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» Clarin
Fecha: 22/04/2026 00:55
Es claro que la cachetada que la clase media viene sufriendo en materia de poder adquisitivo tiene un correlato en la calidad de la vida, pero quizás no sea tan obvio el impacto de esa merma en el desarrollo de los chicos y adolescentes de esos hogares. El nuevo informe -con datos frescos de 2025- del Observatorio de la Deuda Social de la UCA (ODSA) muestra esa realidad. Titulado Infancia en la Argentina: avances en la coyuntura, deudas estructurales (2010-2025), el reporte pondera un segundo fenómeno que contrasta con lo anterior: el efecto positivo de las transferencias de dinero desde el Estado a sectores pobres. Son días de gran incertidumbre macroeconómica, así que el monitoreo integral de las siete dimensiones que suele tomar el Barómetro de la Deuda Social de la Infancia del ODSA-UCA (y este trabajo no es la excepción) parecen un insumo crucial; en especial para que los tomadores de decisión se pongan en los zapatos de las familias argentinas. Y más precisamente, en los de los chicos y adolescentes. El trabajo busca inspeccionar el grado de cumplimiento de distintos derechos fundamentales, o como dice el informe, de las privaciones tempranas que marcan trayectorias de vida. Incluye series de hasta 16 años (2010-2025) y está acompañado por un segundo informe -menos estadístico que el primero-, titulado Dimensiones postergadas del bienestar infantil: salud, vestimenta, vínculos y escuela en la infancia urbana argentina. Ambos llevan la autoría de Ianina Tuñón, doctora en Ciencias Sociales y coordinadora del reconocido Barómetro, aunque el segundo está firmado también por Valentina González Sisto y Lucrecia Freije. Las dimensiones del informe principal son, 1) alimentación, 2) salud, 3) hábitat; 4) subsistencia, 5) crianza y socialización, 6) educación y, 7) acceso a la información. Cada una, compuesta por distintas categorías, una más interesante que la otra, ya que refleja en lo aparentemente pequeño, aquello que podría dejar grandes marcas en los menores de edad. ¿Lo llevaron al dentista en el último año? ¿Y al pediatra? ¿Le pudieron festejar su cumpleaños? ¿Le leyeron cuentos? ¿Comparte cama o colchón con otros convivientes? ¿Lo mandaron a jardín de infantes? ¿Lee y comprende textos? ¿Tiene computadora? ¿Y amigos? Bajado a tierra, a la realidad social, el trabajo valida lo que innumerables economistas vienen reportando hace meses. Por un lado, que aún con una inflación menor que en 2023 pero en franco ascenso y un alza en la tasa de desempleo, los sectores más vulnerables están contenidos. No tanto por las políticas que restringen la movilización en la calle sino por el rol decisivo que adoptaron (sin intermediación de los movimientos sociales) las transferencias desde el Estado. Entre otras, la Asignación Universal por Hijo (AUH) y la tarjeta Alimentar, ya que cubren el 40% de la canasta básica alimentaria de una familia tipo de cuatro integrantes (dos adultos más dos nenes en primaria), y el 20% de la canasta total, precisó Tuñón, en diálogo con Clarín, antes de remarcar lo significativo que, en este sentido, fue ampliar la tarjeta Alimentar a familias con hijos de hasta 17 años. Pero distinta es la situación de los estrujados sectores medios, en cuyos hombros parece haber recaído buena parte del costo del déficit cero. Para verlo, basta revisar algunos datos concretos de este informe. Los chicos de hogares que recortaron en alimentos Si hay una dimensión elocuente es Alimentación, en especial cuando se mira el aumento constante desde 2015 de la entrega estatal de alimentos gratuitos. En los últimos cinco años, el porcentaje de menores de 0 a 17 años que la recibió en algún formato subió diez puntos porcentuales. Quedó en 64,8% en 2025. Una de las variables contempladas es inseguridad alimentaria, tema en el que Tuñón analizó dos cuestiones: los chicos que redujeron su dieta por problemas económicos en el último año (inseguridad alimentaria total) y los que en algún momento de ese lapso pasaron hambre (inseguridad alimentaria severa). La primera variable fue experimentada por el 28,8% de los menores de 17 años, un dato alentador, se considera que un año antes fueron el 35,5%. La segunda, por el 13,2%; también menos que el 16,5% de 2024. Pero, partiendo de esos totales, vale la pena mirar cortes específicos del trabajo, más allá de que en todos los casos persisten las inequidades conocidas entre las clases menos y más pudientes (una brecha enorme que, puntualmente en inseguridad alimentaria total, tocó los 42 puntos