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» La Nacion
Fecha: 10/04/2026 01:06
- 11 minutos de lectura' Hace exacto medio siglo se estrenó la última película de Alfred Hitchcock, Trama macabra (disponible ocasionalmente en HBO Max), un film al que se le dio sólo la cobertura de palmadita en la espalda por quienes consideraban que bueno, Sir Alfred, ya está bien, a dormir a casa. Cuando se habla de la obra del realizador, se mencionan en general Psicosis o Vértigo como cumbres. En una época, los estudiantes de cine declamaban su amor furioso por La soga, siempre amantes del plano secuencia incluso si no saben para qué usarlo. Y por supuesto mucha gente conoce Ventana indiscreta. Probablemente sumen a las famosas del director Los pájaros e Intriga internacional, que en ciertos momentos de los setenta y ochenta eran plato fácil para llenar programaciones televisivas. Más allá de estas películas, es raro que el público general recuerde obras como El hombre equivocado, El caso Parradine o Frenesí. Quizás le suenen como ecos del remoto pasado títulos tan sonoros como Cuéntame tu vida o -seguramente el traductor/adaptador andaba con mal de amores aquella vez- Tuyo es mi corazón, aunque quizás no los relacione directamente con Hitchcock, romántico asustadizo que se hizo pasar por experto en temores y terrores. En el caso de Trama macabra, directamente estamos en el terreno ¿Cuál? ¿Esa es de Hitchcock?. Sí, es, y de las mejores comedias que hizo, además. Vamos por partes. Estamos ya en medio de los años setenta. El público ha dejado de ser timorato desde hace tiempo y Hitchcock lo sabe. De hecho, los primeros planos de Frenesí (1972, HBO Max) muestran el cadáver de una mujer completamente desnuda flotando en el Támesis, y el asesino de la trama primero viola de manera atroz a sus víctimas (la secuencia al respecto es de las más terribles que filmase el director, por otro lado siempre pudoroso). Estaba claro que el hombre que había influido en los grandes realizadores jóvenes que empezaban a surgir y rompían reglas no podía quedarse atrás. También que, como a muchos cineastas de su generación, filmar después de los setenta años se les hacía demasiado cuesta arriba. Ahí estaba Howard Hawks, perfectamente saludable y capaz de seguir filmando, sin rodar desde Río Lobo. Wilder tenía un poco más de suerte, pero no mucha. ¿Cukor? Haría finalmente a principios de los 80 Ricas y famosas, y nada más. Ford se fue después de 7 Mujeres, aunque podría haber filmado más. Una nueva guardia estaba tomando Hollywood por asalto, todos admiradores incondicionales de estos maestros y, principalmente, de Hitchcock. Mientras, el hombre era todavía un personaje fuerte en la Universal, donde logró sus mayores éxitos. Eminencia y referencia Podríamos decir, además, que Sir Alfred estaba un poco celoso de esa nueva generación. Es fama que cuando Steven Spielberg, que había terminado contra viento y -especialmente- mareas Tiburón y quiso conocerlo, Hitchcock se negó. Ese es el chico de la película del pez, se cita como respuesta desdeñosa. Hitchcock quizás había perdido (un poco) esa sincronización perfecta con el público masivo que lo convirtió en un ícono popular desde los años cuarenta. El maestro del suspenso, título que es un poco desdeñoso. Pero al mismo tiempo, mientras en los Estados Unidos de los cincuenta y sesenta había hasta golosinas con su nombre, los críticos y luego cineastas de Cahiers du Cinéma (Truffaut, Godard, especialmente Rohmer y Chabrol, que le dedicaron el primer libro sobre la obra de un cineasta de Hollywood hasta entonces escrito), lo consideraban un auténtico genio del cine, incluso un intelectual (a su modo). Hitchcock se divertía con eso. En el otro libro -El cine según Hitchcock, de Truffaut, en el que en largas entrevistas pasa revista a su obra- contaba que Chabrol y Rohmer lo fueron a ver con un grabador disfrazados de policía y de cura, respectivamente y que, en un típico momento Hitchcock de comedia irónica, cayeron a una pileta. La mención sirve para entender que, por muy desincronizado que estuviera el director, sabía qué pasaba a su alrededor. Sabía que era