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Buenos Aires » Infobae
Fecha: 13/04/2026 03:21
El cuchillo estaba en su mano cuando lo sacaron de atrás, en el banco de Parque Lezama, mientras la madrugada se hacía interminable. Flaco, ¿qué estás haciendo?, le preguntó un hombre que vivía en la calle antes de desaparecer entre las sombras. No recuerda mucho más de esa noche: el metal, el temblor, la policía, la ambulancia, el hospital Argerich. Y, al despertarse, la mano de Fabiánsu amigosujetando la suya. Juan Antonio Abdala había recaído. Así lo contó en diálogo con Luciana Rubinska para la sección Solo por hoy de infobae. No era la primera vez. No sería la última en ese proceso lento, áspero, que él llama un suicidio a gotas. La diferencia, en esa ocasión, fue una frase. La voz de su madre, rota por el miedo y la impotencia, sacudiéndolo en la cama manchada de sangre: Yo traje un hijo para la vida, no para la muerte. Abdala la repite, todavía con el tono incrédulo de quien no sabe de dónde extrajo fuerzas para levantar el teléfono y pedir ayuda otra vez. Recuperación y recaídas en la vida de Juan Antonio Abdala El recorrido de Abdala no es lineal, ni tiene redención instantánea. Había empezado a consumir marihuana a los diecisiete años en Junín, su ciudad natal, y después, como cualquiera que no sabe decir que no, la cocaína entró en su vida. No era una historia de marginalidad: su familia era de clase media, su barrio era hermoso, y el club, el escenario de los sueños cumplidos. La adicción se instaló en paralelo a su carrera deportiva. Abdala fue ala-pivote en el Club Atlético Argentino de Junín, protagonista de ascensos junto a su equipo de básquet, un símbolo en el Fortín de las Morochas. Mientras su nombre crecía en la tribuna, en la intimidad la otra cara se hacía cada vez más oscura: Consumía desde las ocho de la mañana hasta las siete de la tarde. La medicación que me daban para calmar la ansiedad la tomaba antes de ir a entrenar para bajar lo que había consumido. Había perfeccionado el arte de la mentira. En la mesa con su madre, escondía la comida en bolsas que llevaba en los bolsillos y las tiraba a la basura, porque la droga le había quitado el apetito. Podía sonreír a las nueve de la mañana como si la noche anterior no hubiera sido un infierno. El rol de la familia En casa, la primera vez fue a los diecisiete. Su madre lo esperaba en la cocina con un montón de marihuana arriba de la mesa, llorando. Eso no es mío, vieja, mintió Abdala. Nadie despertó al padre, que dormía en la habitación, para no romper el delicado equilibrio familiar. La olla de los ignorantes, la llama ahora. En esa negación se gestó el silencio, el estigma, la complicidad sin saberlo. El padre murió de cáncer de pulmón, y el duelo fue otro quiebre. Fue la analogía perfecta de dos vidas que no pudieron poner en palabras lo que sentían, de dos adictos: él con el cigarrillo y yo con la cocaína. Abdala cuenta que nunca pudo hablar del dolor con su padre. Me hubiese gustado poner en palabras lo que yo sentía y que él también lo hiciera. La familia, dice, es parte y co-dependiente de lo que le pasa al adicto. El consumo destruye todo: los vínculos, los trabajos, la confianza. Está por encima de un hijo, de una familia. El momento más oscuro: el quiebre en Parque Lezama El episodio de Parque Lezama no fue un accidente aislado. Había recaído tras un tratamiento, deambulaba solo, cargando el cuchillo desde el departamento de una tía en San Telmo. Había consumido cocaína durante algunos días, sin dormir, sin parar. No recuerda haber planeado hacerse daño, pero reconoce que en algún punto quería avisar que las cosas no estaban bien. Un hombre de la calle intervino, le quitó el cuchillo y se fue. La policía y la ambulancia llegaron después. Abdala terminó internado en el hospital y, luego, en la comunidad terapéutica. Después de ahí, mi amigo Fabián me fue a buscar. Cuando desperté, me estaba tomando de la mano. La adicción, explica Abdala, no es solo la sustancia. Es la acumulación de mecanismos que van creciendo junto con el consumo: la mentira, la manipulación, el aislamiento, la desidia, el desorden. El adicto se vuelve experto en generar espacios para consumir, en engañar a todos, incluso a sí mismo. Puede sonreír como si todo estuviese bien, habiendo vivido un infierno interminable. En el club, algunos sabían, otros no. El miedo al qué dirán, la