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Concordia » El Heraldo
Fecha: 11/04/2026 06:33
Es tal vez el caos económico, social y mental que ha generado este gobierno, el que no nos permite tomar real dimensión de la gravedad del alineamiento que el Presidente argentino, con complicidad del Congreso, ha decidido en este conflicto bélico, embarcando a nuestro país en una guerra ajena y de consecuencias imposibles de imaginar. Los pueblos no quieren la guerra que representa un retroceso cultural y humano hacia la barbarie, un retorno de lo reprimido en el desarrollo civilizatorio decía Freud, quien sostenía que el mismo significaba un pasaje de la fuerza al derecho por el que los hombres sometían sus pulsiones destructivas al imperio de una Ley superior que regulaba sus conflictos de intereses. Con el Mito de la horda primitiva, el creador del psicoanálisis, explicaba el nacimiento de las leyes que pacificaban las relaciones entre los miembros de la comunidad. El brutal Padre de la horda dueño absoluto de la vida de sus hijos y de las mujeres, tirano brutal cuyo capricho era la ley, es asesinado por sus hijos que se comprometen a dejar vacío ese lugar del Poder absoluto y distribuirse los beneficios de vivir en sociedad acorde a una Ley igualitaria a la que cedían su egoísmo. Ambos conceptos son violados en la actualidad con un Imperio que- como el Padre primitivo de la horda- mata criminalmente, viola la soberanía de los países o secuestra Presidentes para apropiarse desembozadamente de las riquezas de otros, sin ningún apego al derecho internacional representado por una ONU totalmente desvanecida e impotente. La guerra es un crimen como lo definió Juan Bautista Alberdi cuando percibió lo que estaba en juego en la infame guerra de la triple alianza contra el Paraguay, los intereses del Imperio Británico contra el desarrollo industrial ejemplar de un país latinoamericano que se pretendía libre, soberano y con derecho a la independencia. En la guerra no se comprometen quienes la deciden, ni los representantes de los intereses económicos que las motivan sino personas del pueblo que ponen su vida a su servicio. El cine ha puesto en escena esta dramática y conmovedora realidad, en la que hombres matan hombres que ni siquiera conocen por motivaciones que no son las suyas, impulsados por agites patrioteros que los alienan. La extraordinaria película Sin novedad en el frente por ejemplo expresa claramente este drama de un modo conmovedor. En una escena estremecedora, el protagonista Paul Bäumer pelea cuerpo a cuerpo con un soldado francés, apretados ambos en ese cráter que oficiaba de trinchera. Paul atraviesa con su bayoneta al enemigo, a oscuras, sin ver su rostro, lleno de miedo y odio. El soldado abatido en el agujero no muere enseguida, agoniza toda la noche para desesperación de Paul quien logra percibir de un modo cruel el absurdo de la guerra y la muerte insensata entre seres humanos desconocidos. El otro que hay que matar para sobrevivir es un semejante, al que Paul advierte un rostro humano cuando amanece, que tiene familia e hijos que lo esperan ansiosos cuando la pesadilla finalice, como lo comprueba al quitarle una carta que lleva en sus bolsillos. Del mismo modo el arte cinematográfico ha manifestado alegatos pacifistas en películas tan maravillosas como El gran dictador del genial Charles Chaplin, que transforma el horror del nazi-fascismo en humor y profundo significado humanista. En este film que se estrena en 1940 Chaplin es autor, director, musicalizador y actor. Es la primera película sonora, a la que tanto se negaba y qué duda cabe- la mejor del siglo XX. Desempeña el papel de un barbero judío acosado por la persecución nazi y el del mismo Hitler (Hynkel en el filme). Plasma con una enorme belleza la grave estupidez de los poderosos que quieren dominar el mundo sometiendo y aniquilando a otros seres humanos. Es una clara exhibición de lo que sucede con el atavismo de la pulsión de muerte cuando triunfa, del odio y la discriminación cuando triunfan, de la voracidad y la ambición absurda cuando se imponen. Y de que solo la fuerza de la pulsión de vida, el amor y los