una referencia para muchísimos cineastas y, sobre todo, sabía que tenía que actualizar sus viejos trucos. También que no podía contar con las estrellas de antes: no sólo porque muchas se habían retirado o ya no atraían -por edad, sobre todo- al público, sino porque la actuación había cambiado completamente. Otro mito -corroborado por ambos protagonistas- es la relación que tuvo con Paul Newman en Cortina rasgada. La anécdota es muy conocida: Newman, hombre del método, pedía constantemente la motivación de su personaje. La respuesta de Hitchcock era su salario, señor Newman. Real o apócrifa, lo que Hitchcock sí dijo a Truffaut era que los actores del método como Newman no podían poner una cara neutra que le sirviera al realizador luego para montarla donde quisiera. Hitchcock ya no podía, con las herramientas incluso humanas que tenía el cine moderno, armar sus películas de la misma manera. Porque su método era el de un rompecabezas cuya clave sólo estaba... en su cabeza. Es cierto que fue el primer cineasta en utilizar de manera constante y consistente el story-board, dibujos que representan tanto cada plano de una película como los movimientos de la cámara a modo de una historieta desplegada sobre un pizarrón. Y que lo que más le aburría era filmar: Tengo toda la película en mi cabeza cuando entro a rodar. Me gustaría sólo poder sacarla de allí y listo. Y que filmaba pequeños pedazos que, al terminar el día, parecían inconexos hasta que todo estaba terminado. También era su trampa: tenía siempre el corte final simplemente porque nadie más sabía cómo iban esos trozos de film. Pero los presupuestos ya no eran lo de antes, lo creían viejo y por eso a veces tuvo problemas para terminar sus películas (el caso de Topaz, donde la muerte de Philippe Noiret tiene que quedar fuera de campo por falta de dinero para retomas). Y además se había peleado con su colaborador musical, Bernard Herrmann, parte central de su obra más importante, porque no utilizó la banda de sonido que compuso para Cortina rasgada. Los productores contrataron a la señorita (Julie) Andrews para el rol porque cantaba y querían una banda de sonido más pop. Es decir: al empezar los setenta, Hitch era aún una mente brillante pero carecía de la caja de herramientas con la que había redefinido gran parte de la narración cinematográfica y ganado, de paso, el favor del público. Regreso a Gran Bretaña Esa es la razón por la que Frenesí se hizo en Gran Bretaña, el gran regreso del maestro a su país de origen. Se nota, con su violencia, su humor negro cargado de truculencia (¡el dedo roto con sonido amplificado!) y su ironía trágica, que buscaba acomodarse a su tiempo. Hoy muchos ven ese film como una obra maestra y de hecho lo es, aunque es también lo más terrible y violento que filmó jamás, mucho más que Psicosis o que el retorcido melodrama con violación marital incluida de Marnie. De algún modo, la película anduvo bien, tuvo aplauso crítico y eso le permitió encarar otro proyecto, o varios. Al mismo tiempo, pensaba en un film de espionaje que transcurriría en un país escandinavo, con Walter Matthau como doble espía, Catherine Deneuve como sufrida esposa y un héroe que pudo ser tanto Sean Connery como Clint Eastwood (Eastwood es el que más cerca estuvo), The Short Night. Y Family Plot o Trama macabra, nuestra película hoy cincuentenaria, que fue la primera en realizarse. El elenco de Family... tuvo sus problemas. Hitchcock quería a William Devane, pero como Devane estaba ocupado, contrató a Roy Thinnes. Thinnes había alcanzado una gran popularidad por interpretar a David Vincent, el pobre arquitecto que descubre que la Tierra será poseída por malvados extraterrestres con meñique de utilería en la serie Los Invasores. Cuando ya había rodado varias secuencias, Devane volvió a estar libre y Hitchcock hizo despedir a Thinnes sin hablarle. El actor lo increpó luego en un restaurante: Hitchcock lo miró sin responderle una palabra hasta que se fue. Hay tomas del personaje, de espaldas, que es Thinnes, no Devane. Hitchcock era caprichoso, pero además era alguien extremadamente celoso del aspecto visual de sus películas. Si