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  • Renato Cisneros: Muchas veces podemos ahorrarnos una opinión o un insulto

    » La Nacion

    Fecha: 18/04/2026 03:53

    Renato Cisneros: Muchas veces podemos ahorrarnos una opinión o un insulto MADRID. La distancia que nos separa (2015) se ha convertido en un clásico de la literatura latinoamericana reciente, una carta al padre que se aleja de la propuesta de Franz Kafka y de otros textos próximos al panegírico para defender la mesura y evitar toda perspectiva radical. Renato Cisneros (Lima, 1976) se proponía la difícil tarea de comprender quién había sido su padre antes de que él naciera. Apodado el Gaucho Cisneros, este hombre, nacido y criado en la Argentina, militar, fue ministro del Interior de Perú entre 1976 y 1978 y ministro de Guerra de 1981 a 1983, muy cercano a la cúpula del Proceso argentino. Su hijo escribió una novela desde las antípodas de su pensamiento. Exponente de la mejor literatura de Perú, país invitado de honor a la Feria Internacional del Libro, Cisneros conversará sobre ella el próximo sábado 25, a las 17, en el Pabellón Perú; el viernes 24, a las 19, será uno de los oradores principales en el homenaje a su compatriota Alfredo Bryce Echenique. Periodista, además de escritor, escribió en El Comercio y La República. Su novela La distancia que nos separa resultó finalista de la II Bienal de Novela Vargas Llosa y el premio English PEN Award. También es autor de El mundo que vimos arder (2023), y el libro de relatos Cosas que no hay que de contar (2018). Soy un convencido de que hay que tratar de mantenerse en el centro para resguardar el equilibrio; hoy el centro está visto como un sinónimo de tibieza, de cobardía, de parálisis, dice a LA NACION. -En marzo fuiste invitado a la Fundación Saramago, en Lisboa, para conversar con Pilar del Río sobre la amistad entre José Saramago y Mario Vargas Llosa, más fuerte que sus diferencias ideológicas. Es interesante, en tiempos de polarización y cancelación. -Me interesó mucho ese encuentro con Pilar del Río, no sólo por la posibilidad de compartir un rato con ella, que tradujo y compartió con Saramago muchos años de vida, sino también por la posibilidad de acercar a dos hombres que, habiendo pensado distinto, nunca dejaron de reivindicar su amistad. En algún momento, Saramago lo llamó talibán del neoliberalismo y, en respuesta, Vargas Llosa lo tachó de autor anacrónico. Años más tarde coincidieron en Lanzarote. Cenaron y se tomaron fotos como los buenos amigos que en el fondo eran. Los suyos eran dos modelos, estilísticos y de pensamiento, muy confrontados. En ambos casos hablamos de dos autores prolíficos que se acercaron, de maneras muy distintas, a las preocupaciones de su tiempo. -¿Cómo afecta este momento de ultracorrección a tu actividad, en plena cultura de la cancelación? Cada vez se vuelve más complicado establecer diálogos fértiles, ya que las redes sociales se han convertido casi en el único medio de convivencia; cada vez son más agresivas y, tarde o temprano, termina saltando el ruido y la barbarie. A mí me frustra porque, por un lado, siento que el espacio de la literatura también se contamina con esa cultura de la cancelación. Estoy seguro de haber perdido, no sé si muchos o pocos, pero sí lectores por expresar mi forma de pensar sobre asuntos políticos, sobre todo los vinculados al Perú. Pero no podría comportarme de otra manera. -¿Existe algún modo de eludir la confrontación, de quitarle poder a las redes? -Primero debemos tratar de no fomentar el círculo de la violencia. Muchas veces podemos ahorrarnos una opinión o un insulto. Un tuit agresivo también puede encender la pradera. La violencia no solo corre por cuenta de los grandes mandatarios que pulsando un botón rojo activan una guerra. La violencia también se fomenta cuando alguien toma el argumento del otro y lo pulveriza sin mayor oportunidad de debate. Hay un verso de Alda Merini que me gusta citar: Me gusta la gente que elige con cuidado las palabras que no dice. Parte del desafío contemporáneo es ese. -Esas opiniones, con las que decís haber perdido lectores, tienen que ver con tu mirada crítica sobre la política del Perú. ¿Cómo evaluás los resultados del último domingo, que determinó un balotaje? -Mi sensación es que la sociedad peruana está muy herida, muy fragmentada. Un amplio sector de la derecha reclamaba fraude, aún cuando los resultados no habían sido del todo depurados. Esto habla de una pugna por el control de un poder avasallante. Hoy no hay un liderazgo político que me entusiasme. Espero que, gane quien gane, sea Keiko Fujimori o su rival, que haya contrapesos en el Congreso de la