá no están por abrazar a China. Tienen tensiones importantes con Pekín por Ucrania, subsidios, vehículos eléctricos, minerales críticos y acceso a mercados. Pero cooperarán cuando les convenga. Buscarán equilibrio. Tratarán con Washington cuando sea necesario, con Pekín cuando resulte útil y con otros actores siempre que puedan. Un ensayo reciente en Foreign Affairs del académico chino Da Wei sostiene que el nuevo dato geopolítico central es la profunda brecha entre Europa y Estados Unidos, lista para ser explotada. En Asia, los aliados de Washington han sido los más golpeados. Más del 80% del petróleo y gas que transitaba por el estrecho de Ormuz se dirigía a ese continente. Ahora, muchos países enfrentan su peor crisis energética en medio siglo, quizás en su historia. Como resultado, aliados como Japón y Corea del Sur han tenido que acudir a adversarios como Rusia e Irán para garantizar suministro energético. Y, como agravante, han recibido críticas de Trump por no haberse sumado con entusiasmo a la guerra en Irán, pese a no haber sido consultados previamente. Varios ya negocian con China en materia de seguridad energética y tecnología verde. Una de las preguntas recurrentes sobre la política exterior de Trump es cuán permanentes serán sus efectos. ¿Puede Estados Unidos recuperar la confianza de sus aliados? Lo que se observa es que muchos países ya están adoptando cambios estructurales de largo plazo. Comprendieron que habían depositado su seguridad y bienestar en Washington, y que esa dependencia podía volverse en su contra. Por eso buscan seguros para protegerse de una potencia que perciben como imprevisible. Y, en ese contexto, es difícil reprochárselos.
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