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  • El runner que corre para que no lo alcance la artrosis: tiene 81 años, un solo riñón y es récord mundial

    » TN

    Fecha: 18/04/2026 05:42

    Héctor Grunewald dice que, a veces, corre dormido. No es una metáfora. En el silencio de la madrugada, mientras el viento golpea y la lluvia empapa la pista de Montevideo, sus piernas de 81 años se mueven por inercia. Héctor cuenta que se despertaba y estaba caminando, y asegura que son cosas increíbles que solo los que corren esas distancias pueden contar. Pero Héctor no está caminando al almacén; está completando 200 kilómetros en 48 horas de esfuerzo puro. Nacido en Coronel Suárez, hoy es una leyenda viviente en Olavarría. Albañil de oficio, plomero y gasista por estudio, lleva la cultura del esfuerzo marcada en el cuerpo desde los siete años, cuando ya trabajaba en una quinta. Leé también: El último artesano de Flores: es el rey de los botones y superó una dura enfermedad gracias a su trabajo Sin embargo, su historia con el running no empezó en la juventud. Aunque de chico admiraba a Osvaldo Suárez, el destino lo llevó por los campos y las obras en construcción hasta que la vida lo puso a prueba de la manera más noble. La vida de Héctor cambió para siempre hace exactamente 39 años, un 17 de abril. No fue por una marca personal, sino por un gesto de padre. Llevó a sus hijos a una competencia y, casi por impulso, se prendió él también. Pero el verdadero hito de su historia no está en las zapatillas, sino en una sala de operaciones. Hace 25 años, Héctor le donó un riñón a su hijo mayor, Pablo. Hacía unos días que me habían sacado los puntos, y no, en absoluto. Jamás me dijeron nada los médicos sobre la competencia. Siempre fui así y nunca le presté atención a los problemas. Fueron decisiones que yo tomaba sin miedo, sin temor a nada y me ha ido bien, relata a TN. Hoy, Pablo tiene 51 años, es chef y un atleta trasplantado con medallas de oro mundiales. Héctor, con un solo riñón y una carrocería que sufrió accidentes de trabajo y vértebras desplazadas, se convirtió en el único argentino mayor de 80 años en el ranking mundial de ultradistancia. A diferencia de los corredores modernos obsesionados con los geles y los relojes inteligentes, Héctor es un rebelde de la vieja escuela. Nunca me preparé. Yo hacía mi trabajo diario, en la construcción, salía a trotar, no me cuidé con las comidas, no hice un plan de alimentación especial. Todo normal, confiesa. Para él, el secreto es haber dado en la tecla de lo que su cuerpo puede rendir. Héctor afirma que corre para que no lo alcance la artrosis, porque cuando se queda quieto aparecen los dolores, pero en movimiento los supera. Su familia es su columna vertebral. Casado desde 1973 con Elisa Díaz, quien también supo correr ultramaratones de seis horas, Héctor formó un equipo indestructible. Sus hijos Pablo, Martín, Valeria y la más pequeña, junto a sus seis nietos, son quienes hoy celebran cada kilómetro. Héctor cuenta con orgullo que en un momento llegaron a correr cinco miembros de la familia juntos en la misma competencia. Con más de 1100 carreras en el lomo y 23 ultramaratones registradas oficialmente, Héctor se emociona fácil. El llanto le brota cuando habla del cariño de la gente que lo para en la calle como a un referente. Es un cariño enorme de la gente, del público. Últimamente el público está maravilloso, es algo que nunca pensé que me iba a suceder. Al principio lloraba mucho de la emoción y ahora me fui acostumbrando, pero sé que cuando llego a una competencia me la paso saludando a la gente y agradeciendo todo el apoyo, admite. Actualmente, su mirada está puesta en el horizonte, específicamente en Hungría. Tiene un cupo asegurado para una competencia de seis días en Budapest, donde la organización lo reconoció por sus antecedentes mundiales. El único obstáculo es el presupuesto, ese que intenta estirar cada mes con trabajos de plomería y su jubilación mínima. Cobro solamente la mínima y le agrego algo para terminar el mes con más trabajitos que hago, pero me cuesta mucho viajar, cuenta. A Héctor no le asustan los 100 kilómetros, ni los 200. Su meta es más larga. Dice que su madre llegó a los 101 años y que, si él puede llegar a los 100, le gustaría intentar correr una competencia en pista de 400 metros. Mientras tanto, Héctor seguirá ahí, en las calles de Olavarría o en cualquier pista del mundo, demostrando que el movimiento es la única medicina que mantiene el alma joven.

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