Contacto

×
  • +54 343 4178845

  • bcuadra@examedia.com.ar

  • Entre Ríos, Argentina

  • Del día que Maradona fue técnico de Boca al último consejo a Riquelme: Una bendición

    Buenos Aires » Infobae

    Fecha: 04/04/2026 02:37

    Diego Maradona y Boca Juniors han marcado una relación eterna en los corazones de los hinchas. Un vínculo que comenzó con los vaivenes para concretar su traspaso desde Argentinos Juniors, pero sus tres ciclos en el club forjaron uno de los amores más significativos del fútbol moderno. Un cariño que estaba desligado del dinero y repleto de pasión. Su única conquista en el Torneo Metropolitano 1981 con el Xeneize parece poco al lado del legado que dejó hasta su último partido con esta camiseta, que el destino quiso que fuera contra River Plate, un club que lo buscó, pero nunca lo pudo seducir. Este es el corazón del libro Diego y Boca, una historia de amor, escrito por el periodista Luciano Fontenla. Una de las deudas pendientes que permanece en el entorno del club emplazado en Brandsen 805 fue que nunca se lo pudo ver a Maradona con el buzo de técnico. ¿O sí? Bueno, a su manera, se dio ese lujo único. Corría el Torneo Apertura 1995 y ya había tenido su estreno oficial en su segundo ciclo en el elenco de la Ribera con un recordado cruce ante Julio César Toresani en el duelo contra Colón de octubre de ese año. A mediados de ese mes, Diego viajó a Jujuy para enfrentarse a Gimnasia y Esgrima por el encuentro postergado de la primera fecha, fue titular y parte importante de los dos goles en el triunfo 2-1 y, cuando le tocó salir reemplazado, dio las indicaciones finales por la expulsión del entrenador Silvio Marzolini. Fiel a su estilo extrovertido, el libro relata uno de los pedidos al camerunés Tchami. ¡Alphonse, la puta madre, pasá la línea de la pelota!, ¡Hacele foul, Alphonse, hacele foul", se le escuchó decir, como así también otra orden para el histórico Alberto Márcico: Beto, ¡Tenela! ¡Tenela como en el papi fútbol". Esta reconstrucción publicada por Editorial Planeta y compuesta por 295 páginas se sumerge en las entrañas de un personaje querido y polémico en partes iguales, que gambeteó a la muerte más de una vez hasta su partida en 2020. De la autodestrucción al renacimiento, lo abrevió Fontenla. Y, más allá de sus problemas con las adicciones, nunca dejó tirados a los suyos, siempre les tendió una mano. En el último día de 1996, cuando faltaban algunos meses más para su retorno a Boca Juniors, su principal preocupación pasaba por darle la bienvenida a 1997 con la compañía de Guillermo Coppola, su histórico representante. Pero había un problema: el agente estaba preso en la cárcel de Caseros. A falta de tres horas para festejar Año Nuevo, Pelusa se acercó al complejo penitenciario y pudo ingresar a sus instalaciones bajo la aceptación del director del penal, quien le advirtió que se trataría de una breve visita sin poder quedarse hasta la medianoche. Así cuenta Luciano Fontenla cuál fue la respuesta de Diego y dónde pasó las horas previas al inicio del año. - Y, dígame -lo atajó Diego con bronca y tristeza-, si yo le pego una trompada a usted, ¿no me puede meter preso con Guillermo? - A Coppola le cuesta rememorar esa pregunta de Maradona sin que su voz se quiebre. Más aún, contar que su amigo, resignado, se retiró del penal pero se quedó enfrente, sentado en la vereda, llorando con sus manos cubriéndole el rostro. La liberación de Guillote por falta de mérito en una causa por tráfico de estupefacientes le trajo calma al entorno del campeón del mundo en 1986 con la selección argentina y encaminó su posterior vuelta al cuadro Azul y Oro por última vez. Antes de eso, hubo un viaje a Canadá para ponerse a punto desde lo físico y el periodista buceó sobre la coincidencia que unió en la Universidad de York al futbolista con el atleta Ben Johnson, que había obtenido la medalla dorada en Seúl 1988 y fue descalificado por dóping a causa de consumo de esteroides. Ya de regreso a Buenos Aires, Diego Maradona asumió su perfil de líder desde el inicio