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Buenos Aires » Infobae
Fecha: 20/04/2026 12:35
La noticia de la muerte de Luis Brandoni hizo que, como un eco suave pero persistente, volvieran a circular sus palabras, sus gestos, sus modos de mirar el país y el tiempo que le tocó vivir. Las últimas entrevistas que dio se leen ahora como pequeños manifiestos cotidianos, donde Brandoni, sin impostura y con una sinceridad a veces desarmante, dejó claro cómo elegía vivir en un mundo que cambiaba a una velocidad que ya no le pertenecía. En 2022, el actor conversó con María Laura Santillán para Infobae y durante esa charla se condensa su pensamiento, su visión de la actualidad del mundo y del país, y como la misma entrevistadora rememora ahora, al conocerse la trágica noticia: Fue protagonista durante toda su existencia de la historia de nuestro país, como actor, dueño de un enorme talento y como dirigente, con su compromiso. Gracioso y chinchudo a la vez, disfrutó hasta el final de sus días lo que más amaba: subirse a un escenario. No, yo ya viví lo mío y estoy conforme, decía cada vez que le preguntaban por la tecnología. No era una frase de ocasión ni un escudo para eludir lo nuevo, sino una declaración de paz con su propia historia. Y me he organizado. Por ejemplo, hasta me he llegado a ufanar de saber muchos números telefónicos, cosa que a los jóvenes no les pasa. No saben ningún número telefónico. O muy pocos, el del papá o el de la mamá. Está todo en el teléfono. Les afanan el teléfono y están desnudos, en bolas. ¿Cómo es? Entonces no, yo anoto, escribo. En ese acto de escribir, de anotar en una agenda, había una forma de resistencia y también una ternura: Desde el año 65 hasta ahora, contaba, y se le iluminaban los ojos. Tengo las agendas de mi vida. Cada año, una libreta distinta, la letra cambiando con el tiempo, las hojas sumando compromisos, recuerdos, días importantes y días comunes. Pero no me siento inferior eh. Me siento un hombre de mi edad. Estoy contento, tengo mi libreta telefónica. Tengo mis maneras. No había en Brandoni desprecio por la juventud, ni por sus costumbres, solo una descripción precisa de la distancia: La gente de mi edad ha visto un cine en la Ciudad de Buenos Aires que no se ha visto en muchos países del mundo, era una gloria. Nosotros disfrutamos ese cine que los jóvenes hoy no van a poder disfrutar. Porque nadie los induce. Nadie los induce a ver el cine italiano que hemos visto nosotros. A ver el cine francés, el cine polaco, el cine inglés. Todos los cines del mundo se dieron en Buenos Aires. Y hoy la cinematografía está dividida en lo que se produce en la Argentina y en lo que se produce en Estados Unidos. Porque la producción, la exhibición y la distribución están en manos de empresas norteamericanas. Cuando alguien le refutaba que desde las plataformas podía verse cine escandinavo, francés o español, Brandoni respondía con una mezcla de humor y honestidad: Pero vos tenés tiempo y sabés manejar todo esto. A mí no me sale. Y si le preguntaban si era porque no quería aprender, la respuesta era aún más cruda: No tengo rapport, no tengo feeling con la tecnología. Me cuesta. La vida diaria también estaba llena de esas pequeñas batallas perdidas y aceptadas. Dentro de unos pocos días, no sé qué voy a hacer con esa limitación que tengo fuera del país. Seguramente voy a ir acompañado de Saula (N de la R, su pareja), ella sí se maneja con una gran ductilidad y una gran facilidad. Ya no sé si voy a poder hablar en castellano siquiera, a ver si me entienden. Pero Brandoni, lejos de resignarse, buscaba soluciones simples: ¿Sabés cómo lo resuelvo en Estados Unidos? ¡¿Alguien habla español?! Siempre aparece uno. Ahí lo resuelvo. Es perfecto eso. La memoria de Brandoni no era solo un archivo de teléfonos y agendas; también era un mapa de afectos. Al hablar de Robert De Niro, el relato se volvía íntimo: Mi vínculo es un vínculo afectuoso. Yo lo conocí a él por Lito Cruz, apareció después de filmar una película que se llamó La misión. Ahí nos conocimos, estuvimos una noche juntos. Después otra vez otro almuerzo. Y después hubo otro encuentro. En el año 86 nos tocó ir a filmar a Nueva York... el propósito era invitarme a pasar la Nochebuena a su casa porque él suponía que yo iba a estar solo o con el equipo técnico. Así que fuimos con Marta, estaba yo casado con Marta (Bianchi). No era un hombre de tecnología, pero sí de recursos. Tengo una deficiencia muy grande, que es la de no saber otro idioma, admitía, y lo contaba sin vergüenza. Le digo cosas en italiano y las entiende. Su papá era italiano. Me las rebusco porque escuché mucho ese idioma. No me moriría de hambre en Italia. Las anécdotas se desgranaban con la naturalidad de quien no necesita exagerar. Hace seis años estuvo en mi casa acá en la calle Suipacha y trajo la cámara para sacarse una foto con nosotros. Y en el lenguaje, ese territorio que a veces parecía un obstáculo, Brandoni encontraba puentes insospechados: ¿Vos le decís Bobby? Sí. ¿Y él te dice Beto? Sí. No sabían bien en qué idioma hablaban, pero se entendían. Él tiene pretensiones de hablar en porteño. Las palabras las sabe todas. En la descripción de De Niro, Brandoni encontraba una definición de autenticidad y de oficio: La gente no lo conoce en la calle. Porque no va por la vida como un actor, va por la vida como lo que es. Nadie lo conoce, es extraordinario. Eso habla de lo buen actor que es, porque no se parece a ningún personaje de los que hizo en el cine. Luis Brandoni eligió habitar su tiempo con serenidad y sin renegar de lo que ya no era propio. Sus agendas, sus números de memoria, su manera de mirar a los otros, construyeron una forma de resistencia íntima. No era nostalgia: era gratitud por lo vivido y una ternura sin alarde por todo lo que, aunque pareciera pequeño, le daba sentido.
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