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  • Por qué los adolescentes quieren ser adultos a los gritos y se vuelven niños en un suspiro

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    Fecha: 21/04/2026 09:10

    Muchas familias describen la misma escena: un hijo que en un momento reclama autonomía con firmeza y, al rato, necesita contención como cuando era más chico. ¿Incoherencia? ¿Capricho? ¿Falta de límites? La ciencia hoy es clara: no. Este vaivén adolescente no es un problema a corregir, sino un proceso a comprender. La neurociencia y la psicología del desarrollo coinciden en algo clave: la adolescencia es una etapa de enorme potencial, pero también de gran vulnerabilidad. Comprender estos movimientos no solo calma a los adultos, permite acompañar mejor, intervenir a tiempo y fortalecer el desarrollo emocional y cognitivo de los chicos. Entre los 11 y los 14 años, los chicos pasan de exigir independencia a pedir ayuda para lo que ya saben hacer solos. Lejos de ser un problema, esa oscilación es una de las marcas más esperables y saludables del desarrollo. La licenciada y profesora Claudia V. Fontana (MN: 25.817), psicóloga y docente que comparte tiempo con un adolescente, ha visto más de una vez, que en una misma tarde pueden exigir que los traten como adultos: No me digas así delante de mis amigos y minutos después se refugian en el sillón pidiendo que los ayuden con una tarea que bien saben hacer solos o reclamando que los abriguemos cuando se van a dormir. Esta oscilación entre comportamientos maduros e infantiles es una de las características más típicas y esperables de la etapa evolutiva que atraviesan. Para entender mejor estos vaivenes que a veces descolocan a los adultos que acompañamos su crecimiento, vamos a recuperar los aportes de la psicología del desarrollo y también a mirar lo que pasa dentro del cerebro adolescente. Ambos planos, el psicológico y el de las neurociencias, nos acercan explicaciones que se complementan. Preadolescencia o adolescencia temprana Desde la psicología del desarrollo, este período es un momento en el que los chicos comienzan a desarrollar el pensamiento abstracto y se enfrentan a la tarea de construir su identidad mientras negocian su lugar en la familia, la escuela y el grupo de pares. En ese proceso, conviven dos fuerzas que parecen contradictorias. Por un lado, un fuerte anhelo de independencia; por el otro, el temor a asumir responsabilidades adultas. A eso se suma la búsqueda de identidad: necesitan explorar quiénes son, qué sienten y qué quieren llegar a ser. Y para lograrlo, ensayan diferentes versiones de sí mismos. Un día se visten con ropa que los hace ver más grandes; al otro eligen el juego que compartían años atrás. Una tarde discuten con autoridad sobre un tema de actualidad; a la noche preguntan con genuina ansiedad si todo va a estar bien. Pero esta oscilación no es solo psicológica, opina la Lic Fontana. También tiene una base neurobiológica clara. La adolescencia es la llamada segunda ventana de plasticidad del cerebro, luego de la que ocurre en los primeros años de vida. En este momento de desarrollo estructural y funcional, el cerebro crece, se reorganiza y se especializa. Se registra una asincronía en la maduración cerebral: las regiones subcorticales como la amígdala, el hipocampo y el tálamo, que se relacionan con el procesamiento emocional, la motivación y la búsqueda de recompensas, se desarrollan antes que las regiones prefrontales, encargadas de funciones ejecutivas como planificar, el control inhibitorio y la toma de decisiones. Dicho de otro modo: los adolescentes tienen el acelerador emocional a pleno, pero el freno consciente todavía está en obra. Por eso reaccionan con intensidad y, al rato, pueden no explicar por qué actuaron así. Esa misma inmadurez prefrontal explica, en parte, por qué un mismo día pueden tener una discusión brillante y minutos después derrumbarse por un comentario menor. Entonces, ¿estas oscilaciones son un problema? No. Estas oscilaciones, incluso en cuestión de horas, no son un problema ni algo que deba preocuparnos en términos patológicos. Son, sencillamente, una parte esperable del desarrollo psicosocial. Comprender esta dinámica como parte del camino de crecimiento ayuda a padres y educadores a acompañar sin sobresaltos, sosteniendo el vínculo mientras ellos transitan ese puente que va de la niñez a la juventud. El entorno importa Ahora bien, la Lic. Prof. Gisela V. Mascialino (MN:44.028), psicóloga y docente, explica que aunque ese hecho sea esperable, no significa que el entorno no importe. Los adolescentes son capaces de adaptarse, fortalecerse y desarrollarse, pero lo harán en la medida en que estén en un entorno que los cuide y los estimule. En caso contrario, con un ambiente empobrecido de estímulos o estresante, sin los cuidados apropiados y referentes afectivos significativos, el desarrollo se verá dificultado y quedarán huellas duraderas a lo largo del tiempo. Sabemos que ciertos estímulos y factores pueden interferir en el desarrollo