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Fecha: 05/04/2026 07:17
¿Cuántas veces escuchamos el famoso yo no buscaba nada? Pero como enseñó Freud, el no viene a negar aquello que en el inconsciente deseamos con fervor. Esmeralda tenía una vida armada. Un matrimonio de más de quince años, cuatro hijos, una rutina estable. Yo no buscaba nada, dice pisando el palito. Había aprendido a moverse en el mundo de las energías, de lo espiritual, de lo invisible. Creía en lo que no se ve. Pero no creía ni por un segundo que algo así pudiera pasarle. Jamás le había sido infiel a su marido. Ni siquiera con el pensamiento. Hasta ese día. Leé también: La historia del hombre que eligió no renunciar a sus dos amores y vivió 50 años entre dos familias Todo empezó en el invierno de 2022, una semana después de su cumpleaños. Estaba acompañando a mi marido a vender una moto. Íbamos discutiendo re mal y yo empecé a sentir algo raro, cada vez que siento eso en el estómago algo termina pasando. Su esposo había comprado el vehículo por las redes para revenderlo, sin saber que era robado. Hubo denuncia, operativo, golpes, detención. De pronto, su vida quedó atravesada por un entorno desconocido. Una vez en la comisaría, Esmeralda esperaba sentada en el piso de lo que llaman el buzón, una celda improvisada donde el tiempo se vuelve espeso. Afuera todo era ruido; adentro, una especie de suspensión. Pensaba en sus hijos, en su marido, en lo que vendría. Cuando levantó la vista, en medio del caos, apareció él: Cristian, el jefe de calle. Apoyado contra una pared, mirando el celular. Jeans, remera azul con la placa que anunciaba Policía, el cuerpo firme, la presencia imposible de ignorar. Alto, rubio, ojos verdes. Lo primero que pensé fue: qué lindo poli, se sincera efusiva. En medio de la tensión, hubo algo más. El poli fue el único que se acercó a preguntarle si estaba bien, si había tomado agua, si necesitaba algo. Mientras todo alrededor era hostil, ese hombre le transmitió algo inesperado: calma. Me dio paz y seguridad. Y al mismo tiempo, no entendía nada. Era amor y odio por la situación. En ese momento fue el único de todos los que estaban ahí que estaba preocupado por mis hijos y que me den agua, que me hidrate. Me preguntaba si estaba bien. ¡Sentí mucha protección!, recuerda como quien habla del instante mágico. Esmeralda sintió y siente cada vez con más ardor una mezcla de sensaciones: por un lado estaba deslumbrada por algo que ni ella entendía. Jamás había mirado a otra persona en mis 16 años de casados, y que me pasara algo así, dice todavía anonadada de su propia novela. Fue un momento angustiante, horrible pero cuando lo vi, fue como si algo se encendiera. Pensé: no puede ser que exista un policía tan lindo. No era solo físico. Era otra cosa. Algo inmediato, inexplicable. Ella tenía 40. Él, 27. Durante los días en que su marido estuvo detenido, Esmeralda iba a la comisaría a llevarle comida. Y ahí empezó algo mínimo: miradas, saludos, pequeños gestos. Cristian no era un hombre amable. Más bien lo contrario. Callado, seco, distante. Pero con ella era distinto. Se acercaba, me hablaba, me preguntaba cómo estaba. Esmeralda estaba completamente sola. Sus padres estaban de viaje, sus hermanos vivían en el exterior, y de golpe tenía que sostener todo: cuatro hijos, abogados, trámites, pánico. No entendía nada de ese mundo. Iba todos los días a la comisaría y me sentía desbordada. Y en esa película de terror, Cristian volvía a aparecer. ¿A rescatarla? A la semana, cuando Esmeralda fue a retirar unas pertenencias, pasó algo que le quedó grabado en el cuerpo. Me agarró fuerte de la cintura. Muy fuerte. Me fui pero es el día de hoy que todavía tengo esa sensación, dice mientras se abraza a sí misma. Fue un gesto mínimo, casi invisible para cualquiera que estuviera mirando. Pero para ella fue un quiebre hermoso. Nada más pasó. O eso creyeron. La causa se cerró. La vida fluyó. Hasta que un día, cuando Esmeralda fue a retirar su camioneta que permanecía secuestrada, Cristian le pidió el teléfono. Por cualquier cosa. No era por cualquier cosa. Nada es por cualquier cosa. Al principio fueron mensajes sueltos. Distantes. Dos personas que sabían