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» La Nacion
Fecha: 06/04/2026 10:09
Vínculos sorprendentes entre el autismo y el Alzheimer podrían cambiar la forma en que tratamos ambos La idea de que dos afecciones situadas en extremos opuestos de la vida podrían estar vinculadas desde el punto de vista biológico empieza a poner en cuestión supuestos de larga data en la neurociencia, al desdibujar una división conceptual que moldeó el campo durante décadas - 14 minutos de lectura' WASHINGTON.-A Joseph Buxbaum, al principio, la hipótesis no lo convencía. Cuando hace algunos años comenzaron a aparecer en la literatura médica los primeros indicios de una posible conexión entre el autismo y el Alzheimer, le resultaron inverosímiles: una es una condición asociada al desarrollo temprano del cerebro; la otra, un proceso que impulsa el deterioro cognitivo en la vejez. Sin embargo, las señales continuaron acumulándose y con el tiempo su escepticismo dio paso a una nueva línea de investigación que podría transformar la manera en que los científicos entienden ambas enfermedades. Llegué a esto a los empujones. No quería creerlo, contó Buxbaum, profesor de psiquiatría, neurociencia y ciencias genéticas y genómicas en la Escuela de Medicina Icahn del Mount Sinai. Durante mucho tiempo, el autismo fue tratado casi exclusivamente como una condición infantil, con escasa atención a cómo evoluciona a lo largo de la vida. Reconocido formalmente por primera vez como un diagnóstico diferenciado en 1980, pasó en gran medida inadvertido en las generaciones mayores. Solo en los últimos años a medida que creció la conciencia social y la primera gran cohorte diagnosticada comenzó a llegar a la mediana edad los investigadores empezaron a estudiar a adultos autistas en etapas posteriores de la vida. Los datos disponibles siguen siendo limitados. Un análisis publicado el año pasado reveló que solo una pequeña fracción de los más de 40.000 artículos científicos sobre autismo publicados entre 1980 y 2021 incluía a personas mayores de 50 años. Aun así, el número de investigaciones sobre el envejecimiento en personas autistas está creciendo con rapidez. Los avances en imágenes cerebrales, secuenciación de ADN y biología molecular están dejando al descubierto solapamientos notables entre el autismo y el Alzheimer, señalan los especialistas: en los genes, en los circuitos neuronales, e incluso en los patrones de enfermedad. La idea de que dos afecciones ubicadas en extremos opuestos del ciclo vital podrían estar biológicamente conectadas comienza así a trastocar supuestos arraigados en la ciencia del cerebro, diluyendo una frontera que durante décadas estructuró el campo. Algunos investigadores empezaron a verlas como procesos entrelazados: comprender el Alzheimer podría requerir mirar hacia atrás, a cómo se desarrolla el cerebro, y los conocimientos sobre el autismo podrían, a su vez, reformular la manera en que se entiende el Alzheimer. Buena parte de esta investigación aún se encuentra en una etapa inicial y en algunos casos presenta resultados contradictorios o especulativos. Todavía no demuestra que el autismo y el Alzheimer formen parte de un único continuo biológico. Sin embargo, las implicancias son profundas: ambas afecciones siguen siendo difíciles de comprender y de tratar, y estudiarlas de manera conjunta podría abrir nuevos caminos para la intervención. Existen indicios sólidos de que algo está ocurriendo, de que las diferencias tradicionales que separan al neurodesarrollo de la neurodegeneración pueden ser, desde el punto de vista biológico, bastante artificiales, sostuvo Andy Shih, director científico de Autism Speaks, una organización de defensa que financia investigaciones y que está poniendo cada vez más atención en esta área emergente. Riesgo inesperado Separados por décadas, tanto el autismo como el Alzheimer tienen raíces en el mismo circuito vivo: el cerebro humano, una red de miles de millones de neuronas y billones de sinapsis que se conecta y se reconecta de forma constante a lo largo de la vida. En un caso, esas conexiones se forman de manera diferente; en el otro, se van deshaciendo lentamente. La posible relación entre ambas afecciones llamó la atención por primera vez a fines de los años 90 y comienzos de los 2000, a partir de hallazgos inquietantes: informes de casos