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  • Los húngaros deciden si el ultranacionalista Viktor Orban sigue en el poder, en una elecciones con repercusión en el mundo

    » Clarin

    Fecha: 11/04/2026 18:36

    Los húngaros van este domingo a las urnas para elegir su próximo Parlamento, que deberá designar a su próximo primer ministro. Se enfrentan el veterano ultranacionalista Viktor Orban, que lleva 16 años en el poder, y Péter Magyar, antiguo aliado de Orban, conservador europeísta convertido en su némesis. Los sondeos aseguran que el Tiszma de Magyar (que significa húngaro en húngaro) va unos 10 puntos por delante del Fidesz de Orban. La población de Hungría es el 2,1% de la población de la Unión Europea y su economía apenas el 1,1% del bloque. Estos datos dicen que lo que se celebra este domingo son unas pequeñas legislativas en un país centroeuropeo, pero en realidad lo que se juega es mucho más. Orban es el padrino político de toda una generación de dirigentes de extrema derecha en Europa y fuera de Europa. Es el caballo de Troya de Vladimir Putin y cada vez más de Donald Trump para destruir desde dentro la Unión Europea. Orban es el espejo exitoso en el que se miran todos los dirigentes de extrema derecha que son contrarios a la construcción política de la Unión Europea. Un sistema electoral a medida El actual premier construyó un sistema político en el que se vota cada cuatro años, pero donde los contrapesos democráticos no existen y la Justicia, los medios de comunicación públicos (y la mayor parte de los privados) y las grandes empresas están a la orden del primer ministro. Y Orban reformó las leyes electorales para hacer muy complejo sacarle del poder. En 2014, con el 45% de los votos, obtuvo el 70% de los escaños. Las leyes electorales dan un peso exagerado a las zonas rurales, más conservadoras y nacionalistas, quitándolo a las ciudades, más liberales y europeístas. Cuando se cierren las urnas este domingo podría ganar Magyar en votos con una clara ventaja y Orban en escaños con mayoría absoluta. Ese es el sistema que Magyar pretende desmontar ladrillo a ladrillo para que Hungría vuelva a ser una democracia homologable a sus vecinas europeas. Magyar necesita una victoria rotunda, que sería una derrota para las extremas derechas europeas, para Putin, para Trump y en general para todos los movimientos autoritarios. La deriva ultraderechista Viktor Orban empezó su carrera política en 1989 como un joven liberal y anticomunista. Se hizo famoso cuando micrófono en mano exigió la retirada de las tropas soviéticas de Hungría durante un homenaje a Imre Nagy, héroe de la resistencia democrática húngara de 1956 contra los soviéticos, lo que le costó la pena de muerte en 1958. Orban mantuvo sus ideas liberales hasta que en 2002 perdió unas elecciones que creía ganadas. Aquella derrota cambió a Orban, quien se convirtió en un dirigente mucho más conservador y nacionalista. Su partido dejó de ser el partido liberal y urbano que había sido hasta entonces para pasar a ser una fuerza reaccionaria y populista. Y a partir de ahí llegaron los triunfos. El sistema Orban se empieza a crear en 2010 cuando llega al poder tras una victoria aplastante. Lo ayuda la mala situación económica, provocada por la crisis financiera desatada en Estados Unidos en 2008 con la caída de Lehman Brothers. Lo primero que hizo Orban fue aprobar una nueva constitución que cambió el mapa electoral y blindó políticas conservadoras de cualquier reforma legal. Acto seguido rebajó la edad de jubilación de los jueces para forzar el retiro de decenas de magistrados y rellenar los tribunales con jueces afines. En estos años, según el recuento de medios independientes húngaros y de la región, ha entregado hasta 28.000 millones de euros en contratos a poco más de una decena de personas, todas de su círculo familiar y político más íntimo. Y la mayor parte de los medios de comunicación a oligarcas que financian una fundación de su partido. Orban gobierna más como un monarca o un padrino mafioso que como un jefe de Gobierno democrático. Asentado en Hatvanpuszta, la enorme propiedad supuestamente de su padre construida en los terrenos de una antigua finca de los Habsburgo, con grandes jardines y hasta un zoo privado. El dinero de los fondos europeos, que equivale a casi el 5% del PBI húngaro, ha ido en