saludable generando consecuencias dañinas en las distintas dimensiones de su personalidad (física, cognitiva, emocional, ética y social). El consumo de cafeína, alcohol, tabaco, cannabis, cocaína, drogas de diseño, exceso de tiempo en pantallas, apuestas en línea, pornografía, entre otras provocan distintos efectos negativos en la salud integral. Por tal motivo, es fundamental el rol activo de los padres y adultos significativos para generar espacios de seguridad y de confianza necesarios para acompañar el desarrollo integral de los adolescentes. Lee también: Estrategias para cuidar el bienestar emocional de los jóvenes en la era digital Algo similar ocurre con el grupo de pares. En este momento de la vida, el grupo de pares adquiere una importancia central, tanto en lo que refiere a la identificación y construcción de la personalidad como en las decisiones cotidianas o de largo plazo: estudios superiores, trabajo, entre otras cuestiones. La presión del grupo puede influenciar fuertemente las decisiones que los adolescentes toman. Por tal motivo, es fundamental trabajar con ellos en relación al pensamiento crítico y la toma de decisiones consciente, evaluando las consecuencias de sus actos tanto para sí mismos como para los demás. Otro punto importante es el entorno virtual, en el cual también establecen vínculos con otras personas. Allí, como en el cara a cara, según la Lic Mascialino necesitan guía y acompañamiento de adultos para aprender a discernir, poner límites y construir relaciones saludables. Para acompañar de forma adecuada a los adolescentes, es clave contar con el conocimiento de estos procesos, psicológicos y neurobiológicos, para comprender la potencialidad y la fragilidad que plantea este momento de la vida. Porque entender que los vaivenes no son caprichos, sino parte de un plan biológico y psicológico, cambia la manera de mirar. Y cambiar la mirada es el primer paso para seguir sosteniendo el vínculo mientras ellos, a su manera, cruzan ese puente hacia la juventud. Cómo acompañar desde casa 1. Entender antes de corregir. Cuando un adolescente cambia de actitud rápidamente, no está manipulando: está transitando un cerebro en desarrollo. Nombrar lo que pasa (veo que estás enojado y después te sentís mal) ayuda a integrar emoción y pensamiento. 2. Podemos prestar nuestra corteza prefrontal. Como las funciones ejecutivas aún están madurando, los adultos funcionan como reguladores externos: - Ayudar a organizar - Advertir consecuencias anticipadamente - Poner límites claros pero explicados 3. Construir espacios de conversación real. Más que interrogatorios: elegir momentos informales (auto, cena, caminata) y escuchar sin juzgar inmediatamente porque si el adolescente se siente escuchado, vuelve. 4. Acompañar en el mundo digital. El entorno virtual hoy es parte de la cotidianeidad, pero se debe trabajar sobre los contextos que son propuestos para cada desarrollo; acordar reglas claras de uso (en la escuela no, antes de dormir no), hablar de riesgos (apuestas, exposición, pornografía), enseñar y realizar prácticas para desarrollar el pensamiento crítico. No alcanza con controlar: hay que educar en el uso. 5. Sostener límites con vínculo sólido. Los adolescentes necesitan: - Límites firmes - Vínculo seguro Cuando solo hay límite, se rebelan. Cuando solo hay vínculo, se desorganizan. El equilibrio es lo que construye seguridad interna. 6. Fomentar experiencias reales (antídoto a la hiperestimulación). Se sugiere propiciar espacios de: - Deportación - Arte - Actividades sociales presenciales Estas experiencias reales, fortalecen funciones ejecutivas y regulación emocional. La puras experiencias digitales promueven que el sistema de recompensa dopaminérgico esté constantemente activado por redes sociales. Esta conducta aumenta la impulsividad y la búsqueda de gratificación inmediata, entonces se debilita la tolerancia a la frustración. Esto potencia el vaivén típico de la adolescencia. Por eso, hoy acompañar implica también: - Recuperar tiempos de aburrimiento - Entrenar la atención sostenida Los adolescentes no son adultos. Acompañar a un adolescente implica tolerar la ambivalencia: verlos crecer y, al mismo tiempo, necesitar refugio. Es aceptar que no hay una línea recta entre la niñez y la adultez, sino un camino con idas y vueltas. Pero hay algo profundamente esperanzador: este vaivén no es fragilidad, es desarrollo. Cada discusión, cada duda, cada retroceso aparente es, en realidad, parte de un proceso de reorganización interna donde se están formando las bases de la identidad, la autonomía y la regulación emocional. Y en ese proceso, el rol del adulto no es controlar... sino ser referencia, sostén y brújula. (*) Mariela B. Caputo es doctora de la Facultad de Medicina UBA, licenciada en psicopedagogía (M.P. N°199.685), Master en neuropsicología, especialista y directora de Nivel Inicial, autora colección PEALI (Plan estratégico de adquisición de lectura Inicial. Ed. Neuro aprendizaje infantil)

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