que había una línea que no se debía cruzar. Pero esa raya empezó a correrse. Las conversaciones siempre las inicia él. Un hola, un audio y ya sabemos todo del otro, cuenta Esmeralda cambiando sutilmente al tiempo verbal, dando a entender que este romance sigue más vigente que nunca. Desde aquel entonces, se escriben todo el día. Borran mensajes. Se esconden. Vuelven a escribir. Es el primer mensaje del día. El último. Todo. Él la tiene agendada como Rubí. Dice que soy algo que quiere cuidar. Que no quiere que se rompa. Ella lo tenía agendado con el nombre de su mejor amiga; ahora directamente no lo tiene agendado: Tengo un marido muy celoso y controlador. En cierta oportunidad, una excusa absurda una denuncia por una obra en su casa hizo que la policía volviera a tocarle la puerta. Y aunque él ya no trabajaba en esa zona, de algún modo, estuvo ahí. Ese día, ella le escribió. Así, hablaron durante semanas que se hicieron meses. Sin verse. Todo virtual: Chats que atravesaban las pantallas. Hasta que en enero de 2023 quedaron en encontrarse por primera vez. La cita tenía lugar a cinco cuadras de la casa de Esmeralda. Cristian la esperaba en su camioneta. Le llevó un chocolate Milka. Me dio tanta ternura, expresa con lágrimas de emoción. Hablaron diez minutos. Nada más. Pero antes de que ella se bajara, él avanzó. El beso fue breve. Suficiente. Sentí que se detuvo el tiempo. Me fui como pisando nubes, tararea como una adolescente. Diez minutos después, él le escribió: Todavía estoy saboreando ese beso. Ahí algo cambió. Porque el hombre que al principio le había dicho que solo buscaba sexo empezaba a mostrarse distinto. Para ella, además, había algo más profundo en juego. Hacía dieciséis años que besaba la misma boca. Fue redescubrirme como mujer. Como si algo en mí se despertara de golpe. Él venía de relaciones vacías. Ella, de años de una vida estable. Y sin embargo, en ese intercambio, algo se profundizó. Él estaba acostumbrado a otra cosa, a vínculos superficiales. Y conmigo se empezó a abrir. Yo también. Y ahí nos perdimos. Fue ahí cuando empezó a entender lo que le pasaba: A mi marido lo amé mucho. Incondicionalmente. Di todo, incluso después de infidelidades. Siempre fui la que toleraba, la que perdonaba, la que sostenía. Hasta que algo se apagó. Hoy lo siente como un compañero de cuarto. Nada más. Adentro mío hay un vacío. No sé si lo amo. Lo que siento por Cristian es tan fuerte que me desordena todo. Al principio se veían poco. Una vez por semana, a veces cada quince días. Si hubiera sido por él, todos los días. Los encuentros eran breves, improvisados, casi anónimos. Siempre en el auto de Cristian. Nunca fue un vínculo fácil. Nunca un café. Nunca un lugar público. Todo era medio bizarro. No podían exponerse. Su marido lo conocía. Lo odiaba. Una vez incluso se cruzaron. Ella estaba con su marido. Él apareció de frente. Fue horrible. Bajé la mirada. No pude ni saludarlo, recuerda. Su marido lo miraba con una mezcla de bronca y sospecha. Él, desde el otro lado, sostenía la escena en silencio. Me destrozó, admite. El vínculo creció en la clandestinidad. En los mensajes. En los encuentros breves. En la tensión constante. Y sin embargo, hay algo que no pasó. Nunca. Nos enamoramos de una forma adolescente. Hace cuatro años que está enamorado de mí. Me dijo que lo vuelvo loco. Pero nunca estuvimos juntos, dice para explicar, con cierto pudor, que jamás tuvieron sexo. Ni una sola vez. No por falta de deseo. Todo lo contrario. Me encantaría que pase algo, poder sentirlo, lo soñé mil veces. Y él me dice también que mil veces soñó conmigo, se desata Esmeralda. Siento que di mucho y recibí muy poco en mi relación. Desvalorización, maltrato. Y de repente apareció un hombre que me eleva emocionalmente. Imagina ese encuentro, cómo será, pero enseguida la persiguen los fantasmas: Tengo miedo porque hace 16 años que solo estoy con la misma persona. O sea, estuve con un montón de tipos antes, te soy sincera, pero desde que me puse en pareja con mi marido no lo engañé nunca, no me llamó la atención estar con nadie. Solo estaba con él. Y finalmente se desnuda de un modo casi literal: Pensarme hoy en la intimidad con otra persona me moviliza