de adultos autistas que desarrollaban demencia a una edad temprana. Más recientemente, estudios de mayor escala, basados en datos poblacionales, comenzaron a sugerir que este grupo podría tener un riesgo más elevado. Las cifras concretas son difíciles de precisar. Muchas personas que hoy tienen más de 65 años nunca fueron identificadas como autistas, lo que complica las estimaciones sobre cuántas integran el espectro. Sin embargo, si la prevalencia fuera similar a la observada en niños aproximadamente uno de cada 31, los investigadores calculan que el número podría alcanzar los 1,97 millones [solo en los Estados Unidos]. Y si se tiene en cuenta que uno de cada nueve estadounidenses de esa edad padece Alzheimer, el solapamiento potencial podría rondar las 220.000 personas. Brian Lee, epidemiólogo de la Universidad de Drexel, mencionó un análisis de 2021 de registros de Medicaid publicado en la revista Autism Research, que encontró que las personas con autismo tenían alrededor de 2,6 veces más probabilidades de ser diagnosticadas con Alzheimer de inicio temprano y demencias relacionadas en comparación con la población general. Ese trabajo fue replicado en 2025 en una carta de investigación publicada en JAMA, que arribó a conclusiones similares a partir de datos de Medicaid y Medicare. Los vínculos del autismo con otros trastornos cerebrales también podrían extenderse más allá del Alzheimer. Algunos estudios apuntan, por ejemplo, a un mayor riesgo de enfermedad de Parkinson, una afección neurodegenerativa que afecta el movimiento y provoca temblores, rigidez y lentitud. Estos hallazgos dispararon una serie de interrogantes. Algunos son de carácter práctico y se centran en la salud de las personas a lo largo de toda la vida: ¿las barreras en la comunicación dificultan el acceso a una atención médica adecuada? ¿Las rutinas vinculadas al ejercicio físico son diferentes? ¿Cuáles son los efectos a largo plazo de determinados medicamentos? ¿Y los problemas de coordinación pueden derivar en más golpes en la cabeza? A todo esto se suma otro factor: un nivel de estrés elevado a lo largo de la vida. La idea es que el autismo, como condición, conduce a cambios en el estilo de vida que podrían predisponer a la neurodegeneración, explicó Lee. Sin embargo, los hábitos de salud y el entorno no parecen explicar por sí solos el patrón observado. Cada vez más, los investigadores advierten que el solapamiento entre el autismo y el Alzheimer es más profundo y se adentra en la biología misma. Sinapsis vacilantes En ningún aspecto el solapamiento entre el autismo y el Alzheimer resulta tan evidente ni tan concreto como en la creciente lista de genes que ambas afecciones tienen en común. Una revisión publicada en 2025 en la revista International Journal of Molecular Sciences identificó al menos 148 genes compartidos, muchos de ellos vinculados con los mismos procesos fundamentales que dan forma al cerebro y lo sostienen a lo largo del tiempo. La lista es extensa y continúa ampliándose. MECP2, ADNP, GRIN2B, SCN2A, NLGN, CNTNAP2: varios de estos genes desempeñan un papel central en la manera en que las células cerebrales se conectan entre sí, transmiten señales y se adaptan con el paso de los años. No todas sus funciones están plenamente comprendidas, pero en conjunto apuntan a un denominador común: las modificaciones en el número, la calidad y la ubicación de las sinapsis los puntos de contacto donde las neuronas se comunican pueden influir tanto en cómo se configuran las mentes como, más adelante, en cómo comienzan a deteriorarse. Entre los genes compartidos se encuentra SHANK3, uno de los más conocidos en la investigación sobre el autismo. En el autismo, las mutaciones en SHANK3 que codifica una proteína del mismo nombre, encargada de actuar como una suerte de andamiaje estructural en las sinapsis y facilitar la comunicación entre neuronas pueden interrumpir esas conexiones en etapas tempranas del desarrollo, alterando la formación de los circuitos neuronales. En el Alzheimer, en cambio, se comprobó que los niveles de esa misma proteína disminuyen a medida que avanza la enfermedad, un cambio asociado con la pérdida progresiva de conexiones. Buxbaum, que lleva décadas estudiando el Alzheimer, investiga este solapamiento de manera directa. En su laboratorio, ratones modificados genéticamente