porcentuales, entre los sectores socioeconómicos muy bajos y los medios altos en 2025). Sin embargo, veamos otro dato que muestra una cara distinta de esta realidad. Luego de una suba en la inseguridad alimentaria total infantil fuerte entre 2023 y 2024, tanto los sectores muy bajos como los bajos vivieron una baja (para mejor), con menos chicos padeciendo recortes en su dieta. De hecho, en 2024, el porcentaje de chicos de esos sectores con esa situación el 67,4% y el 46,2%, respectivamente. En 2025, los primeros cayeron a 48,7%; casi 20 puntos porcentuales menos (un cambio profundo en las condiciones de indigencia); y los segundos, si bien no tuvieron un cambio enorme, quedaron en 42,4%. No es poco, si se mira el caso de los sectores medios. Ser o no ser de clase media en la Argentina de 2025 Hay que mirar el detalle, pero aunque entre 2024 y 2025, los nenes y adolescentes de la clase media que cortaron algún alimento en su rutina cayeron bastante (del 23,1% al 16,1%), en la clase media alta hubo suba del 5,9% al 6,7%. Ese dato, por ahora chiquito, se refuerza en otro corte del informe, ahora por estrato económico ocupacional. Mientras para el trabajador marginal y el llamado obrero integrado se vio una caída en las cifras, el sector medio no profesional y el medio profesional empeoraron. De estos últimos, los primeros pasaron pasaron de 6,5% a 7,9%. Los segundos, 0% a 2,8%. Donde antes no había chicos con recortes en la forma de alimentación, ahora hay. ¿Dónde están esas personas? El informe dejar claro que en todo el país, pero donde se produjo la suba fue entre las familias porteñas. O sea que del casi 29% de chicos que tuvieron inseguridad alimentaria total en 2025, el 13,6% vive en CABA. En 2024 representaban el 10%. En cuanto a la inseguridad alimentaria severa, o sea, la situación (que en 2025 supuestamente mejoró) de haber pasado hambre en algún momento del año, también tuvo un empeoramiento en los sectores medios. Se vuelve visible al revisar los datos por estrato económico-ocupacional. Mientras en el último año bajó la proporción de personas con trabajo marginal o del sector obrero que en algún momento no tuvieron la solvencia económica para comer, en los estratos medio profesional y no profesional hubo una suba. En el medio profesional, aunque el porcentaje es muy bajo, hubo una duplicación del 1,1% al 2,4%. En el sector medio no profesional, casi una triplicación: del 0% al 2,8%. Si se mira el corte que opone pobre y no pobre, el contraste es claro: el primero cayó de 24,8% a 20,5%. El segundo aumentó de 3,7% a 4,8%, interanualmente. Se demuestra un fenómeno que quizás no sea nuevo pero que este informe visibiliza de un modo que parece irrefutable: que en la Argentina actual es posible no tener para comer y, en especial, no tener qué darles a los chicos de la casa y, sin embargo, no ser -por definición- pobre. La salud pediátrica, en el hospital El apartado de salud del reporte es muy interesante y, en cierta medida, enigmática. Uno de los datos fuertes es el alza, desde 2023, de chicos y adolescentes que ya no tienen obra social ni prepaga u otra cobertura de salud. Se presume que, o no acuden al sistema o van a hospitales públicos. En 2024 eran el 57,5% de los menores de 17. En 2025, nada menos que el 61,2%. Ahora bien, ¿a qué sectores pertenecen esas personas? Aunque en este caso hay un alza en todos los estratos, el cambio es mucho más marcado en los sectores medios, en especial en el estrato medio profesional. Del total de chicos que no tienen cobertura, el 1,2% eran de ese segmento, en 2024. Un año después pasaron a representar el 4,1% del total. Visto por sector socioeconómico, es inquietante observar el cambio, en dos años, para el sector medio alto. En 2023, los chicos de ese grupo sin cobertura eran el 8,4%. En 2024 pasaron al 13,1%. En 2025, al 19,7%. Hay que decir que el informe muestra una mejora general en el ítem no consultó al odontólogo y al médico en el último año. Es decir que bajó el número de adultos que reconocieron no haber llevado a sus hijos a esas consultas en el último año. Ahora bien, ¿es que los hospitales públicos funcionan mejor que el sector privado? ¿Es que las gestiones de gobierno provinciales, municipales o la nacional estimulan las visitas a esos especialistas? ¿Hay mayor conciencia social de la importancia de hacer chequeos anuales de salud? Si bien se mostró cautelosa, Tuñón se refirió a este punto y aportó claridad. Sí, vemos que en acceso a la salud se advierten cambios post pandemia que parecen positivos. En ese punto cabe pensar alguna hipótesis vinculada a lo