vergüenza y el estigma lo empujaban a ocultar todo. El adicto es experto en manipular, en mentir, en generarse espacio para consumir. No hay una sola causa, ni una única puerta de entrada. Abdala menciona la presión de pares, la inmadurez, la falta de información y la ausencia de objetivos como factores críticos. Nadie nos preparó para decir que no. Lo difícil, insiste, no es dejar de drogarse: Lo difícil es enfrentarse con uno mismo y sostenerlo. Su proceso de recuperación comenzó a los treinta y siete años. Antes, hubo psicólogos, psiquiatras, intentos fallidos y negaciones. La familia entra en un cuadro de desesperación porque no tiene herramientas, no sabe dónde está parada. Cuando una expareja expuso el problema ante su hermana y su madre, la negación fue la primera reacción. Eso duró como dos o tres años, hasta que tuve que tomar la decisión de hacer un tratamiento en una comunidad, porque ahí cortás con el consumo y después trabajás un montón de cosas donde la familia es parte. La comunidad terapéutica y el aprendizaje sostenido El 2 de febrero de 2012, Abdala ingresó a la comunidad terapéutica Aylén. La coincidencia lo impacta: exactamente 20 años después de la madrugada en que su madre le encontró marihuana por primera vez. Desde entonces, lleva más de doce años en recuperación sostenida. El tratamiento, cuenta, es un proceso lento y complejo. Después de dejar de consumir, el desafío es sostener el cambio. Vos te podés recuperar, dejar de drogarse no es difícil. Lo difícil es enfrentarse con uno mismo, descubrir, resolver, ser una persona autónoma. En ese camino, hubo recaídas. Abdala manipuló a sus familiares, les sacó dinero, vendió su auto y una pequeña gráfica. Cuando salí de ahí, lo único que tenía en la mente era ir a consumir. Su método para no volver a consumir es la exposición. Si yo me paro frente a trescientos adolescentes y doy una charla, después no me puedo ir a comprar una bolsa de merca. Volverse público, escribir libros, hablar de lo no dicho, se convirtió en su herramienta de prevención. La poesía, la madre y el dolor En el proceso de recuperación, Abdala escribió poesía para su madre. Había escenas de su vida donde ella le pedía que no saliera, que no se escapara. Cerrá todas las puertas, le decía. No me dejes salir porque voy a consumir. Abdala reconoce que su madre no sabía cómo ayudarlo, que la familia quedó atrapada en el miedo y la falta de herramientas. La frase de su madreYo traje un hijo para la vida, no para la muertefuncionó como un martillazo que lo obligó a pedir ayuda. No sé de dónde saqué fuerza para levantar el teléfono y pedir ayuda otra vez. Hoy, Abdala tiene cincuenta años, un hijo de seis, una familia consolidada y una vida marcada por la prevención y la ayuda a otras personas. Nunca pensé que iba a llegar a esto. Dos libros escritos, una familia, la posibilidad de ayudar a otros. Trabaja en un dispositivo de salud mental en el municipio de Junín, en cogestión con el DTC (Dispositivo Territorial Comunitario) de Sedronar. Además, recorre la provincia de Buenos Aires dando charlas en escuelas, cárceles y clubes. Para poder hablar en público, se capacitó en Programación Neurolingüística y realizó una diplomatura socioterapéutica con abordaje en adicciones. Es una responsabilidad enorme la que me toca hoy, pero si logro que un chico de los cuatrocientos que escuchan una de mis charlas diga que no, mi vida va a tener sentido. La batalla contra el estigma y el valor de la prevención Abdala es crítico con la estigmatización. Hay una sociedad que no está preparada para recibir a personas que hacen tratamientos. El atraso generacional, la falta de herramientas y la ausencia de un plan concreto para la prevención son, a su juicio, parte central del problema. En cada charla, busca desmitificar el consumo y mostrar que a cualquiera le puede pasar. Cumplí el sueño de mi vida, que era salir campeón con mi club. Pero detrás de la carita angelical hay un monstruo gigante que puede terminar con tu vida. Hoy, su éxito más grande no son los ascensos en el básquet, sino haber podido armar una familia. Sostener ese proyecto de vida, terminar el tercer libro, estar siempre cerca de los afectos y poder seguir ayudando a otros son las razones que lo mantienen lejos del consumo. No hay cierre posible. Abdala insiste: Con hechos concretos se puede hacer algo.
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