República. -¿En qué momento se había jodido el Perú? es uno de los inicios más famosos de la literatura en nuestro idioma [Conversación en la Catedral, de Vargas Llosa]. ¿Tenés una respuesta a esa pregunta? -Es una pregunta con trampa, porque plantea implícitamente que en algún momento no estuvimos jodidos. Plantea un escenario previo en el que nuestra convivencia era llevadera y saludable, en medio de un esplendor que ningún historiador reconocería. Creo que el Perú nació jodido; nació de una herida fratricida que tiene que ver con la discriminación, con el racismo, con el desvirtuamiento del otro. Si nos remontamos incluso al Imperio de los Incas, y desde entonces, pasando por la época de la Colonia y en su historia republicana, ha vivido de conflicto en conflicto, de erosión en erosión y de fragmentación en fragmentación. -Con un mundo en crisis, ¿ha comenzado América Latina a ser mirada como una región interesante para el resto del mundo? -Lo que observo en la región, y en en el resto del mundo también, es un viraje hacia formas de gobierno de tendencia derechista. Intento entender cuál es la explicación del fenómeno, cuál es el antecedente. Ha habido una enorme responsabilidad de las izquierdas cuando han llegado al poder, porque se han sumido en una serie de contradicciones tan obvias que tampoco podríamos rechazarlas ni negarlas. A veces es difícil permanecer en un punto de equilibrio. Los ciudadanos, los líderes de opinión o los líderes políticos exigen que uno adopte una posición radical. Y yo soy un convencido de que hay que tratar de mantenerse en el centro para resguardar el equilibrio; hoy el centro está visto como un sinónimo de tibieza, de cobardía, de parálisis. -En La distancia que nos separa buscás aproximarte a la figura de tu padre. ¿Qué distancias pudiste zanjar? -Primero, la distancia del conocimiento. Uno quiere saber quién es su padre, pero en realidad, solo cuando te pones a abrir los cajones prohibidos del pasado del padre uno empieza a tener una idea un poco más integral de quién fue ese hombre o esa mujer que te trajo al mundo. Para mí fue un viaje lleno de descubrimientos, de hallazgos, muchísimos de ellos muy incómodos, porque yo desconocía cuál había sido el peso político de mi padre cuando le tocó ejercer alguna función de Estado como militar o como ministro en momentos especialmente álgidos de la historia contemporánea del Perú. Vivía fascinado con tener un padre famoso que salió en la televisión, pero cuando él muere, paulatinamente empieza a desarrollarse en mí el embrión de una duda monumental: ¿quién fue este hombre antes de que yo viniera al mundo? -¿Cuál fue la participación de tu padre en la Guerra de Malvinas? -Recuerdo la portada de una revista política , Caretas, la más importante del Perú, donde mi padre salía tomando una metralleta entre las manos, una fal, diciendo: Quiero ir a Malvinas. En la novela fui reconstruyendo la relación que él tuvo con los hombres que iniciaron la dictadura militar en los años 70 en la Argentina, de quienes era muy amigo y era muy cercano. Y sí, esa guerra él la vivió de manera muy personal y fue, no creo que esté mal decirlo, el artífice de la ayuda bélica que Perú le prestó a la Argentina en aquel momento. -La novela plantea la cuestión de la violencia en la educación y de la autoridad en ella. Pero tu padre no era una persona violenta ni agresiva. ¿Sentís que hubo una evolución en esa educación? -Tu pregunta me hace pensar en cómo el modelo del autoritarismo se ha ido también matizando con los años. Él era un hombre muy normativo, muy disciplinario. Es verdad que lo era tal vez más conmigo que con sus otros hijos, quizá por la edad en la que él y yo nos encontrábamos y por las circunstancias domésticas que nos tocó vivir. No era un padre especialmente violento, pero sí era un hombre muy austero de palabras y muy desconectado de la sentimentalidad de sus hijos. Cuando me convertí en padre, quise evitar esa distancia, pero hay cosas que, lamentablemente, se heredan y se transmiten. -¿Qué virtudes pensás que, afortunadamente, heredaste de tu papá? -Mi padre, para bien o para mal, nunca abandonó sus principios. Aun cuando muchos de ellos a mí me parecían indefendibles, él siempre se mostró íntegro respecto de los valores en los que creía. Y quiero creer que algo de eso también me caracteriza. Hay un momento del día en que recuerdo mucho a mi padre: cuando peino a mis hijas. Mi padre me peinaba a mí. Y eso que es un detalle trivial, cotidiano y menor, adquiere un cierto simbolismo cuando uno se pone a pensar que peinar también es poner orden en la cabeza de un hijo.

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