sociodemografía. Dado que hay menos chicos por la baja de la natalidad, el sistema se ve menos estresado. Cada vez hay más familias que tienen, en promedio, un niño, y esto podría significar que pueden dedicar más atención a ese hijo. La conjetura es que podríamos empezar a tener algunos indicadores positivos asociados con esta merma en la cantidad de niños, apuntó. Los chicos con vidas precarias En materia de vivienda se ve el mismo fenómeno mencionado hasta acá. En este caso, la variable es hábitat y lo que se midió fue un alza interanual en los chicos que residen en hogares hacinados (tres o más personas en un ambiente), con déficit en el saneamiento (no tienen cloacas, agua corriente o inodoro con descarga) o con problemas de calidad, sea porque habitan una pieza, inquilinato, pensión, rancho, casilla, pieza de hotel o casa de chapa, cartón o de adobe con o sin revoque. La única variable que cayó (o sea que mejoró) en el último año fue calidad de la vivienda. Pasó del 20,9% al 18,1%. En cuanto a saneamiento, subió del 39% al 42%; y hacinamiento pasó del 18,3% a casi 21%. La cuestión ahora es mirar a quiénes afectaron más estos cambios. Si bien en saneamiento y hacinamiento el alza fue variopinta y se distribuyó en todos los estratos, es interesante observar el tema calidad. Aunque bajaron las personas con ese problema, crecieron las personas de sectores medios que lo tienen. De hecho, en 2024, el 8,9% de los chicos en hogares con temas de calidad pertenecían al sector medio, pero el año pasado subieron al 12,4%. Los del medio alto pasaron de 2,9% a 4,4%. Cambiando de capítulo, otra dimensión en la que vale demorarse es crianza y socialización. En un año cayó (para mejor) el número de nenes a los que no les leen cuentos o no les narran historias (de 32,5% a 30,5%), y también, en más de dos puntos porcentuales, aquellos a los que no les festejaron el cumpleaños (de 21,8% a 19,6%). Sin embargo, esos datos ocultan lo que pasó en ciertos segmentos. Mientras en hogares del estrato obrero y medio profesional, por ejemplo, son menos que antes los chicos que no son receptores de cuentos, en el estrato medio no profesional se generó una suba del 17,9% al 22,6%. Se condice con el comportamiento del nivel medio alto, que pasó del 14% al 19,5%, en sólo un año. Y, otra vez, mirado el asunto por la condición de pobre o no pobre, en los primeros bajaron los nenes a los que no les leyeron cuentos. En los segundos, subieron. Estos cambios se visibilizan, de nuevo, más en CABA que en cualquier otro lugar. Y, en cuanto al tema cumpleaños, la supuesta mejora no impactó ni en el sector muy bajo ni en el medio alto. En los primeros pasó de 32,2% a 35,3%. En los segundos, llamativamente, de 3,6% a 8%. Educación en Argentina y déficit en la socialización Si bien el ítem educación ameritaría un capítulo paralelo, vale mencionar un punto clave que destacó la autora en la presentación del trabajo, y es la oportunidad, por ahora no aprovechada, de generar mejoress políticas educativas y mayor acceso, considerando las menores demandas del sistema por la persistente baja en la natalidad. Es un punto que se visualiza bien en la línea (casi una constante en la última década) que mide la variable no asiste a nivel inicial. En esa situación está o estuvo casi un cuarto de los chicos de 0 a 17. También es casi una constante (que oscila entre casi el 8% y el 12%) la proporción de chicos con déficit educativo en la primaria. Ahora bien, ¿qué pasa después de la escuela? Para cerrar este resumen, dos variables a considerar son si el chico realiza o no actvidades culturales o deportivas extraescolares. Una arriba de la otra, parecen la traza de una calle en un mapa. Casi inamovibles a lo largo de los años, con cifras preocupantes. Más del 80% de los chicos del país no hace actividades culturales fuera de la escuela. Más del 50% (en 2025 fue el 55%) no hace deportes o alguna actividad física. En cuanto a la actividad cultural extracurricular, el nivel socioeconómico medio tuvo un empeoramiento, a diferencia de los otros tres: pasó de representar el 78% a casi el 85% interanualmente, en el total de chicos que no hacen esas actividades. En cuanto a la afirmación no realizó deporte fuera del colegio, cayó (para mejor) en todos los segmentos menos en el medio profesional, que entre 2024 y 2025 pasó de representar el 16,3% al 39% (del 55% mencionado arriba). Si se mira por nivel socioeconómico, el abultamiento se dio en un nivel que por ingresos es considerado muy bajo. PS Sobre la firma Newsletter Clarín
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