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  • De madrugada y con frío: cómo viven los familiares de los presos de Sierra Chica la vigilia para entrar a la cárcel

    » TN

    Fecha: 14/04/2026 22:12

    Cuando todos duermen, hay una cuadra en Sierra Chica que permanece despierta. Es la que se extiende frente a la Unidad Penal N°2, una de las cárceles más emblemáticas de la Argentina. Allí, todos los fines de semana, la noche deja de ser sinónimo de descanso y se convierte en antesala de un encuentro esperado. A partir de las 2 de la mañana, comienzan a llegar micros de larga distancia y remises compartidos. Algunos pasajeros se conocen; otros no. Muchos improvisan el viaje como pueden, juntando plata, coordinando traslados o viajando durante horas desde distintos puntos del país. Todos comparten un mismo destino: la puerta del penal. Bajan cargados. Bolsas con alimentos, ropa, artículos de higiene personal, bebidas. Cada objeto tiene un sentido, un destinatario, una historia. Son provisiones para quienes están adentro, pero también una forma de cuidado, de presencia. De decir acá estoy aun en condiciones adversas. La espera es larga. Y fría. O húmeda. O ambas cosas. No importa si llueve, si el invierno cala los huesos o si el barro se vuelve protagonista: el ritual no se suspende. Algunos pasan la noche a la intemperie. Otros buscan refugio en alguno de los tres almacenes que abren durante la madrugada, adaptados a esta dinámica particular que transforma la cuadra en un pequeño ecosistema nocturno. Acá todo se cobra, repiten quienes frecuentan el lugar. Y no es una metáfora. En esos escasos cien metros, cada necesidad tiene un precio: desde usar el baño hasta guardar un bolso, recargar un celular o enchufar una plancha de pelo. Incluso hay tarifas para pasar la noche bajo techo. La lógica del mercado se filtra en cada rincón, incluso en un contexto atravesado por la vulnerabilidad. En la fila porque siempre hay una fila conviven historias diversas. Mujeres de más de ochenta años que viajan solas, con pasos lentos pero firmes. Madres con bebés en brazos que duermen ajenos al murmullo. Nenes que corren, juegan o se cansan y lloran. Hombres y mujeres que repiten este recorrido cada semana o cada quince días, dependiendo de las posibilidades. El tiempo parece suspendido. Las horas pasan despacio. Se conversa, se comparte mate, se cuidan entre sí. Hay una especie de comunidad efímera que se arma en la espera, con códigos propios, silencios compartidos y una certeza común: la visita vale todo ese esfuerzo. Leé también: La desgarradora despedida a los tres jóvenes que murieron atrapados en el incendio de una casa en Pilar Recién a las 6 de la mañana llega el momento más esperado. Las puertas del penal finalmente se abren y la fila comienza a avanzar. El cansancio acumulado durante la noche se mezcla con la ansiedad. Hay quienes sonríen, quienes se emocionan, quienes simplemente caminan en silencio. El periodista Martín González acompañó este ritual durante una noche entera y registró de cerca una escena que, aunque se repite cada fin de semana, permanece fuera del foco. Lo que sucede puertas adentro de las cárceles suele ser tema de debate público; lo que ocurre afuera, en cambio, pocas veces se cuenta. La noche de las visitas no es solo una espera. Es, en muchos casos, la única forma posible de sostener una presencia.

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