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» Clarin
Fecha: 21/04/2026 06:26
Siempre me gustó ir de compras a las ferias americanas, a las casas solidarias, a los garage sale y todos esos lugares. Ahora se le llama moda circular, porque te ponés ropa que en realidad ya fue usada o que fue desechada por una empresa debido a alguna imperfección en su factura. Utilizando ropa usada ayudás, supongo, a que no se siga fabricando ropa que nadie usa. De todas formas, pocas veces compro ropa en estos lugares. Ya saben cuál es mi vicio: comprar libros. Desde adolescente compro libros en este tipo de lugares, y a fuerza de ir al Ejército de Salvación en Rosario, una vez casi me convierto a la religión que ellos practican. Es que son muy convincentes y yo estaba con las dos manos ocupadas sosteniendo pilas de libros que compraba. Es un vicio tremendo: cebarse en la pichincha. Insisto, a mí me sucede con los libros, pero a otros les debe pasar con la ropa o con los artículos de bazar. Siempre hay algo raro, algo viejo, algo demasiado barato para ser bueno. Algo que te trae nostalgia, algo que ya tenés pero en esta versión hay una novedad. En mi caso, hasta una dedicatoria puede inclinar la balanza para que compre. Ejemplo: el libro de 1963, La caravana de Wilhelm Hauff, un escritor de literatura infantil de la misma época que los Grimm, visto en la feria de los miércoles en la Parroquia de Santa Felicitas, donde una tal Patricia B. lo dedica a su amiguita Patricia L., hacía imposible que yo, Patricia S., no acabara comprándolo. Todos tenemos nuestras inclinaciones y nuestras taras en la góndola que sea. Mi hermana, que también es adicta a este tipo de paseos, va con una idea previa y se atiene a ella. Aunque no siempre, me confesó con motivo de esa columna y después de los recorridos que hicimos en sus poquitos días de visita a Buenos Aires, de la Feria del Parque Lezama Emaús a la Parroquia de la Misericordia en Recoleta. Creo que ella es más influenciable de lo que imagina. Como todos los compradores adeptos, espera ser sorprendida por el azar con aquella prenda insospechada. Ella, por supuesto, también acude a esas ferias a puertas cerradas en salones de eventos o galpones contratados para tal fin, y donde suele ofrecerse ropa de fardo. Es decir, un fardo de ropa que viene de Estados Unidos o Europa incluye aproximadamente 150 o 200 prendas y suelen comprarla por unos doscientos mil pesos en Barracas u otros depósitos, por ejemplo, en San Isidro. Hay personas que pueden pasarse horas y horas rebuscando en las ferias. Y aunque parezca una pérdida de tiempo, puede tratarse de justo lo contrario. Umberto Eco contó que fue comprando libros usados y vinilos en Buenos Aires como le vino la idea de El nombre de la rosa. (Puede que esta info sea apócrifa, pero así se transmite el mito). En conclusión, las ferias de ropa y objetos usados no son para todo el mundo. Sin embargo, nadie que se dé una vuelta por alguna podría resistirse a comprar aunque sea una sola cosa. Hagan la prueba y me cuentan. Sobre la firma Newsletter Clarín
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