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Concepcion del Uruguay » Miercoles Digital
Fecha: 05/04/2026 13:04
El instrumento que perteneció a Juan Ramón Chilo Zaragoza la primera víctima entrerriana del terrorismo de Estado en la década del 70 fue recuperado y restaurado en estos días en Concepción del Uruguay. Un episodio que es a la vez técnico, simbólico, afectivo y profundamente político. Por AMÉRICO SCHVARTZMAN de EL MIÉRCOLES Borges recuerda que su admirado Cansinos Assens escribió sobre eso tan triste del amor a las cosas, porque las cosas no saben que uno existe. A veces no tiene sentido aferrarse a los objetos. Pero a veces las cosas sobreviven no por la resistencia de sus materiales sino por una obstinación humana. Un momento en algún punto del tiempo en que alguien decide que esas cosas todavía tienen algo para decir. Que en ellas persiste una forma de la vida que vale la pena preservar, darle continuidad, porque a pesar de todo lo ocurrido, no ha podido ser suprimida, eliminada, desactivada. Algo así es lo que ocurrió con la guitarra que perteneció a Juan Ramón Chilo Zaragoza. El instrumento de Chilo fue restaurado en estos días en Concepción del Uruguay, su ciudad natal, en un episodio que si bien parece técnico, es también simbólico, afectivo, y en un sentido hondo, casi como para recuperar lo mejor de esa palabra manoseada, ajada, ensuciada, es también profundamente político. Chilo era un avanzado estudiante de bioquímica en la Universidad Nacional de La Plata. Militante de la Federación Juvenil Comunista, era un activo líder en su centro de estudiantes. Hijo de una familia obrera de Concepción del Uruguay, Chilo se recibió a los 17 años de profesor de guitarra en el Conservatorio Iberoamericano en su ciudad natal. También tocaba el charango, aerófonos y (dicen sus amigos) era un buen cantor de tangos. La guitarra lo acompañó en sus años de estudiante de Bioquímica en la Universidad Nacional de La Plata y lo ayudó a costear sus estudios dando clases. Chilo Zaragoza es también el primer entrerriano asesinado por la Triple A, la tenebrosa organización terrorista de Estado creada bajo el gobierno justicialista por el lúgubre ministro José López Rega. Chilo fue secuestrado y asesinado en junio de 1975 en La Plata. Se contaron cerca de treinta perforaciones de bala en su cadáver. La Triple A no solo se adjudicó el crimen, sino que además puso un artefacto explosivo en su tumba en el cementerio uruguayense al cumplirse un año del horrendo crimen. Más que un instrumento La noticia que da origen a estas líneas no refiere únicamente a la restitución de un instrumento musical, aunque lo sea en su materialidad más inmediata. Se trata, más bien, de la recuperación de un objeto que había acompañado de manera íntima la trayectoria vital singular de Chilo, un joven uruguayense para el cual la música no sólo era una pasión. También era un medio concreto para sostener sus estudios, para proyectar un futuro, para construir en conjunto con otros una forma de estar en el mundo que la violencia del terrorismo de Estado interrumpió de manera brutal. ".... creo que quedó bien el instrumento. Está listo para darle aventura sonora y reconstruir la memoria. Que no solamente está entre los hechos, sino también en la literatura, en la música, en los instrumentos, en los objetos, son todas piezas de la identidad de las personas. Es una manera de tener a Chilo más cerca y más presente. Cuando la guitarra llegó a manos de Esteban Pérez Esquivel prestigioso luthier radicado desde hace años en Entre Ríos no era un objeto más. Al contrario. Estaba cargada de marcas, de intervenciones, de huellas acumuladas a lo largo del tiempo, de cicatrices, dice Esteban, que hablaban tanto del uso intensivo que había tenido como de una relación persistente con quien la había tocado. Grietas abiertas, partes desencoladas, el puente despegado, el diapasón hundido en los puntos donde durante años se habían apoyado los dedos: todo en ella indicaba desgaste, insistencia, amor por ese cuerpo de madera entrañable. Amor evidenciado en las reparaciones caseras, realizadas con los recursos disponibles pegamentos escolares, tachuelas, capas superpuestas de pintura, enumera el luthier que lejos de desmerecer el instrumento, lo convertían en un archivo material de la obstinación por seguir tocando. El temple del instrumento En ese contexto, la decisión del restaurador no fue la de devolverle la condición original. Sabia mirada: la