parte a financiar a la élite cercana a Orban. Lörinc Mészáros, un amigo de Orban desde la infancia, pasó de ser instalador de gas a convertirse en el hombre más rico del país con una fortuna que supera los 4.500 millones de euros. Varios periodistas húngaros han contado en Bruselas desde hace años que Mészáros no es más que un testaferro de Orban. El otro personaje importante del clan es su yerno Istvan Tiborcz, quien ha aparecido en escándalos de corrupción varias veces sin consecuencias y cuyas empresas siguen recibiendo contratos públicos. Orban fue protegido en Bruselas por el Partido Popular Europeo, la familia conservadora tradicional de la que formó parte su Fidesz hasta que su deriva ultraderechista forzó su expulsión en 2022. Pero siempre tuvo la protección de dirigentes como la alemana Angela Merkel. Su expulsión de la familia conservadora europea le llevó a acercarse a dirigentes de extrema derecha en la oposición, como la francesa Marine Le Pen o el español Santiago Abascal. Y, para ganárselos, a financiarlos. La campaña europea de VOX en 2024 la pagó un préstamo de un banco húngaro controlado por el Estado. Lazos con Moscú Orban se echó en brazos de Moscú. Intentó bloquear cualquier tipo de ayuda europea a Ucrania. En las últimas semanas se han publicado las transcripciones de conversaciones de su canciller con la diplomacia rusa en la que le traslada secretos de conversaciones con homólogos europeos. Nadie se sorprendió excesivamente en Bruselas. Rusia ha servido como un ejemplo del que Orban ha copiado la criminalización de la disidencia política como injerencia extranjera, la maquinaria de propaganda desinformativa, la represión de las ong y de la prensa independiente. Varios informes de agencias internacionales como Reuters aseguran que Moscú envió hace semanas a agentes del GRU (su servicio secreto vinculado a asesinatos y operaciones encubiertas en el extranjero) para manipular los resultados electorales. Hungría es hoy, en todos los baremos más seguidos, el país más corrupto de Europa y el país con menos libertad de prensa. Es el país de la región que peor ha aprovechado la lluvia de decenas de miles de millones de euros llovidos desde las instituciones europeas desde 2004, es uno de los países con más inflación del bloque y sus servicios sociales son de los peores de la región. Orban, a la vez, ha sabido mostrarse como un bastión de una supuesta Europa blanca y cristiana amenazada por el avance de valores liberales y la llegada de inmigrantes, aunque los emigrantes húngaros por el resto de Europa son decenas de veces más que los inmigrantes no europeos en Hungría. Pero Orban es admirado por las extremas derechas porque lleva cuatro legislaturas en el poder. Es tan admirado y es tan importante para ellas que la Administración estadounidense envió a Budapest a aplaudir a Orban al secretario de Estado Marco Rubio en marzo y al vicepresidente J.D. Vance la semana pasada. Escenarios posibles Los escenarios a partir de este domingo pueden ser muy distintos. Una victoria holgada del Tiszma de Magyar que le permita deshacer los cambios constitucionales del Fidesz de Orban devolvería al país a la senda de sus socios europeos en pocos años y acabaría con el mito de Orban. Sería una derrota simbólica importante para todas las extremas derechas. Pero hay un escenario que en Bruselas se teme incluso más que una victoria de Orban. Que de las urnas salga una victoria clara en votos de Magyar, pero gracias al sistema electoral diseñado a su medida, una victoria en escaños de Orban. La oposición difícilmente aceptaría que ganando en votos siguiera en la oposición. Y, como explicaba un diplomático polaco esta semana ante un café, entraríamos en un escenario peligroso, porque Magyar tendría razones para echarse a la calle. El escenario que no ven los sondeos, el de una victoria holgada de Orban, haría que el primer ministro blindara aún más su sistema para que dentro de cuatro años la alternancia fuera aún más difícil. Los húngaros votan, pero Europa entera contiene la respiración en las que serán las elecciones más importantes del este del bloque desde la caída del comunismo. Bruselas, Washington, Moscú, Kiev y decenas de otras capitales miran a Budapest, epicentro político mundial por un día. Sobre la firma Newsletter Clarín

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