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  • Es cirujano y los fines de semana trabaja vendiendo pochoclos en el parque de Rosario: Es parte de mi identidad

    » TN

    Fecha: 19/04/2026 05:48

    En la costanera de Rosario, el aroma a azúcar quemada y el sonido rítmico del maíz estallando contra el vidrio no son solo parte del paisaje dominical. Para Julio Adad, son los latidos de su propia historia. Julio es médico cirujano, traumatólogo y docente universitario, pero cuando llega el fin de semana, sus manos cambian el instrumental quirúrgico por la cuchara de madera y la olla de cobre. Cuarta generación de una familia de pochocleros, no ve en su carrito un oficio paralelo, sino el ancla que lo mantiene unido a sus raíces, a su padre y a la esencia de quién es. Su historia, asegura, es la de una vida donde la pasión no entiende de jerarquías. Leé también: Perdió a su mellizo en un accidente y construyó un cine con sus manos en su honor: Se lo prometí a mi mamá Una infancia marcada por el sacrificio y el parque Sus papás fueron su principal inspiración y su infancia lo marcó. Un árbol genealógico de trabajadores que siempre, pese a todo, apostaron a seguir por más. Yo los vi a mis viejos laburar desde que tengo uso de razón. Mi viejo hizo muchas cosas, trabajaba con el carrito en el Parque Independencia, pero a la mañana hacía fletes de caños estructurales. Tenía una F100 vieja y cargaba unos caños largos. Siempre vi su sacrificio. Uno mamó eso. Con mis hermanas acompañábamos porque no teníamos dónde quedarnos y nuestra infancia fue en el parque, sábados y domingos. No conocimos otra cosa y fuimos muy felices, no reniego de eso. Hoy el parque me recuerda el sonido del maní con chocolate que vendía con mi papá a los seis años, explicó el protagonista en diálogo con TN. Su padre, trasplantado de un riñón siendo muy joven, vivió 28 años con ese pedacito de su mamá, la donante. Sin embargo, a los 46 su cuerpo rechazó el órgano y aunque volvió a estar en lista de espera, esa ilusión nunca llegó y partió. Julio tenía solo 19 años, tres hermanas y un ejemplo de que siempre hay una luz al final del túnel. Él se fue muy joven, en plena crisis del 2001. Ahí surgió la pregunta de ¿qué hacemos ahora?, recordó. Sin embargo, la respuesta estaba mucho más cerca, en ese lugar que conocía perfectamente y que era parte de él. Por eso, ese puestito terminó siendo no solo su salvación económica, sino su camino. Mi familia es bastante humilde, mi abuelo arrancó con el carrito junto a sus hijos e hijas. Hoy continúan en el Parque Independencia mi mamá, mis hermanas, mis tíos y primos. Somos la cuarta generación con pochoclos. No fue un mandato, fue una cuestión sentimental y de identidad, aseguró. Entre la medicina y los pochoclos A los pocos años, Julio decidió que quería arrancar una carrera. Elegí medicina porque conocí un médico en el 2003 que admiré mucho: el doctor José Nalino, quien hoy es presidente del Cono Sur de la Sociedad de Neurocirugía. En ese momento el fútbol se me estaba haciendo cuesta arriba, quería jugar en algún club, como todos los chicos, pero se fue alejando la idea. A este médico lo conocí, lo admiré y dije quiero ser como él, ahí fue donde me inscribí, recordó el doctor. Así, en septiembre de 2003 agarró tres pesos para poder anotarse en el examen de ingreso y entró al edificio de la universidad. Fueron los mejores tres pesos invertidos de mi vida, afirmó. Ese sábado 20 de diciembre rendimos 3600 inscriptos y entramos 700. Éramos tantos que rendimos en la facultad de Odontología. Ahí arrancó un poco toda la historia, sumó. El recorrido no fue fácil. En un momento se me hizo muy cuesta arriba: a la mañana cursaba en la universidad, a la tarde iba al carrito y me llevaba los apuntes al parque. Llegaba a mi casa y me ponía a estudiar hasta la noche. Mi mamá me veía hacer el esfuerzo y me decía cuidá la salud, pero seguí y ese primer cuatrimestre aprobé las primeras materias con 10. No era importante la calificación, sino el hecho de que realmente había algo que me estaba diciendo que era por ahí, aseguró. Arranqué yendo a la facu en bicicleta. Iba desde el barrio