historia no se puede borrar en nombre de una pureza imaginaria. Al contrario, Esteban se propuso intervenir con cautela, respetando las cicatrices, sosteniendo lo recuperable y evitando toda operación que implicara la pretensión de limpiar o retrotraer aquello que hace de esa guitarra un objeto singular. Siempre es un compromiso recibir un instrumento, y más uno como este, que tiene una carga emocional e histórica, señala Esteban. En su afirmación se cifra una ética del oficio que excede lo técnico: la conciencia clara de que en este caso no se esperaba que su destreza trabajara sobre una cosa, sobre un objeto, sino sobre un soporte de la memoria. Con aquello intangible, que no se puede restaurar sino defender, difundir, compartir... Para quienes hacen música explica el luthier el gesto de estirar la mano hacia el instrumento tiene algo de encuentro, de reconocimiento, casi de fraternidad. En el caso de Chilo, esa relación aparece intensificada por el estado mismo en que la guitarra fue encontrada: un instrumento tan usado, tan adaptado a su ejecutante, que parecía haber quedado configurado para una sola manera de ser tocado. Era como si sólo él pudiera hacerlo, dice Esteban, y en esa observación se abre una dimensión particularmente elocuente: la de un vínculo en el que la técnica, el cuerpo y el objeto se habían ido moldeando mutuamente hasta volverse inseparables. Sólo él podía tocarla Esteban cuenta, en diálogo con este cronista: El instrumento estaba muy dañado y en el tema de la restauración hay muchas escuelas, miradas distintas. Por ejemplo, hay gente que la limpia y no toca absolutamente nada. Yo traté de tocar solamente las partes donde el instrumento pudo ser recuperado. Esta guitarra tenía muchas cicatrices, grietas, estaba abierta, desencolada. El puente estaba despegado, el diapasón tuve que lijarlo todo, calibrarlo, poner trastes nuevos... Tenía mucho uso. La usó tanto que en el diapasón tenía agujeros, donde apoyaba los dedos. Así que era como solo él podía tocar esa guitarra. Porque ya estaba muy dañada. Se ve que él tenía una necesidad con ese instrumento, porque todas las reparaciones eran muy caseras. El puente lo habían pegado con con plasticola y con tachuelas, con chinches, del lado de abajo. Así que yo retoqué solamente todas las grietas y mantuve la estética, pero a todas las pinturas viejas las dejé, hice cambio de cuerdas, las tapas y maderas de abajo y de adentro que estaban desencoladas. Respeté todas las piezas, traté de rescatar todo lo que era original y después todo un lustre como para mantener la pintura vieja, porque se ve que era una pintura arriba de otra también. Como si fuesen con disolventes diferentes. Se ve que él estaba queriéndola mejorar o reparar y las pintaba con lo que tenía. Entonces esa guitarra tiene varias manos de pintura. Eso también te permite concretar el deseo de tener una escucha, de tener un diálogo con el instrumento, ¿te das cuenta? Es evidente que Chilo amaba profundamente a ese instrumento, porque de hecho todas las reparaciones, es como que dijo yo le pongo cinta scotch y sigo tocando, no me importa. Y bueno, creo que quedó bien el instrumento. Está listo para darle aventura sonora y reconstruir la memoria. Que no solamente está entre los hechos, sino también en la literatura, en la música, en los instrumentos, en los objetos, son todas piezas de la identidad de las personas. Es una manera de tener a Chilo más cerca y más presente. La historia ésta Cada una de las víctimas del terrorismo de Estado tiene una historia para contar. Una vieja canción de León Gieco pregunta ¿Alguna vez sentiste en un espacio de tu imaginación que el grito de los perdedores es sordo y mudo aunque griten juntos?. En el estribillo invitaba a no dejar pasar por el costado la historia ésta. Esta historia la de un joven que estudia, que milita, que enseña guitarra para sostenerse, que escribe cartas llenas de humor y ternura a su madre, que la sostiene emocionalmente tras enviudar, que además cuida y respalda a su hermano menor, que proyecta terminar su carrera y volver es la que la violencia desbarata en junio de 1975, cuando un grupo de tareas de la Triple A lo secuestra y lo asesina con una saña que no requiere interpretación adicional. Chilo tenía 21 años. Su muerte, ocurrida casi un año antes del golpe de Estado de 1976, lo inscribe entre las primeras víctimas de un dispositivo represivo que ya estaba en marcha, aun antes de adquirir su forma más