con mutaciones en SHANK3 y características similares al autismo son entrenados para recorrer laberintos: primero deben aprender la ubicación de un objetivo y, luego, volver a aprenderla cuando cambian las reglas. Con el envejecimiento, los animales muestran dificultades para adaptarse y tardan más en reaprender la tarea. Esos déficits reflejan un rasgo característico del Alzheimer: la pérdida de flexibilidad cognitiva. Sin embargo, los ratones plantean una paradoja. A pesar de esas dificultades, muestran una resistencia inusual a desarrollar una patología completa similar a la demencia. Hay que duplicar o triplicar la introducción de factores dañinos en el cerebro del ratón para siquiera obtener algo que se parezca al Alzheimer, explicó Buxbaum. Aunque los cerebros de ratón se utilizan de manera habitual en la investigación neurocientífica, existen diferencias fundamentales con los cerebros humanos que limitan la extrapolación de los resultados. Aun así, esa resistencia observada en los animales podría aportar pistas valiosas: si los científicos logran comprender qué es lo que protege a los cerebros de los ratones, tal vez puedan identificar mecanismos que, en el futuro, resulten aprovechables en personas. Limpieza celular Incluso en reposo, el cerebro se mantiene activo y desordenado. Con aproximadamente 170.000 millones de células, genera de manera constante residuos que deben eliminarse para que sus circuitos funcionen correctamente. Muchos de los genes compartidos entre el autismo y el Alzheimer convergen en un mismo sistema: la llamada limpieza celular. Alrededor de la mitad de esos genes están vinculados con la vía mTOR, que regula la autofagia, el proceso mediante el cual las células eliminan desechos, reciclan componentes y se liberan de proteínas tóxicas. Cuando ese sistema falla, las consecuencias profundas se manifiestan de forma gradual. Los residuos se acumulan. Las proteínas se pliegan de manera incorrecta. La comunicación entre las neuronas empieza a degradarse. Con el tiempo, plantean los investigadores, estas alteraciones podrían contribuir tanto a modificar el desarrollo cerebral como a desencadenar el tipo de degeneración que se observa en el Alzheimer. En un artículo de carácter mayormente interpretativo publicado en enero en la revista Frontiers in Neuroscience, un grupo de investigadores describió posibles puntos en común en los hallazgos de resonancia magnética entre el autismo y el Alzheimer, en particular en relación con el sistema glinfático: una red presente en todo el cerebro que ayuda a eliminar desechos metabólicos, especialmente durante el sueño. Se reportaron patrones como el agrandamiento de los espacios alrededor de los vasos sanguíneos y un aumento de líquido en torno al cerebro en ambas afecciones, aunque remarcaron que se trata de hallazgos preliminares. El trabajo tiene un carácter fundamentalmente generador de hipótesis: si bien sugiere la existencia de vías biológicas compartidas, no establece un vínculo directo entre el autismo y el Alzheimer. William Phillips, médico especialista en medicina nuclear en UT Health San Antonio y uno de los autores del estudio, explicó que los resultados llamaron su atención porque el sistema de limpieza del cerebro está estrechamente relacionado con el sentido del olfato. En el Alzheimer, la pérdida del olfato suele preceder a los problemas de memoria. Y aunque en el autismo se han reportado alteraciones olfativas, durante mucho tiempo fueron consideradas una simple particularidad sensorial, más que una posible señal de la salud cerebral. Al poner el foco en estos mecanismos, escribieron los autores, los científicos podrían llegar a desarrollar estrategias de tratamiento integradas que aborden ambos trastornos de manera simultánea, mejorando en última instancia la calidad de vida de las personas afectadas. Arquitecturas cerebrales Con el avance de las técnicas de imágenes cerebrales, los investigadores ahora pueden observar cómo estas afecciones se manifiestan en cerebros vivos y los patrones comienzan a mostrar similitudes inesperadas. Durante años, tanto en el estudio del autismo como en el del Alzheimer, la investigación se concentró en regiones cerebrales aisladas: qué áreas eran más grandes o más pequeñas, más o menos activas. Por ejemplo, a los científicos les llamó la atención que