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  • Un año sin el papa Francisco: la Iglesia reivindicará en Luján y Flores un legado pastoral, social y también político

    Buenos Aires » Infobae

    Fecha: 20/04/2026 02:11

    La Iglesia iniciará esta semana una secuencia de homenajes al Papa Francisco al cumplirse el primer aniversario de su muerte, con una agenda que combinará liturgia, memoria pastoral, señales políticas y un trasfondo social atravesado por una creciente manifestación de fervor religioso. El primer hito será en la Basílica de Luján, donde se realizará el acto central con presencia de autoridades nacionales, mientras que la segunda estación será en la Basílica de San José de Flores, un templo profundamente ligado a la biografía espiritual y pastoral de Jorge Mario Bergoglio. La secuencia no es meramente conmemorativa. La Iglesia busca, en esta semana, ordenar una narrativa sobre el legado de Francisco que exceda el recuerdo y lo proyecte como una referencia activa en la Argentina contemporánea. En ese intento confluyen dimensiones diversas: la pastoral anclada en su prédica sobre la misericordia y la cercanía, la política inevitable por el peso simbólico del pontífice y la social, donde emerge con fuerza una religiosidad popular que vuelve a ocupar el espacio público. El acto en Luján concentrará la mayor densidad institucional. Fuentes oficiales informaron a Infobae que habrá presencia del Gobierno nacional en la ceremonia central en un gesto que introduce una lectura política inevitable. Funcionarios del gabinete confirmaron su asistencia, mientras que la vicepresidenta Victoria Villarruel participará en su carácter de titular del Poder Ejecutivo durante el viaje de Javier Milei. La escena, por lo tanto, no se limitará a una conmemoración religiosa: será también una instancia de representación estatal en uno de los santuarios más significativos del país. La Basílica de Luján no es un escenario neutro. Históricamente, ha funcionado como un punto de convergencia entre fe, identidad nacional y poder político. Las peregrinaciones, las celebraciones patrias y las presencias oficiales han consolidado ese carácter. En ese marco, el homenaje a Francisco adquiere una dimensión adicional: se convierte en un espacio donde se pone en juego la interpretación de su legado en el presente. Para la Iglesia, ese legado remite a una pastoral centrada en la inclusión, la opción por los pobres y el compromiso con las periferias. Para la dirigencia política, en cambio, la figura de Francisco puede operar como referencia moral, como punto de contraste o como territorio de disputa simbólica. Esa tensión latente pero persistente atravesará la ceremonia. La participación de la vicepresidenta refuerza ese carácter. No se trata solo de un gesto protocolar, sino de una intervención en un ámbito cargado de significación histórica. La imagen de Villarruel en Luján en el marco de un homenaje a Francisco, proyecta múltiples lecturas: institucionales, políticas y también culturales, en un país donde la religiosidad popular sigue siendo un factor de cohesión social. Ese trasfondo social se volvió visible en los días previos. El fin de semana estuvo marcado por manifestaciones multitudinarias de fe que funcionaron como antesala de la semana conmemorativa. En la Plaza de Mayo, miles de personas participaron de un evento en homenaje al Papa, con una puesta que combinó elementos litúrgicos y expresiones culturales contemporáneas, incluyendo la actuación del DJ portugués Guilherme Peixoto. La escena, inusual por su formato, condensó una tendencia más amplia: la reconfiguración de la religiosidad popular en clave contemporánea. No se trató de una ceremonia tradicional, sino de una experiencia colectiva que integró música, espiritualidad y espacio público. La masividad del encuentro evidenció que la figura de Francisco sigue movilizando a sectores diversos de la sociedad, más allá de las estructuras formales de la Iglesia. Ese mismo pulso se replicó este domingo con las celebraciones por el Día de San Expedito, una de las devociones más extendidas en la Argentina. Iglesias y capillas registraron una concurrencia masiva de fieles, en lo que constituye uno de los fenómenos más visibles de la religiosidad popular urbana. La coincidencia temporal con los homenajes a Francisco refuerza la percepción de un clima de movilización espiritual. En términos sociológicos, la convergencia de estos eventos sugiere un proceso de revitalización de la fe en el espacio público. No necesariamente bajo formas institucionales clásicas, sino a través de expresiones híbridas que combinan tradición, cultura y participación masiva. En ese contexto, la figura de Francisco opera como catalizador: un símbolo capaz de articular