Alvear, un barrio muy humilde, y hoy gracias a Dios tengo mi carrera y estoy haciendo mi camino, señaló agradecido. Desde lo profundo del corazón Desde que arrancó la carrera hasta hoy, Julio comenzó diversos trabajos, se repartió los días y la vida entre distintas actividades y la familia, pero lo que siempre mantuvo cerca fueron los pochoclos. Es por eso que la única vez que se alejó de ellos, el cuerpo se lo hizo saber. Cuando hice mi residencia en el hospital público no me daban los horarios y dejé. Ahí sentí mucha angustia. A mí me rendía más hacer una guardia, me iba a Zárate porque pagaban mejor, ahí estaba 48 horas y volvía, pero sabía que tenía el ingreso asegurado. En un momento me sentí recontra angustiado, pensé ¿qué me pasa, por qué estoy así?, busqué ayuda y mi psicoanalista me hizo ver que necesitaba volver a estar cerca de la gente un domingo por la tarde", reconoció. El médico y pochoclero también es docente de la Universidad Nacional de Rosario hace muchos años y asegura que en medio del contexto de crisis en la educación pública, pese a todo, sigue adelante con sus clases cuando ve a sus alumnos y a los futuros profesionales que está formando. Veo a los chicos de primer año muy confundidos y preocupados. Yo les digo que es un proceso que van a tener que pasar, que es normal sentirse de esa forma, no tiene que ser un sufrimiento y si es así, alguien los va a ayudar. Hay que sostener a los estudiantes, aunque sin regalarles nada, pero tratando de que puedan ver que se puede y que no los tapen las excusas, aseguró. Así también pasan sus días. Entre el consultorio, la facultad, el quirófano y el parque. Entre las manzanas acarameladas, los bisturís y los exámenes. Trabajo como médico, sí, pero siempre lo sostuve al carrito porque es mi identidad. Me pasa que me ven pacientes y se sorprenden. Ha venido gente de diferentes lugares a verme. Tengo un cartelito con una nota del diario, un recorte plastificado que colgué, y cuando la gente lo ve me pregunta si es verdad. Yo les respondo: sí, ayer estuve operando, dijo entre risas. Y este amor, que trasciende generaciones, él también lo extiende a sus ramas: sus hijos. Hoy con los nenes; Eusebio, de 4 años, y Faustina, de 10. Mi mujer, que también es médica, me recontra banca. A veces es difícil ir con ellos porque salgo de casa 13:30 vuelvo a las 20 y para un nene es un montón, pero los chicos quieren estar en el carrito. Mi hija me ayuda, me arma las garrapiñadas. Está medio jugando y medio ayudándome también y está bueno que palpen eso, insistió. Para Julio no hay diferencia entre preparar pochoclos para los nenes que corren un domingo de sol en el campo y usar las agujas del hospital. Es una forma de vida, que se basa en la docencia universitaria, mi trabajo como traumatólogo y mi carrito de pochoclos. Trato de organizarme, opero, trabajo como médico en un club y después sigo alternando mi consultorio, pero tratando de hacer lo que me hace bien y me gusta, resaltó. A los 21 pensaba que ser alguien era tener un título universitario. Hoy les saco a los estudiantes eso: sí, es importante tener un capital intelectual, pero ser alguien es mi mamá, que toda su vida trabajó, y mi papá que hizo la primaria y nada más. Yo no soy alguien por ser médico ni soy menos por vender pochoclos, aseguró el profesional. Por eso, para él la base está en la pasión que une sus amores. Los días que voy al parque me pongo a preparar las garrapiñadas a mano en una olla de cobre, armo las manzanas acarameladas que tienen que brillar. Me lleva tres horas preparar todo, pero me tiene que gustar a mí. Lo mismo pasa si voy a operar: siempre apuesto a que tiene que quedar perfecto el paciente. Pongo la misma pasión para las dos cosas. Es toda una secuencia que vengo haciendo desde hace muchos años porque es lo que me hace bien y trato de pregonar. A mis hijos trato de transmitirles esto, pero sin armar una expectativa. Les muestro el camino en cuanto a que pueden hacer eso y otra cosa, u otra cosa directamente, pero estoy conforme con mostrarles el camino y que ellos puedan decidir, concluyó.

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