14/04/2026 11:31
14/04/2026 11:31
14/04/2026 11:31
14/04/2026 11:31
14/04/2026 11:31
14/04/2026 11:31
14/04/2026 11:30
14/04/2026 11:28
14/04/2026 11:28
14/04/2026 11:26
» La Nacion
Fecha: 14/04/2026 06:41
Abuso Entrá a la guía de servicio y encontrá los tips de los expertos sobre cómo prevenir, actuar y encontrar ayuda frente a este problema Existe una vulnerabilidad silenciosa que nos atraviesa a todos: la búsqueda de sentido. Vivimos en un ecosistema que nos exige una productividad implacable y, en paralelo, una felicidad de vitrina. En ese contexto, la promesa de una comunidad que ofrece un refugio de desarrollo personal y una experiencia espiritual profunda no es solo atractiva; es un imán irresistible. Se siente como el inicio de un contrato social justo, donde entregamos nuestra vulnerabilidad a cambio de una red de contención. Es justamente esta situación esta búsqueda, estas ganas y esta energía lo que muchos reclutadores de las sectas más complejas del mundo aprovechan para sumar nuevos miembros. Frente a la ilusión de proponer un camino de autodescubrimiento y amor fraternal, subyace una idea simple pero devastadora: Nadie se suma a un secta. Lo que se busca es algo mucho más humano: es estar mejor, más conectados con el entorno y con uno mismo; un propósito. Así es cómo lo que inicia como un desafío a los límites personales en pos del crecimiento, puede transformarse, de manera imperceptible, en una erosión sistemática del juicio propio. Este es el escenario exacto de lo que sucedió con el movimiento liderado por el rumano Gregorian Bivolaru. Lo que nació como una escuela de espiritualidad (MISA) terminó convirtiéndose en una red global acusada de convertir el despertar espiritual en una herramienta de explotación sistemática. Paula nació en el sur de Argentina, en Bariloche. A los 18 años, decidió mudarse sola a Buenos Aires, un cambio que llegó acompañado de consumos problemáticos y una búsqueda urgente de estabilidad emocional. Fue en ese momento cuando encontró a la organización Atman (o MISA, según la zona): Vino con todas estas personas amorosas que mostraban preocupación por mí. Se sintió como una evolución, cuenta sobre aquellos primeros días donde el trauma de su infancia parecía encontrar, finalmente, un lugar de sanación. Frente a esta sensación de contención y bienestar, su compromiso escaló. Tras la búsqueda de seguir creciento espiritualmente, Paula se mudó a un ashram en Dinamarca. Su vida se redujo a esas paredes: comía allí, trabajaba allí, apenas salía. En ese contexto y completamente aislada dentro de esta cruel doctrina, el siguiente paso lógico era la iniciación con el gurú, una instancia que ella anhelaba como un hito espiritual. Quería creer que esa iniciación iba a significar un paso clave en mi camino espiritual. Quería que así fuese, explica. Pero la realidad de la iniciación distaba de ser sagrada. El protocolo previo ya marcaba una pauta de control absoluto sobre el cuerpo: tomar dos litros de agua bendecida con una fórmula especial de Bivolaru, bañarse y depilarse completamente. El encuentro ocurrió en la oscuridad: Vino en el medio de la noche. Me tocó con sus dedos la planta del pie mientras yo estaba durmiendo. Me desperté. Es tu turno, me dijo. Cuando Paula reflexiona sobre este ritual, abre su corazón y cuenta que Bivolaru convencía a sus seguidoras de que él era una transmutación de la deidad hindú Kali, y que la entrega era necesaria para el crecimiento: Creíamos realmente en esa transmutación, sino, ¿por qué tendríamos intimidad con aquel hombre viejo? Paula, bajo un juramento que le impedía hablar incluso con sus amigos más cercanos, guardó silencio durante años. Había hecho un pacto. No podía contarle a nadie porque estaba bajo juramento. Hoy, al mirar atrás, reflexiona sobre la lógica del engaño: Confié en que estas personas no permitirían que nada malo me pasara. Estabas confiando en tu gurú. No hay nada naive en confiar en que el gurú te va a guiar, ¿no?. Pero algo en el cuerpo le decía que tenía que irse de ahí y al tomar la decisión, la violencia no se detuvo: parte de la organización la obligó a firmar un documento en donde confirmaba que no hubo abusos, ni violencia. Que todos los rituales en los que había participado eran por voluntad propia y que nadie, nunca, la había obligado a hacer algo que no quería. Una estrategia clásica de coerción pero que, desde su vereda, los podría proteger frente a futuras denuncias. Hoy Paula es una de las víctimas de Gregorian Bivolaru que dio un paso hacia delante para denunciar a este falso gurú y su participación, tanto en los procesos legales como en el documental de Apple Tv, Twisted Yoga, es clave. La trayectoria de Gregorian Bivolaru (conocido por sus seguidores como Grieg) es la de un estratega que supo reciclar su pasado. Tras la caída del régimen rumano, donde fue perseguido por practicar yoga, Bivolaru no solo fundó una escuela; fundó un estado dentro del Estado. En 1990, MISA nació en Bucarest con una estructura que, desde el primer día, buscó eludir el control estatal mediante el secretismo y la devoción absoluta. A diferencia de otros líderes espirituales, el historial criminal de Bivolaru es extenso y temprano. En 2004, la justicia rumana inició investigaciones por trata de personas y relaciones sexuales con menores. Fue en ese momento cuando el gurú demostró su poder logístico: escapó de Rumania y pidió asilo político en Suecia, alegando persecución religiosa. Sorprendentemente, la Corte Suprema sueca le otorgó el asilo en 2005, una decisión que hoy se analiza como uno de los mayores errores de juicio internacional, ya que le permitió operar con total libertad por toda Europa durante casi dos décadas. Bivolaru utilizó ese tiempo para profesionalizar su red a través de la Federación Internacional de Yoga Atman. Bajo este paraguas, escuelas en todo el mundo como Natha en Dinamarca o Tara Yoga Centre en Londres servían como centros de reclutamiento. El flujo de dinero y personas era constante: las mujeres eran movidas de un país a otro con visas de estudio o turismo para residir en centros de París o Niza, donde perdían el contacto con sus familias. Más tarde se descubrió que MISA también operaba una red de sitios web y estudios de producción donde obligaban a las seguidoras a participar en videos eróticos bajo la premisa de que era una forma de perfeccionamiento espiritual y de financiar la misión del gurú. Los ingresos generados por los cursos, los retiros y el trabajo no remunerado de los fieles (el llamado Karma Yoga) se triangulaban para sostener el estilo de vida de Bivolaru mientras este se mantenía oculto. A pesar de figurar en la lista de los más buscados de Interpol, Bivolaru fue capturado recién en 2016 en Francia, pero recuperó la libertad condicional y volvió a las sombras. Su impunidad terminó finalmente en noviembre de 2023. En un operativo masivo que involucró a 175 agentes franceses, se desmantelaron varios ashrams en la región de París. Lo que los investigadores encontraron allí fue escalofriante: mujeres viviendo en condiciones de hacinamiento, obligadas a estar disponibles para el líder en cualquier momento del día o la noche, y un sistema de vigilancia interna donde las alumnas de mayor rango (las favoritas) actuaban como carceleras de las nuevas reclutas. Bivolaru hoy tiene 72 años y permanece bajo custodia procesado por cargos de trata de seres humanos, secuestro en banda organizada, violación y abuso de la debilidad. El foco de la fiscalía no está solo en los actos individuales, sino en el método: cómo la red de escuelas afiliadas a la Federación Internacional de Yoga Atman funcionaba como una maquinaria de captación transnacional. Según el organismo francés MIVILUDES, encargado de observar las derivas sectarias, el movimiento MISA utilizaba el yoga como una cáscara para ocultar un sistema de explotación sexual y económica. A pesar de que el entorno de Bivolaru y centros como el Tara Yoga Centre continúan emitiendo comunicados donde denuncian una persecución mediática y religiosa, las pruebas recolectadas computadoras, diarios íntimos de las víctimas y testimonios coincidentes de mujeres de todo el mundo sugieren un patrón de conducta criminal sistemático. El proceso actual busca determinar no solo la responsabilidad del líder, sino la complicidad de los instructores locales que facilitaban el traslado de mujeres hacia los ashrams de Francia. La llegada de Twisted Yoga a la pantalla de Apple TV no es un estreno más en el saturado catálogo del true crime. La docuserie de tres episodios se propone desarmar la mecánica del engaño desde una perspectiva estrictamente periodística. Bajo la dirección de Rowan Deacon, la narrativa evita el sensacionalismo para enfocarse en la arquitectura de la sumisión. La serie no solo documenta el ascenso y la caída de Gregorian Bivolaru y su red MISA, sino que explora cómo mentes brillantes y educadas terminan cediendo su autonomía en centros como el Tara Yoga Centre y la Federación Atman. A través de una estética visual que transita de la seducción inicial a la frialdad de las redadas policiales en París, la producción logra que el espectador comprenda que el peligro no reside en la búsqueda de bienestar, sino en la entrega absoluta de la voluntad a un tercero. Es, en última instancia, un documento necesario sobre la fragilidad del consentimiento en la era de la espiritualidad moderna.
Ver noticia original