lazos de identificación y solidaridad entre los hombres, la evolución de la cultura, de la sublimación a través del arte y la sensibilidad humana podrán superar. Así apuesta al ser humano y a Dios, a los soldados que se matan inútilmente en el frente, a pensar y desatarse de la alienación de la guerra en el discurso final de la película en la que el barbero confundido con el tirano dice estas famosas palabras que no nos privaremos de reproducir en estas líneas pues contienen una gravosa, triste y esperanzadora vigencia: El DISCURSO FINAL DE EL GRAN DICTADOR Lo siento, pero no quiero ser emperador. No es asunto mio. No quiero gobernar ni conquistar a nadie. Me gustaría ayudar a todos, si es posible: judíos, gentiles, negros, blancos. Todos queremos ayudarnos mutualmente. Así somos los seres humanos queremos vivir de la felicidad de los demás, no de su miseria. No queremos odiarnos ni despreciarnos. En este mundo hay lugar para todos y la buena tierra es rica y puede proveer, para todos. La vida puede ser libre y hermosa, pero hemos perdido el rumbo. La codicia ha envenenado las almas de los hombres, ha llenado el mundo de odio, nos ha arrastrado a la miseria y al derramamiento de sangre. Hemos desarrollado la velocidad, pero nos hemos encerrado en nosotros mismos. La maquinaria que nos da abundancia nos ha dejado en la miseria. Nuestro conocimiento nos ha vuelto cínicos. Nuestra astucia, dura e insensible. Pensamos demasiado y sentimos muy poco. Más que maquinaria, necesitamos humanidad. Más que astucia, necesitamos bondad y gentileza. Sin estas cualidades la vida será violenta y todo estará perdidoel avión y la radio nos han acercado. La esencia misma de estos inventos clama por la bondad humana, clama por la fraternidad universal, por la unidad de todos nosotros. Incluso ahora, mi voz llega a millones de personas en todo el mundo: millones de hombres, mujeres y niños desesperados, víctimas de un sistema que obliga a los hombres a torturar y encarcelar a personas inocentes. A quienes puedan irme les digo: no desesperen. La miseria que ahora nos azota no es sino el resultado de la codicia, la amargura de quienes temen el progreso humano. El odio de los hombres pasará, los dictadores morirán y el poder que arrebataron al pueblo volverá a él. Y mientras haya hombres la libertad jamás perecerá Soldados, no se entreguen a brutos hombres que los desprecian, los esclavizan, controlan sus vidas, les dicen qué hacer, qué pensar y qué sentir. Que los adiestran, los someten a dietas, los tratan como ganado, los usan como carne de cañón. No se entreguen a estos hombres antinaturales, hombres máquina con mentes y corazones de máquina. ¡8 No son máquinas! ¡8no son ganado! ¡¡son hombres! ¡Llevan el amor de la humanidad en sus corazones!¡no odian! Solo odian los que no son amados, los que no son amados y los antinaturales. Soldados, no luchen por la esclavitud, ¡luchen por la libertad! En el capítulo 17 de San Lucas está escrito El Reino de Dios está dentro del hombre, no en un solo hombre, ni en un grupo de hombres, ¡sino en todos los hombres!, ¡En ti!. Tú, el pueblo, tienes el poder: el poder de crear máquinas. ¡El poder de crear felicidad! Tú, el pueblo, tienes el poder de hacer de esta vida algo libre y hermoso, de convertirla en una maravillosa aventura. Entonces, en nombre de la democracia, usemos ese poder ¡unámonos todos. Luchemos por un mundo nuevo, un mundo digno que brinde a los hombres la oportunidad de trabajar, que dé a la juventud un futuro y a la vejez seguridad. Con la promesa de estas cosas, los brutos han llegado al poder. ¡Pero mienten! No cumplen esa promesa. ¡Jamás lo harán! ¡Los dictadores se liberan a sí mismos, pero esclavizan al pueblo!¡luchemos ahora para cumplir esa promesa!¡8Luchemos or liberar el mundo, por eliminar las barreras nacionales, por acabar con la codicia, el odio y la intolerancia. Luchemos por un mundo de razón, un mundo donde la ciencia y el progreso conduzcan a la felicidad de todos ¡Soldados! ¡En nombre de la democracia unámonos! (Discurso final de la película El gran dictador de Charles Chaplin. Ads
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