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» La Nacion
Fecha: 11/04/2026 11:05
Tomás Lopreite tiene 21 años y creció en un barrio de Bahía Blanca; con apoyo de una fundación, pudo estudiar en la Universidad Nacional de La Plata; ahora la Embry-Riddle lo invitó a que se forme en su sede del estado de Florida - 7 minutos de lectura' Cada vez que a Tomás le preguntaban de chico qué querés ser cuando seas grande, respondía siempre lo mismo: astronauta. Me miraban raro. Me decían que tenía que pensar en algo realista. Eso me bajaba mucho la moral, recuerda. Tomás Lopreite tiene hoy 21 años, nació en Bahía Blanca y creció en una familia trabajadora que, sin embargo, no lograba salir de la pobreza. Si ya de por sí una carrera aeroespacial es desafiante para cualquiera, el reto se vuelve más grande cuando quien lo sueña no tiene posibilidades económicas para hacerlo realidad. Pero a pesar de aquellos comentarios que le sugerían que se buscara otra cosa y que fuera realista, su atracción por el espacio no paró de crecer. Después de cursar la primaria y la secundaria sintiéndose solo y excluido en buena parte de ese trayecto, hoy Tomás estudia ingeniería aeroespacial en la Universidad Nacional de La Plata. Y en paralelo, se prepara para el siguiente reto: conseguir los fondos que necesita para lograr su objetivo de formarse en Estados Unidos. La Universidad Aeronáutica Embry-Riddle, una reconocida institución ubicada en el estado de Florida, le otorgó la beca académica más prestigiosa para un estudiante extranjero. Sin embargo, no le cubre todos los gastos y Tomás necesita ayuda: empezó una carrera contrarreloj para juntar los 45.000 dólares que le asegurarían aprovechar esta oportunidad única. Sé que es difícil, pero no quiero renunciar tan rápido a mi sueño. No puedo irme de esta vida sin intentarlo, dice. Un refugio en el espacio Cuando busca los primeros recuerdos que tiene de su infancia, Tomás se recuerda durmiendo con sus padres en un colchón, en una casa alquilada (la primera de muchas otras) en el Barrio Noroeste, en la que el techo se llovía y las paredes estaban llenas de moho. Cuando era un niño que cursaba los primeros años de la primaria, podía pasar cuatro o cinco horas solo mientras sus padres trabajaban para cubrir los gastos básicos. Su papá repartía diarios y hacía changas. Su mamá era empleada doméstica. Cuando no había plata para pagarle a una niñera, y eso pasaba seguido, yo me tenía que quedar solo. No había quién me cuidara, explica. Esto hizo que, a los 6 años, aprendiera tareas domésticas como barrer, lavar platos, tender su cama o calentar su comida. Trataba de darle el menor trabajo posible a mis padres, recuerda. Para entretenerse, usaba la vieja computadora familiar para jugar o hacer búsquedas por Internet casi siempre de los mismos temas: lanzamientos de naves espaciales y todo tipo de información sobre el cosmos. Además jugaba al Kerbal Space Program, un juego de construcción de cohetes y diseño de satélites con el que pasó infinidad de horas haciendo experimentos científicos, construyendo estaciones espaciales y lanzando naves. Yo ya venía con un interés que no sé de dónde salió pero, en ese tiempo, el interés se transformó en pasión, dice. Esa pasión fue también su refugio ante sus problemas para socializar con sus pares. De chico repetí primer grado. Ahí se descubrió que tenía problemas serios de vista. No podía ver el pizarrón, pero tampoco podía decirlo porque tenía dificultades en el habla, recuerda. Si bien pudo trabajar esas dificultades y corregirlas, no pasó lo mismo con el vínculo con sus compañeros. Tomás cuenta que fue blanco de burlas. Eso me hizo mucho más tímido, me costaba socializar, no me adaptaba, dice. Y su forma de escapar a esa tristeza, agrega, era viajar al espacio. A todo el mundo le encantan los astronautas, las naves espaciales. Pero, ¿a quién le gusta diseñarlas o construirlas?, se pregunta y responde: Eso es muy importante. Ser astronauta no es solo ir al espacio, también es colaborar desde la Tierra. Es todo un proceso que hay que recorrer y yo quiero hacerlo desde el principio, dice. Por eso, a Tomás le entusiasma mucho la posibilidad de estudiar en los Estados Unidos. La universidad a la que apliqué tiene egresados que son astronautas, dice, consciente de que el camino no es fácil, que su sueño es el sueño de muchos. Sé que para lograrlo tendré que estudiar mucho, hacer posgrados y pasantías en lugares increíbles como la NASA. Lo importante para mí es llegar. Siento que después las puertas se van a abrir, agrega. Un giro de 720 grados Tomás egresó de una escuela técnica pública en Bahía Blanca con orientación en aeronáutica. Tuvo uno de los mejores promedios: 9,87. Llegó en cuarto año, después de haber cursado el primer tramo en un bachillerato que no lo motivaba: Era un alumno mediocre, reconoce. Pero una vez que se cambió de colegio, sintió que había llegado a su lugar en el mundo: los problemas de socialización se cortaron y su rendimiento académico empezó a mejorar. Los profesores eran ingenieros, arquitectos o venían del mundo de la aeronáutica, dice, tratando de explicar lo significativo que todo eso fue para él con una metáfora cósmica: El cambio fue de 720 grados, di dos vueltas completas sobre mí mismo. Y las oportunidades empezaron a llegar: por ejemplo, ganó las Olimpíadas Aeronáuticas, una contienda en la que participan todas las escuelas técnicas del país. También se afianzaron las ganas de ir tras su sueño. Una vez egresado, se mudó a una residencia de estudiantes en La Plata para cursar ingeniería aeroespacial. Para cubrir los gastos, da clases particulares de matemática y además logró ser becado por Bis Blick, una organización que acompaña a jóvenes con alto potencial para que sean los primeros profesionales de su familia. En paralelo, empezó a tramitar una beca fuera del país. En la universidad que eligió tuvo que presentar su certificado de finalización de estudios traducido, dos cartas de recomendación y un ensayo explicando por qué quería ser alumno de esa casa de estudios. Además, en diciembre pasado, evaluaron su suficiencia en inglés y matemática preuniversitaria. Obtuvo 1360 de 1600 puntos. El 27 de febrero recibió la respuesta de la universidad. Lo admitían y le otorgaban una beca por 23.500 dólares por año durante los cuatro años de carrera. Lo que me falta para arrancar este año son 45.000 dólares para terminar de pagar la universidad y tener lo básico para vivir, dice con tono serio. La cursada arranca a finales de agosto. Pocos días después de recibir la noticia, empezó una campaña de recaudación de fondos que viene difundiendo en sus redes sociales y en los medios de su ciudad. Llevo recaudados 6.200.000 pesos, cuenta. Y confía en que quien quiera ayudarlo, pueda verlo como una inversión a futuro. Yo sueño con construir cohetes en mi país. Quiero formarme con los mejores pero después volver y contribuir a que la Argentina vuelva a ser una nación espacial, concluye. Más información: - Conocé más sobre Tomás a través de su cuenta de Instagram. Si querés ayudarlo, podés donar en el siguiente alias: universidadtomas - Para contactarte con él, podés escribirle a: tomasagustinlopreite@gmail.com - Si querés conocer más sobre Bis Blick, hacé click acá
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