el Alzheimer estuviera asociado con la contracción de una región conocida como la amígdala, vinculada con la emoción, el miedo y el procesamiento social. En el autismo, en cambio, la amígdala suele aparecer agrandada, aunque los resultados han variado según la edad de las personas estudiadas y el diseño de los trabajos. Cada vez más, sin embargo, el foco se desplazó de las regiones individuales a las conexiones entre ellas: las redes que permiten que el cerebro funcione como un conjunto integrado. En dos campos que durante mucho tiempo avanzaron por separado, los investigadores convergieron, en los hechos, en una misma idea. En el autismo, los hallazgos presentados el año pasado en la conferencia anual de la Asociación Neuropsiquiátrica Estadounidense sugieren que la densidad y la fortaleza de las conexiones sinápticas pueden correlacionarse con el nivel de funcionamiento. En algunos casos, una conectividad más sólida se asocia con un mejor desempeño en la vida cotidiana. En el Alzheimer, en cambio, la pérdida de esas mismas conexiones se correlaciona de manera muy estrecha con el deterioro cognitivo, y algunos especialistas consideran que puede tratarse de un indicador anatómico más preciso que la acumulación de placas amiloides o de los ovillos formados por la proteína tau, durante mucho tiempo considerados los rasgos definitorios de la enfermedad. Cómo evolucionan esas conexiones neuronales con el paso del tiempo y qué puede revelar ese proceso sobre el envejecimiento en el autismo y sus posibles vínculos con el Alzheimer se convirtió en una pregunta central, que investigadores como B. Blair Braden comenzaron a explorar. Braden dirige el Laboratorio de Autismo y Envejecimiento Cerebral de la Universidad Estatal de Arizona y lleva más de una década reclutando a decenas de adultos autistas del área metropolitana de Phoenix, a quienes convoca una y otra vez para realizarse estudios de imágenes cerebrales. Su primer trabajo importante sobre el tema, publicado en 2022, detectó cambios en el hipocampo una región clave para la memoria, que se contrae con la edad tanto en adultos autistas como en personas no autistas, aunque de manera más marcada y más temprana en quienes tienen autismo. A Braden le sorprendió comprobar hasta qué punto los estudios por imágenes parecían contar una historia similar a la que emergía de la investigación genética y molecular. Es increíble ver cómo los resultados empiezan a encajar, señaló. Nueva esperanza Lo que está emergiendo de este y otros laboratorios de investigación no es solo un cambio en la manera de pensar estas afecciones, sino también los primeros esbozos de nuevas estrategias terapéuticas. El trabajo de Braden, junto con hallazgos de otros equipos, apunta a una reorientación en los tratamientos del Alzheimer: dejar de enfocarse exclusivamente en el amiloide y la tau, y avanzar hacia las sinapsis y la conectividad como posibles objetivos terapéuticos. Al mismo tiempo, otra línea de investigación avanza en sentido inverso: la tau, uno de los sellos distintivos del Alzheimer, también podría desempeñar un papel en el autismo. En San Francisco, científicos de los Institutos Gladstone informaron en 2020, en la revista Neuron, que lograron prevenir los síntomas centrales del autismo en ratones que modelaban algunas de las formas más graves de la afección al reducir los niveles de tau en un 50 %. Estudios de seguimiento, que serán publicados próximamente, mostraron que ese efecto no fue transitorio, sino que se mantuvo a lo largo de toda la vida, según explicó Lennart Mucke, autor principal del trabajo y profesor de neurociencia en la Universidad de California en San Francisco. En el cerebro, la tau actúa como una suerte de regulador de lo que Mucke definió como la excitabilidad de las células cerebrales. Reducir sus niveles, explicó, puede ayudar al cerebro a enfriarse o a suprimir una vía que se encuentra hiperactiva y que genera conexiones neuronales anómalas. Imaginen una orquesta: la idea es que todos toquen en armonía, dijo Mucke, director del Instituto Gladstone de Enfermedades Neurológicas. Si el director falla, aparece la desregulación. El desafío por delante, tanto en el autismo como en el Alzheimer, concluyó, es aprender cómo recuperar esa armonía. Por Ariana Eunjung Cha
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