sistemática. Como lo dijo magistralmente Rodolfo Walsh en su Carta: a partir de marzo del 76, las Tres A pasaron a ser las Tres Armas. La historia familiar no se detiene allí, sino que se despliega con una lógica trágica que parece desafiar toda linealidad: dos años más tarde, en junio de 1977, su hermano Néstor Omar, Neco, fue secuestrado en La Plata en un operativo masivo de las fuerzas represoras, y nunca más apareció; su madre, Luisa Cecchini, que ya enterró a su hijo mayor, viaja desolada desde Entre Ríos, busca desesperadamente a su hijo menor, se incorpora a lo que luego será las Madres de Plaza de Mayo, emprende una búsqueda incansable que se prolonga durante décadas, atraviesa despachos oficiales, cuarteles, juzgados, iglesias, organismos internacionales hasta su muerte, también en ese mes funesto para la familia Zaragoza: junio, pero en 2002. Ese encadenamiento de fechas, ese mes que vuelve una y otra vez con olor de tragedia, obliga en sí mismo a una forma de memoria. Una ética compartida Medio siglo después del golpe de Estado que marcó esa época, la recuperación de la guitarra de Chilo adquiere un espesor particular. Como el golpe, no es un episodio aislado ni meramente conmemorativo, sino una intervención que restituye un fragmento de vida, un nudo de varias vidas que la destrucción fascista pretendió aniquilar para siempre. Y que no empezó ese día, y que no terminó de cerrarse ni siquiera hoy, cincuenta años más tarde. Que, además, quien llevó adelante esa tarea haya sido Esteban Pérez Esquivel hijo de Adolfo, el premio Nobel de la Paz por su compromiso con los derechos humanos ante la dictadura argentina introduce una resonancia que quizás no necesita ser subrayada, pero igual lo hacemos: porque no es una filiación biográfica casual convertida en dato, sino una continuidad ética que encuentra en este trabajo una de sus formas posibles de expresión. La información dada a conocer por la Dirección de Derechos Humanos de Concepción del Uruguay (a cargo de Dario Baron, de extensa y reconocida labor) señaló de paso un detalle que tampoco es menor: Esteban realizó la restauración de manera gratuita, al reconocer en el instrumento, en la guitarra de Chilo, un valor que excede cualquier lógica de intercambio. Tu querida presencia El propio Esteban Pérez Esquivel lo formula con claridad: La memoria no reside únicamente en los relatos o en los archivos escritos, sino también en los objetos, en los instrumentos, en aquellas piezas que han acompañado la vida cotidiana y que, al ser recuperadas, permiten establecer un vínculo sensible con aquello que se busca recordar. Es una manera de tener a Chilo más cerca, dice a este cronista. En esa proximidad recuperada junto con la madera y las cuerdas resuena algo más que una evocación. Lo confirma la reacción de quienes conocieron a Chilo y compartieron con él las vísperas de aquellos tiempos terribles. Carlos Vecchio, comediante, dramaturgo y escritor uruguayense, es uno de los uruguayenses sobrevivientes del terrorismo de Estado, tras haber estado tres años en las mazmorras de Harguindeguy y Camps. Amigo de Chilo de la adolescencia, escribió al enterarse de la restauración: Magnífico documento histórico y cultural que enciende una nueva llama en el vasto candelabro de la motivación social y cultural. Felicitaciones a quienes junto a Esteban Pérez Esquivel sumaron su iniciativa creadora. La metáfora de Carlitos tampoco es azarosa: habla de una luz que no inaugura, sino que se suma a otras, en una trama de sentidos que se va construyendo colectivamente. Y que ya nadie ni nada podrá apagar. A cincuenta años del golpe de Estado de 1976, cuando las conmemoraciones corren el riesgo de volverse rituales vaciados o meras reiteraciones, el episodio de la guitarra de Chilo contribuye a reponer una dimensión acaso decisiva de la memoria: la que se asienta en el contacto con lo concreto, con lo singular, con lo irrepetible. Con aquello que como esta guitarra conserva en su materialidad las marcas de una vida interrumpida y, al mismo tiempo, alumbra la posibilidad de que siga sonando en el presente. Imágenes: archivo de EL MIÉRCOLES, Dirección de Derechos Humanos MCU, Esteban Pérez Esquivel Esta nota es posible gracias al aporte de nuestros lectoresSumate a la comunidad El Miércoles mediante un aporte económico mensual para que podamos seguir haciendo periodismo libre, cooperativo, sin condicionantes y autogestivo. |
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