distintas formas de religiosidad. La iglesia de Bergoglio La segunda estación de la semana será el martes, a las 20, en la Basílica de San José de Flores. Allí, el Arzobispado de Buenos Aires convocó a una misa por el primer aniversario del fallecimiento del Papa, que será presidida por el arzobispo Jorge Ignacio García Cuerva y transmitida en vivo. A diferencia de Luján, donde predominará la dimensión institucional, en Flores la Iglesia buscará enfatizar el vínculo personal y pastoral de Bergoglio con su ciudad. El templo de Flores ocupa un lugar singular en esa historia. Inaugurado en 1831, es reconocido por el cariño que Francisco le tenía y por su significado en la construcción de su identidad sacerdotal. La elección de ese escenario no es casual: apunta a recuperar la dimensión más íntima de su figura, la del pastor que recorrió parroquias, villas y barrios antes de convertirse en pontífice. En esa clave, la misa en Flores funcionará como un contrapunto necesario frente a la carga política de Luján. Allí, el eje estará puesto en la memoria espiritual, en la oración comunitaria y en la evocación de un legado pastoral que la Iglesia busca mantener vigente. Es, en términos narrativos, el retorno a la fuente: el Bergoglio anterior al Papa, el arzobispo de Buenos Aires que construyó su identidad en el territorio. La semana de homenajes se inscribe, además, en la agenda interna de la Iglesia. La ceremonia en Luján coincidirá con el encuentro plenario de la Comisión Episcopal Argentina, donde los obispos analizarán la situación del país y definirán líneas pastorales para los próximos meses. La figura de Francisco, en ese contexto, funciona como eje de referencia doctrinal y también como punto de articulación para el debate interno. No es un dato menor. A un año de su muerte, el legado sigue siendo objeto de interpretaciones dentro de la propia Iglesia. Su pontificado dejó una impronta fuerte, pero también abrió discusiones sobre el rol de la institución frente a los desafíos contemporáneos. La conmemoración, entonces, no es solo un acto de memoria: es también un momento de redefinición. Para el Gobierno, la participación en los homenajes representa un equilibrio delicado. La relación con la Iglesia ha tenido momentos de tensión, especialmente en torno a cuestiones sociales y económicas. Sin embargo, la figura de Francisco introduce una variable particular: su condición de argentino y su proyección global obligan a una calibración cuidadosa de los gestos. La presencia de funcionarios en Luján puede interpretarse como un reconocimiento de ese peso simbólico. No implica necesariamente una convergencia con la agenda eclesial, pero sí el entendimiento de que la Iglesia sigue siendo un actor relevante en la configuración del clima social y político. En la relación entre la Casa Rosada y la Curia argentina emergió en las últimas semanas un interlocutor con mayor vocación de diálogo: el canciller Pablo Quirno. En paralelo, la participación de dirigentes sociales, referentes políticos y actores institucionales en los distintos homenajes refuerza el carácter transversal de la figura de Francisco. Su legado no pertenece a un solo espacio: atraviesa sectores diversos y, en ese cruce, adquiere una potencia particular. Esa transversalidad es, en buena medida, el núcleo de su vigencia. Francisco logró, durante su pontificado, construir un lenguaje capaz de interpelar a distintos públicos, muchas veces en tensión entre sí. La semana de homenajes parece replicar esa lógica: una multiplicidad de actores convergiendo en torno a una figura común. El desafío para la Iglesia será sostener el eje pastoral en medio de esa complejidad. Evitar que la conmemoración derive en una disputa puramente política y preservar el sentido espiritual del homenaje. Al mismo tiempo, no puede desentenderse de la dimensión pública de la figura de Francisco, que inevitablemente la sitúa en el centro del debate. En definitiva, la semana que comienza funcionará como un punto de condensación de distintas dinámicas que atraviesan a la sociedad argentina: la persistencia de la fe, la centralidad de ciertos símbolos compartidos y la constante intersección entre religión y política. En ese entramado, la figura del Papa Francisco vuelve a ocupar un lugar central. A un año de su muerte, su legado no se presenta como una memoria cerrada, sino como un campo en disputa, en construcción y en permanente actualización. La Iglesia, el Estado y la sociedad civil se encontrarán, una vez más, en torno a su figura. Y en ese encuentro se pondrá en juego algo más que un homenaje: la manera en que la Argentina decide leer, interpretar y proyectar a uno de los liderazgos más influyentes de su historia reciente.

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