13/04/2026 11:27
13/04/2026 11:27
13/04/2026 11:27
13/04/2026 11:26
13/04/2026 11:25
13/04/2026 11:24
13/04/2026 11:24
13/04/2026 11:22
13/04/2026 11:22
13/04/2026 11:22
Parana » AnalisisDigital
Fecha: 13/04/2026 09:46
Marcelo Medina ¡Pisalo, pisalo!, gritaba Bilardo en la cancha, convencido de que al rival había que aplastarlo. Esa misma lógica parece guiar hoy a buena parte de la política argentina: tomar a los pobres, en especial a los menores vulnerables, como enemigos a los que hay que disciplinar. Y contra ellos van. Desde hace años, la respuesta oficial a cualquier problema social se resume en una sola palabra: cárcel. Al ladrón, más cárcel. Al que choca, más cárcel. Al que protesta, más cárcel. Todo cárcel. Como si el Código Penal fuera la única herramienta de gobierno. Como si el encierro pudiera reemplazar a la educación, a la salud, al trabajo digno. Pero las cárceles están devastadas. Son depósitos de cuerpos, no espacios de reinserción. Y mientras tanto, la oferta de drogas crece sin freno, porque en muchos barrios es lo único rentable. Vender es una salida laboral. Nadie se atreve a discutir la demanda, nadie invierte en prevención. No hay presupuesto para escuelas ni hospitales, pero sí para pagar favores a los amigos del poder. Por eso me preocupó leer que el diputado nacional entrerriano Francisco Morchio propusiera suspender la Asignación Universal por Hijo a las familias cuyos hijos adolescentes cometan delitos. Como si la solución fuera quitarles el único ingreso que les permite comer. Como si la vulnerabilidad que los empuja al delito se resolviera con más castigo. La lógica es siempre la misma: si un chico abandona la escuela, miramos para el costado. Pero si cae en el delito, bajemos la edad de imputabilidad; si alguien tiene un accidente, lo metemos preso; si sufre adicciones, que su familia peregrine por todos lados pidiendo ayuda hasta que cometan un delito o lo maten. Todo es sanción. Todo es Código Penal. Y, sin embargo, desde Blumberg hasta hoy, las penas se han endurecido una y otra vez, y nada cambió. Porque el encierro no soluciona nada. Los femicidios tienen penas de prisión perpetua y siguen cada 26 horas asesinan una mujer en la Argentina. Lo único que puede salvarnos es más educación, más inversión, más oportunidades reales. Pero eso exige ideas, exige coraje, exige dejar de lado la charlatanería. Nos escandalizamos porque descubrimos que los adolescentes veneran a asesinatos en masa, pero no hacemos nada para contenerlos. Las escuelas se caen a pedazos, los docentes corren de un trabajo a otro para sobrevivir. El Estado se llena de áreas y programas de oficina para trabajar sobre problemática que tienen que ser abarcadas en la calle. Ahora los legisladores nacionales entrerrianos van a discutir los cambios en la Ley de Salud Mental. Modificaciones disfrazadas que lo único que proponen es sacar al Estado Nacional de su rol, cargar más tintas sobre las arcas provinciales. Además de jugar a favor de las corporaciones médicas y farmacéuticas. Y los legisladores, en lugar de defender a los más frágiles, seguro van a levantar la mano sin chistar.U ojo con hacerse los locos porque se modifica una ley y van derecho al penal. Mientras tanto, los hijos de los políticos y funcionarios de los tres poderes del Estado entran al Estado por la ventana, disfrutan de las ganancias de sus padres algunos condenados por corrupción y nadie les exige nada. ¿Por qué no proponen penas más duras para la evasión, para el robo de guante blanco, para la corrupción que nos desangra? El proyecto de sacarle la AUH parece decir: te damos y encima robás. Pero lo que no dice es que esos chicos necesitan leche, necesitan trabajo, necesitan un país que les dé oportunidades. No necesitan que les quiten lo poco que tienen. Hoy la AUH ronda entre $110.000 y $142.000, una cifra que un hijo de político gasta en un fin de semana en la quinta. Son más de cuatro millones de chicos los que dependen de ese ingreso para sobrevivir. Suspenderlo no es castigo: es condena a la miseria. Las cárceles se caen a pedazos. Las leyes se endurecen. Los discursos se llenan de enemigos. Pero los problemas siguen ahí, intactos. Porque la represión nunca fue solución. Porque la única salida, aunque parezca obvia, es invertir en educación, en salud y en trabajo. Basta de mirar siempre a los mismos enemigos. Basta de gobernar con el Código Penal en la mano. La verdadera política debería ser la que construye futuro, no la que pisa a los más débiles.
Ver noticia original