Devane era el elegido, es porque tenía en su cabeza la película completa con él y Thinnes no era más que un repuesto. Es la misma razón por la que su trato con Kim Novak en Vértigo fue fría y distante: había imaginado a Vera Miles en el rol de Madeline-Judy (incluso el vestuario era para ella) y Novak fue una alternativa de último minuto. El propio Hitchcock habla con bastante desdén de la que, para muchos, es su obra mayor. De todos modos, el elenco de Trama... era de gente conocida, pero no estrellas. Además de Devine, Karen Black, que casi era una estrella gracias a Busco mi destino, Nashville, Mi vida es mi vida y Aeropuerto 75 (curiosamente una película en la que Hitchcock hizo, sin acreditar y como favor al estudio, varios aportes técnicos); Bruce Dern, que era un actor popular -pero tampoco una estrella- entonces gracias a varios films clase B, acompañar a Jack Nicholson en El rey de Marvin Gardens, y roles en El Gran Gatsby (al lado de Robert Redford), además de haber casi debutado con el propio Hitchcock en Marnie. Y la protagonista principal, Barbara Harris, gran comediante que venía de brillar en Nashville -como Black- y brillaría ese mismo año junto a Jodie Foster en la primera versión de Un viernes de locos. Gente profesional, con trayectoria y capaz de filmar rápido (todos tenían gran experiencia en TV). Para un director de quien se desconfiaba por su edad, lo ideal. El film es una auténtica maravilla de humor. Dern y Harris son un par de estafadores de poca monta: él es taxista, pero investiga cosas para que ella, que se hace pasar por médium, engañe a algún cliente. Una mujer anciana quiere que encuentren a su heredero, un niño perdido dado en adopción: si lo logran, se ganarán 10.000 dólares (de entonces, una pequeña fortuna). Pero ese heredero es hoy un frío criminal que se dedica, con su pareja, a secuestrar gente y canjearla por diamantes. Las dos líneas se van a cruzar y los cazadores quedarán cazados por los otros cazadores. La ironía de la situación es típica de Hitchcock, de los más grandes ironistas del cine. Y también de los mayores humoristas: por primera, última vez, Hitchcock se ríe de Hitchcock. Se nota eso en detalles: de las teorías de la mujer rubia de sus películas (Ingrid Bergman, Grace Kelly, Kim Novak, Tippi Hedren) de la que hablaron los críticos de la teoría de autor, saca el gag de una rubia que es morocha aunque en la vida real es rubia (Black, con peluca que salía y entraba); de lo vertiginoso, repite a modo de parodia la secuencia del auto sin frenos bajando por un camino de montaña en Intriga internacional, esta vez especialmente grotesco. Y qué decir de las teorías religiosas (Hitchcock nunca hizo un secreto de su catolicismo; incluso hizo una película cuya trama gira alrededor del sacramento y misterio de la Confesión: Mi secreto me condena, con Montgomery Clift, Anne Baxter y Karl Malden...¿acaso odiaba realmente a los actores del método?), que aquí se resuelven con el cómico, absurdo secuestro de un obispo en plena catedral atestada de gente (ese otro tópico del crimen en medio del gran público). Hay mucho más: ver la película es ver a un señor divirtiéndose con lo que decían que era su obra. La película fue mirada con bastante desdén por la crítica y recibió palmaditas en la espalda porque miren, la película de Hitch, señor mayor. Lo homenajeaban, pero no le dieron importancia. Aún así, The Long Night pudo entrar en preproducción, hacia 1979, pero Hitchcock la dejó de lado: no se sentía bien, renunció al proyecto y fallecería pocos meses más tarde. Con el tiempo, cuando finalmente fue consenso incluso académico (se sabe: la Academia siempre llega tarde y cuando no corre el riesgo de embarrar su pedestal) que Hitchcock era un auténtico maestro del cine, se revalorizó ese humor tierno, zumbón, de guiñada de ojo para el espectador que siempre difrutó con las películas de Sir Alfred. El cameo típico del director, profético y de humor negro, es su silueta detrás de un vidrio que reza Registro de nacimientos y defunciones. Un último chiste del hombre que siempre supo demasiado.
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