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  • Manuel Vicent: El porvenir actúa en golpe de teatro

    » Clarin

    Fecha: 18/04/2026 07:07

    Hace mil años, o por lo menos veinte años, acompañé a Manuel Vicent, quizá el mejor prosista actual de esta lengua, a celebrar en Argentina el premio Alfaguara de Novela. Había obtenido el galardón por Son de mar, un bellísimo viaje por la esencia de sus pasiones, el mar precisamente, ese lugar extraordinario que lo ha acompañado esté o no esté cerca de su pueblo y de su mar en el Mediterráneo. Ahora Manuel Vicent ha publicado un libro insólito, yo diría que maravilloso, que titula Detrás de la herida y que ha publicado la editorial La Cama Sol que dirige el poeta, y escritor, Javier Santiso. Lo que hay en ese libro, cuyos textos nacen de los que publicó en su periódico, El País, a lo largo de los años, es mucho más que la consecuencia de una visión y de un pensamiento, el de Manuel Vicent. Detrás de la herida es, sobre todo, un abrazo a la poesía, un modo de hacer de la prosa el aire cantado de la vida. También es la búsqueda de la explicación de lo que le viene a su memoria, y a su presente, a través de todo lo que él ha vivido, consigo mismo, con los suyos, con otros, con lo de adentro de su vida. No hay en ese libro, que es el recuento de lo que ya ha publicado, y que ahora constituye una nueva aparición de su modo de ver la vida, nada que parezca de ayer; todo es de hoy, o de toda la vida. Leerlo es recuperar de la prosa todo lo que de poesía tiene la obra de este escritor extraordinario. Ahora Manuel Vicent tiene noventa años, y sigue tan campante, escribiendo cada semana en el periódico El País al que está adscrito casi desde el nacimiento. Escribe, cuenta, sufre y mira, en silencio y comentando, reuniéndose con sus amigos, celebrando, por ejemplo, la salida de este libro que resulta como un abrazo a su modo de ver la vida por dentro. Hay algo mágico en Vicent que ahora pasaré a contarles. Lo acompañé en 1999 a celebrar en Argentina el premio Alfaguara de novela de la actual etapa de la editorial, a la que entonces yo mismo estaba adscrito. La novela con la que había ganado este galardón (que él ya había tenido años atrás, cuando Camilo José Cela era el dueño, y creador, de Alfaguara) se presentaba en Clásica y Moderna, la librería que organizó y dirigió la impar Natu Poblet, de imposible olvido. Ella hizo que no sólo hubiera una presentación de Son de mar sino que, además, convirtió a Vicent en un personaje de los lugares imperecederos de la casa: ella conjuntó la presencia de Manuel Vicent con la de Virginia Woolf: la legendaria escritora inglesa le daba nombre al baño de mujeres, Vicent fue desde entonces el que le dio rostro al mismo lugar previsto para los hombres. Desde aquel tiempo, y desde aquel homenaje que organizó Natu Poblet para tener juntos a dos de sus mejores reliquias, Vicent fue como un autor argentino más, cerca de Borges, muy cerca, más de lo que se puede imaginar en un escritor contemporáneo. En aquel viaje, por cierto, redescubrí un modo de viajar del autor de Detrás de la vida: Vicent viaja con un equipaje exiguo; como lo hacían el legendario Luis Eduardo Aute y como Eduardo Haro Tecglen, y, quizá, como el propio Borges: no lleva consigo otro equipo que su propio cuerpo, con algunos aditamentos que son parte de sus bolsillos. Fuimos juntos a todo en aquel viaje argentino, y así lo fui viendo, como si saliera de su casa y llegara a otra que también era suya, en este caso la casa de Borges, en la que entraba como si fuera de los lugares en los que siempre estuvo, desde la playa hasta el momento, hasta el universo del mar y hasta el finisterre de la vida que se llama Buenos Aires. En este caso, en ese viaje, Fernando Esteves, el director de Alfaguara, situó a Vicent en un hotel que parecía organizado para astronautas, pues sus habitaciones eran demediadas, como para alojar la mitad de los cuerpos de los que así quisieran resolver el sueño. A él no le importó. Viajar, para Vicent, siempre fue un modo de seguir en su sitio. Hay magia en Vicent, doy fe. Antes de la presentación de Detrás de la Herida en el Instituto Cervantes de Madrid cené con quienes le quieren, el ahora ya legendario (también en España) Jorge Fernández Díaz y Sergio Ramírez, que ahora tiene la nacionalidad del mundo. Les conté que yo iba a estar con Vicent este lunes último, presentando Detrás de la Herida, cuyas páginas están festoneadas con cuadros impresionantes, casi sangre y estupor, y belleza, de Rafael Canogar, uno de los grandes pintores de este siglo y del pasado Con la parsimonia que distingue a este gran escritor tranquilo que es Sergio, éste nos contó que él había entrevistado en Berlín, en septiembre de 1974, a Canogar precisamente. ¿Y tienes la entrevista contigo? La tenía, la tiene, en esos artículos de hoy que son capaces de recuperar hasta la primera edición del antiguo testamento Fernando Arrabal, el muy singular poeta y narrador y lo que quieran, bautizó su mejor ocurrencia, el movimiento pánico, con esta frase que obtuvo de dos textos distintos: El porvenir actúa en golpes de teatro. Cuando Sergio Ramírez me mostró aquel texto que escribió para honrar al pintor español vi, con el estupor de los niños, que el título que Sergio buscó entonces para aquel texto: Una venda sobre la herida Es muy difícil en la vida hallar, sin sobresaltarse, una coincidencia tan grande, como si el pasado, y también la vida, de Sergio, de Manuel, de Canogar, estuvieran viajando juntos en pos del mismo abrazo que ahora recuerda el cronista que, de un modo u otro, aquí los pintan Dice Sergio, en su texto que vio la luz hace tanto en Costa Rica: Encuentro por primera vez a Rafael Canogar (1935) entre los grises y los negros de sus cuadros la noche de apertura de su exposición en la Gallería Poll, el 16 de septiembre; callado, serio, se deja bordear por los concurrentes que pasan apretadamente a sus lados, cada uno con su cerveza en mano, con es la costumbre de estos vernisages germánicos Jamás se vieron de nuevo, pero el azar los junta como si viajaran en el mismo vagón que esta crónica general de Detrás de la Herida de Vicent le regala a la memoria del tiempo. El porvenir, en efecto, actúa en golpes de teatro Javier Santiso, el poeta que dirige La Cama Sol, dice al final de este libro más que bello: En estas páginas están todas las vidas de Manuel, de los años de antaño, que son también los días de Fallas, las calles que fermentan, las mujeres que se van deshojando, que van subiendo el listón para que los chicos se queden quietos, para que no tengan el corazón que se les inflame. Zumos se titula el primer texto de este libro que está detrás de la herida: Nada se ha movido desde la época en que Aristóteles iba arrastrando la sábana. Sólo que ahora los horteras con peluca, camisa abierta y Cristo de Dalí en el esternón, las amas de casa y los maravillosos seres vestidos de blanco con el pelo pegado juegan con los corolarios de aquella filosofía transformada en crema de belleza sobre la cual vuela el mismo Dios, hoy radioactivado. Pero la bomba atómica no es más que un capricho. En Manuel Vicent todo es inédito. 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