un montón. Tengo esos miedos de, ¿Y si estamos y no le gusto?. Me veo gorda, no soy gorda igual, pero es un raye mío, ¿me entendés? Tengo un montón de inseguridades. Y es como que lo imagino mil veces, pero tampoco me animo a dar ese paso. Y entiendo que a él le pasa lo mismo. Dicen que en lo inconcluso sobrevive la fantasía. Sí hay besos largos, miradas cargadas, momentos al borde. Pero siempre frenan. Es como si supiéramos que después de eso no hay vuelta atrás. Con el tiempo, entendieron por qué. Miedo. Miedo a lo que vendría después. A las decisiones que podrían tomar. A romper todo. Muchas veces pensé en separarme. Lo hablamos mil veces, cuenta. Él me dice: Compro un terreno, armamos una casa y nos vamos. Pero no es tan simple. Mi marido lo conoce. Su mujer me conoce. No hay forma de que esto no explote. Entonces aparece el miedo. El problema nunca fue el ahora. Es el después. Entre ellos la intimidad se llama compañía y conexión profunda. Se consultan, se acompañan, se necesitan. Lo conozco más que su propia mujer. Y él a mí más que mi marido. Pero el cuerpo quedó en pausa. Como si fuera el único límite que todavía los protege. Creer que el alma necesita del tacto para ser acariciada es soberbia. Cuando nos vemos, a veces nos ponemos tan nerviosos que ni siquiera podemos hablar como cuando estamos por mensaje, cuenta. Él sonríe y yo no sé qué decir. Es como si todo lo que fluye en el chat, en persona se trabara. En el medio, la vida continúa. El año pasado Cristian se casó con su pareja. Esmeralda persiste con su marido. Pero la nuestra es una relación hermosa aunque también es un desgarro constante. Hubo intentos de cortar. Bloqueos. Silencios. En agosto del año pasado, ella no pudo más. Sentía que no éramos nada. Lo bloqueó. Estuvieron casi cuatro meses sin hablar. Cristian no lo soportó. Pidió licencia psiquiátrica. Lo lastimé mucho, reconoce con dolor. El último diciembre, ella lo llamó. Él atendió. Y volvieron. Siempre vuelven. Hay algo que los ata que no logran explicar. Un hilo invisible que ni siquiera ella que trabaja ayudando a otros a sanar puede cortar. Escucho historias, acompaño procesos pero lo mío no lo puedo manejar. Y en esa contradicción vive. Entre la certeza de un amor inmenso y la imposibilidad de hacerlo real. Una vez, en medio de una discusión, él le dijo: Decile a tu marido que lo dejás por el policía que te detuvo. Suena a película. Pero no lo es. Es una historia detenida en el punto más incómodo: ese en el que todo podría pasar pero no pasa. Hoy siguen hablando a diario. Hace meses que no se ven. Él insiste. Quiere verla. Pero le puso una condición: que sea ella quien vaya. Ella no cede. Estamos en una lucha de egos. ¿Qué es el amor sino dos egos que se anulan con ternura? Y otra vez, el vínculo queda suspendido. Nadie avanza. Nadie se va. Cuatro años después, siguen ahí. Amándose. Evitándose. Sosteniendo algo que no entra en ninguna categoría. Toda evasión confirma cuán amenazador es aquello que se evita. Si hoy tuviera que elegir, lo elegiría a él, asegura Esmeralda. Un amor sin cuerpo. Un amor sin decisión. Un amor que, justamente por eso, no termina nunca. Porque como le confesó Cristian: Lo único que no quiero es perderte. ¿Pero a qué costo? Lo que más me duele de esta historia es sentir que conocí a la persona que considero el amor de mi vida de la manera en que lo conocí y haberme enamorado con la fuerza que me enamoré, se desarma Esmeralda. Y aagrega: Lo más lindo que me dio es primero el valor como mujer porque me hizo evolucionar en un montón de cosas y por otro lado el poder encontrar un amor que es sano, que no te busca por lo sexual, ni por interés; te busca solamente por lo que sos y te quiere tener ahí, más allá de todo. Que no te quiere perder. Hoy me puedo morir tranquila porque lo más lindo que me dio es saber que con Cristian conocí el amor verdadero. Escribinos y contanos tu historia: amoresverdaderos@artear.com @cynthia.serebrinsky Amores Verdaderos es una serie de historias reales, contadas por sus protagonistas. En algunas de ellas, los nombres serán cambiados para proteger su identidad y las fotos, ilustrativas.
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