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Paraná » 9digital
Fecha: 07/04/2026 08:04
Sacarse de encima Trámites, reclamos, compras, relleno de empanadas, formularios completos, fotocopias, ruedo del pantalón, encargue de comida de fin de año: ya te lo sacaste de encima. Sonaba como un alivio, como haberse quitado un poncho pesado entre las tareas por hacer. Hoy pienso pegada a la cara de la muerte en los apuros, en las urgencias por tachar casilleros de pendientes. Y pienso en los rituales y en cómo el tiempo condensa la fibra de la pausa. Escribo sola, sin otras cosas que puedan quitarme de la hoja, las aparto como si espantara un bicherío que se mete entre las pestañas mientras avanzo. Tiempo. Una palabra tras otra, se acomodan las ovejas que saben que deben marcar el camino de regreso una y otra vez, la estría sobre la tierra que abren las hormigas, el trazo espumoso de un avión a chorro (cachorro, dice mi hija, avión cachorro). A papá lo velaron unas horas, pasaron por ahí los vecinos de mi infancia, los amigos de cada hijo de mi padre y mi madre, sus compañeros de trabajo, por un momento sentí estar en Bahía, la pizzería que frecuentaba todo el pueblo en mi adolescencia, en otro vi las caras de una misa de otoño, en otro confundí la sala con el patio de la escuela con la Virgen y los ex alumnos pasando a recibir medallas, las caras de una fiesta del club, las sombras de algo que habíamos sido con sus distorsiones. Me gustó un gaucho que estancó su cuerpo para dar la mano a cada uno que entraba al velatorio con la cara afligida. Los perros que se echaron delante del Sagrado Corazón en la iglesia, las campanas de fondo mientras una mujer me preguntaba por mamá, la risa a destiempo con mi sobrina cuando el cura dijo face to face, las manos de seis varones que apretaban las argollas de cobre y caminaban parejos. Tiempo. Unas palabras repetidas lo siento mucho, un abrazo sentido, uno torpe y apurado, uno cargado de nostalgia, otro con la complicidad de las anécdotas, los te quiero colados para decirnos en el apuro algo que escapara a esa dinámica de ya pasé a saludar, ya me saqué temprano eso de encima aunque sí, también, ya algo se quitó de encima y a veces pelar el cuero del peso que arrastramos, duele. Me gustó la luz que bailaba en el candelabro. La ficción de la ceremonia. La poesía de la liturgia. Una palma que mojamos y salpicamos sobre el féretro con agua bendita. El gaucho ajustando los tornillos junto a los hombres del servicio. El error del apellido. Savallo con letras doradas. La insistencia de morirnos y asombrarnos. El desarme de la soberbia de la vida. La imposición del triunfo de los gestos. Un afecto que flota. Tiempo para volver a acomodar el sueño, para juntar como si fuesen hebras de vidrio las partes del relato desparejo, el ademán de acercar la espina dorsal a un abismo. La mirada afilada para recibir la nueva fundación de una arqueología necesaria. Los olvidos en la casa. Estos días he confundido en qué calle doblar, he ido a buscar la leche para la chiquita y vuelto sin saber qué estaba haciendo, he pensado en estos desconciertos con asombro. Contesté tres veces cosas diferentes a las que me preguntaron. Cavilo sobre estos momentos. Quizás, aunque yo mirara siempre a mi madre para moverme como si la brújula estuviera organizada en su esqueleto, que mi padre muera deja la espalda al descubierto. Una pérdida, dicen. Una perdida pienso. Sin el contrapunto con el que dialogué toda mi vida, entre la luz y la sombra. Las cosas se deshacen. Papá mantendrá el silencio que siempre nos separó pero ahora por obligación, me ganó el retruco. Pensé ayer en la voz. Nenita, estás hermosa. El fin de ese estancamiento que hacía resurgir la infancia. Cuando sellaban la madera, recordé que papá corría un trecho atrás de los autos. Eso pasaba los domingos, mi hermana o mi hermano ya casados y con hijos visitaban a mis padres. Al irse, bajaban la ventanilla y saludaban. Mamá demoraba la partida acarreando pequeños regalos y vistas de nuevo al cuadro del Plim Plim. Él esperaba como un perro ansioso que arrancaran, ahí corría media cuadra saludando mientras lxs nietos se reían. Ayer perseguimos su féretro, lentamente. Otro tiempo para que las cosas vuelvan.
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