Contacto

×
  • +54 343 4178845

  • bcuadra@examedia.com.ar

  • Entre Ríos, Argentina

  • La película muda del reconocimiento facial

    » Clarin

    Fecha: 08/04/2026 06:33

    El otro día fui para hacer un trámite a una sucursal de un conocido banco y la cantidad de gente indicaba una larga espera. Al rato me llamó la atención un señor ya mayor que se acercaba a una ventana con su celular y, enfrentándolo, se ponía a hacer una serie de morisquetas mientras lo movía como un poseso. Allí llegó una empleada que lo condujo a un box, donde juntos siguieron un misterioso diálogo con el adminículo. Poco después la escena se repetía en otro box, esta vez con una muchacha joven y una empleada, dos personas luchando con un teléfono móvil. Al estar ubicado lejos, no podía saber de qué hablaban y parecía una desopilante y ridícula película muda que mostraba a personas adultas haciéndole caras a un objeto inanimado. Le pregunté a una empleada y me explicó que para hacer un cierto trámite el banco le exige al cliente realizar un reconocimiento facial (RF) en el celular, lo que a la gente (sobre todo a las personas mayores) le resultaba muy difícil. De hecho de cuatro personas que atendían al público, dos estaban tratando de ayudar a un cliente para atravesar el proceso. Pocos días después me tocó pasar por la experiencia RF: necesitaba ingresar a mi teléfono una aplicación de un organismo público, sin la cual no podía tramitar un documento (aparentemente el uso del celular ha pasado a ser obligatorio). Para validarla (eso es, que se ponga en funcionamiento), había que hacer un RF, lo que acepté inocentemente dado que la máquina me aseguraba que era un trámite simple y rápido. Y allí comenzó mi ingreso al mundo del cine mudo (obviamos en este caso las maldiciones e interjecciones). Primero aparece en la pantalla un óvalo vacío y una voz desconocida indica ubique su cara en el óvalo hasta que se pinte de verde. Inicié una serie de imaginarios forcejeos con el aparatito tratando de cumplir las órdenes que me iba dando como acerque (o aleje) la cara al celular. Lo hacemos, lo bajamos y subimos, movemos la cara, abrimos y cerramos los ojos hasta que nos ordena sonría hasta que escuche un sonido. Allí se nos plantea una situación difícil: ¿qué sonrisa? ¿gardeliana, canchera, insinuante? y finalmente producimos una mueca simplemente ridícula, Y así seguimos cumpliendo lo indicado con diligencia y temor reverencial hasta que la pantalla se apaga y es reemplazada por un espiral giratorio, que evidentemente indica que la cosa se está procesando correctamente... hasta que aparece un cartel fatídico no pudimos hacer el reconocimiento, pruebe otra vez. Impulsados por un notable optimismo, repetimos infructuosamente el proceso, hasta que entre variados epítetos irreproducibles abandonamos. Pero como no cumplir con el RF impide seguir adelante con el trámite, volvemos más tarde a la carga hasta que en un último intento y sin saber muy bien porqué, aparece el signo de haber tenido éxito. A la usualmente difícil y compleja relación con las nuevas tecnologías se le ha agregado el ya famoso reconocimiento facial, una exigencia que nos hace el celular para obtener nuestra aparentemente indispensable adscripción al mundo cibernético. Como suele suceder con las nuevas tecnologías importadas que se trasladan al ámbito criollo, no se trata en este caso que la idea es mala en sí misma, posiblemente bien realizada sea segura y eficaz. Claro, sería bueno que entre nosotros el proceso de su instalación fuera un poquito más amigable, claro y eficiente. Así como está, ¡es un pasaporte seguro para reclutar airados adictos a la antitecnología! Sobre la firma Newsletter Clarín

    Ver noticia original

    También te puede interesar

  • Examedia © 2024

    Desarrollado por