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Gualeguaychu » Reporte2820
Fecha: 05/04/2026 16:36
Juan Olivera, el rostro de un Jesús que conmovió a la ciudad El silencio del viernes fue distinto. No fue un silencio vacÃo, sino cargado de emoción, de respeto, de oración. En medio de una multitud que acompañó cada representación del VÃa Crucis, hubo una figura que logró detener el tiempo: la de Juan Olivera, el hombre que encarnó a Jesús y conmovió a miles. Detrás de esa imagen que impactó profundamente, hay una vida sencilla. Juan tiene 51 años, está casado con Inés Altuna, es padre de cuatro hijos Luca, Leandro, Julián y Miriam y trabaja como comerciante en su negocio de antigüedades. Pero su identidad va mucho más allá de lo cotidiano: su compromiso con la fe es parte central de su vida. Integra la comunidad del Santuario Diocesano Nuestra Señora de Lourdes, donde además cumple un rol activo en Cáritas, tanto a nivel parroquial como diocesano, y acompaña desde hace años la catequesis prematrimonial. Nada de eso, sin embargo, alcanza para explicar lo que ocurrió durante el VÃa Crucis. Interpretar a Jesús nunca va a alcanzar para comprender todo el dolor que realmente sintió, le dijo a R2820 con una humildad que atraviesa cada una de sus palabras. Sabe que lo suyo fue apenas una representación. Pero también sabe que esa representación lo transformó. Fue la segunda vez que asumió ese papel. Y aunque las escenas se repiten, la experiencia fue completamente distinta. Más Ãntima. Más profunda. Más intensa. Recuerda especialmente el momento del Huerto de los Olivos. AllÃ, sin proponérselo, sintió ganas de llorar. Una emoción que no estaba ensayada, que simplemente apareció. Como si algo lo atravesara desde adentro. Pero fue en la crucifixión donde comprendió la dimensión de lo que estaba ocurriendo. Desde la cruz, dice, no se ve demasiado. Pero se percibe todo. Se siente el silencio, el respeto. La gente estaba rezando de verdad, cuenta. Y en esa percepción hay algo que lo marcó: en medio de la multitud, del ruido exterior, de lo que podrÃa haber sido solo una representación más, el pueblo logró entrar en oración. Ese momento, invisible para muchos, fue uno de los más poderosos. Sin embargo, hubo otro aún más difÃcil: la muerte. Cuando cerré los ojos, pensé que Jesús realmente murió en la cruz. Y eso es muy difÃcil de comprender, explica. Habla del dolor, de la angustia, de algo que trasciende lo humano. Y reconoce que ese instante fue el más duro de atravesar. Después, todo fue distinto. Llegaron los mensajes, los saludos, el reconocimiento de quienes lo vieron. Pero entre tantas muestras de afecto, hubo una que lo quebró por dentro: una niña de unos siete años que se acercó con un dibujo hecho durante el VÃa Crucis para sacarse una foto con él. Eso fue lo que más me impactó, dice. Ese gesto simple, genuino, se convirtió en el recuerdo más valioso de todos. Lo curioso es que Juan no pensaba volver a interpretar a Jesús. HabÃa decidido que la primera vez serÃa la única. Pero la vida o, como él mismo dice, Dios tenÃa otros planes. Seguramente Dios quiso que fuera de nuevo, reflexiona. Y algo cambió. No solo en su decisión, sino en su manera de mirar el VÃa Crucis. Hoy siente el deseo de repetir la experiencia, pero también de profundizarla, de pensar cómo transmitir aún más ese mensaje, cómo involucrar más a la comunidad, cómo hacer que cada persona lo viva desde adentro. Porque para él, el VÃa Crucis no es teatro. Es fe. Yo me confÃo al EspÃritu Santo, que Él sea quien viva en mÃ, explica. Y tal vez esa sea la clave de todo. Muchos le dijeron que no parecÃa él. Que habÃa algo distinto. Y es posible que asà haya sido. Porque por un instante, en esa noche de recogimiento y emoción, Juan Olivera dejó de ser un comerciante, un padre, un vecino más. Se convirtió en un puente. En una expresión viva de la fe de un pueblo. Una representación, sÃ. Pero también algo más difÃcil de nombrar. Algo que no se actúa. Algo que se siente.
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