y, sin saberlo, se convirtió en el padrino del equipo que ganaría todo de la mano de Carlos Bianchi. Llamó personalmente a Martín Palermo y Guillermo Barros Schelotto para frenar sus negociaciones con River Plate e Independiente y los hizo irse en dirección a La Boca. En ese mismo mercado de pases se concretaron las llegadas de Óscar Córdoba, Jorge Bermúdez y Walter Samuel. Si sumamos a Juan Román Riquelme, quien ya estaba en el club, se trata en gran parte de las principales figuras que ganaron Copas Libertadores y se impusieron a Real Madrid en la Intercontinental. También se cerró la contratación de Claudio Paul Caniggia en aquella ventana de transferencias. A pesar de todas estas caras nuevas, la historia de Diego y Boca volvería a tener un vuelco de 180 grados el 24 de agosto de 1997, cuando se confirmó que se había detectado un nuevo dóping. ¡Es imposible! ¡Si el domingo a la mañana le hicimos el control casero y dio negativo!, reaccionó Coppola, quien fue el encargado de exponer esta situación ante los ojos del Pelusa. - Dieguito, parece que el antidóping te dio positivo - ¡No, no, no, no y no! ¡No puede ser! ¡Otra vez no puede ser! Una medida cautelar en la Justicia ayudó a que pudiera seguir jugando con la camiseta de Boca Juniors y su tercer paso culminó en la décima fecha del Torneo Apertura 1997 con su visita al Monumental para medirse a River Plate. En el entretiempo de la derrota parcial 1-0, Maradona soltó un mensaje que fijó el rumbo de su último partido como futbolista profesional. Muchachos, no doy más. Salgo yo, sale Vivas y entran Riquelme y Cani. Mientras el Bambino Veira les pedía una mayor entrega a sus dirigidos, uno de ellos, César La Paglia, cuenta el último consejo que le dio Maradona a Riquelme antes de reemplazarlo: Le habló a Román, fue como que le dio una bendición. Le dijo que jugara tranquilo. Como para motivarlo y sacarle presión porque estaba reemplazando a Maradona y en un clásico, ni más ni menos. Los cambios surtieron efecto porque el Xeneize pasó a ganar 2-1 con los festejos de Julio César Toresani y Martín Palermo. A la par, Diego vivía su propio partido en el vestuario y uno de los testigos privilegiados fue La Paglia porque se había quedado afuera del banco de suplentes: Estaba como loco, lo vivió como si lo estuviera jugando, saltaba a cabecear, puteaba, se agarraba los pelos, hacía de todo. Días antes del Superclásico, los rumores de un dóping le causaron un pico de presión a su padre y Maradona había prometido que se retiraría si la salud de Don Diego volvía a correr riesgo por la prensa. Dicho y hecho, los trascendidos volvieron a recrudecer tras el compromiso con el Millonario, y hasta se llegó a especular con la muerte del esposo de Doña Tota. Basta para mí, dijo Pelusa. Mi viejo me ordenó que largara. Hoy charlamos y al final terminamos abrazados y llorando. Fue el final de su idilio como futbolista. Ni siquiera los llamados de varios jugadores a Guillermo Coppola pidiendo por su regreso lograron torcer su decisión, según contó Néstor La Tota Fabbri. Pero allí nació otra versión del ídolo que llegó a ganar todo como vicepresidente de fútbol y Alfio Basile como director técnico de Boca Juniors; que en cada ocasión que tuvo visitó la Bombonera para rodearse de esa pasión; y que exportó el ADN del hincha Xeneize al mundo. El autor Luciano Fontenla (Buenos Aires, 1978 - 2026) se recibió de periodista en TEA en 2001. Trabajó como productor y redactor en diversos programas de televisión y radio, como Troesma, Historias verdaderas, La cornisa, Rayos X, Data, eSe, H/M/S, El disparador, Tormenta de ideas, Terapia (Única Sesión), 4G, en la radio Delta 90.3 y en el portal Haceinstantes. Fue gerente periodístico de DK Group. Hincha de Boca al igual que el 75 por ciento de los habitantes de la Argentina, según datos estadísticos aportados por Diego Maradona en 2015. Luciano murió pocos días antes de la publicación en librerías de Diego y Boca.

    Ver noticia original

    También te puede interesar

  • Examedia © 2024

    Desarrollado por