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» La Nacion
Fecha: 04/04/2026 00:49
Dependen de mí A su marido le amputaron las piernas, cuida a sus cuñados y, sin ayuda, sale adelante Por Micaela Urdinez / Enviada especial 4 de abril de 2026 CHACO.- Es media mañana. Felipe Serrano está sentado en la cabecera de la mesa, ubicada a la sombra de un árbol en el paraje Sol de Mayo, en El Impenetrable chaqueño. Lo acompañan sus dos hermanos y su hija Marinés, de 17 años, que estudia en Resistencia y está de visita. Su hijo Mateo, de 8 años, salió a cazar por la mañana. Charlan y comen tortas fritas. Su mujer, Susana Paz, le acerca unos mates. En un momento, Felipe -a quien le amputaron ambas piernas hace unos meses- le avisa que quiere ir al baño, ubicado a diez metros de la casa. Voy a buscar la silla, dice ella y va hasta la galería para traerla. Susana pone una silla al lado de la otra, se para de frente a Felipe y se agacha para abrazarlo por debajo de los brazos. Él hace lo mismo como si fuera un koala que se prende de su madre y los dos se envuelven en un enganche que hace posible que ella pueda levantar todo su peso y trasladarlo hasta la silla de ruedas. Lo empuja como puede por la tierra hasta que una rueda se traba y tiene que pisar para levantarla y salir del surco. Así, varias veces hasta que llega al baño, al que tuvieron que hacerle un piso de cemento para que Felipe pudiera entrar con la silla. Lo ubica adentro y sale a esperar a que termine. Me convertí en una especie de enfermera, expresa Susana, que no solo se ocupa de su marido sino también de sus dos cuñados. Francisco Serrano, de 65 años, tiene epilepsia y Walter Serrano, de 62, convive con un Mal de Chagas avanzado que apenas le permite moverse. Además, su hijo menor, Mateo, todavía vive con ellos. Desde hace unos meses, Susana es una especie de pulpo que intenta cubrir todos los agujeros, pero no puede. Son tres personas con discapacidad y yo me hago cargo de todo. Es día y noche el cuidado, la alimentación, la higiene y es vivir para ellos. No tengo ayuda para solventar los gastos para su medicina, para alimentarlos ni para la parte de higiene que es la base fundamental para ambos, relata mientras se pasa un repasador por la frente transpirada. Hasta hace un año, cuando Felipe tenía sus dos piernas, era el sostén de la casa hachando postes en el monte y formaban un equipo en la tarea de llevar adelante la casa. Antes salía yo y cazaba guazuncho, conejo, en tiempo de invierno el quirquincho. Ahora la que sale a cazar es mi esposa. Yo era el que encabezaba la casa, cocinaba, hacía tortilla, lavaba los platos, atendía las majadas y las vacas, ahora con mi proceso se fue todo abajo eso. Le digo a mi esposa que se notó mi ausencia porque la majada no es nada porque se han ido las cabras y los cabritos, dice Felipe, y se le quiebra la voz. Un dolor insoportable Hace 11 años, Felipe se cayó de arriba de un árbol mientras intentaba sacar unos loros para vender y comprar algo de mercadería para su familia. Se fracturó un brazo y tuvieron que ponerle ocho clavos. Desde ese momento, empezó a sufrir por problemas de circulación en las piernas. Le costaba caminar y se empezó a hacer controles. En 2025, su situación empeoró y estuvo 7 meses internado en Resistencia. La familia tuvo que invertir todo su dinero para recorrer los 550 kilómetros que separan su casa del hospital que podía tratarlo. Susana cuenta que estuvieron un día entero esperando en la vereda hasta que los atendió el médico. Cuando a Felipe lo internaron, ella se quedó durmiendo en la calle durante dos semanas. Me pusieron stent en una pierna, después en la otra. Y la segunda no funcionó, era la más averiada y no llegaba la sangre al pie. Se me infectó y empecé a reventar por los dedos, tenía un dolor en el hueso que solo yo sé lo que he podido aguantar. Finalmente, me amputaron las piernas y me quedé así, dice Felipe. Está vestido con una remera deportiva azul y un pantalón tres cuartos que le tapa los muñones. ¿Cómo fue ese proceso? Malísimo. Cuando el vascular me dijo hasta aquí, ahora lo va a ver el traumatólogo, no entendía nada. Y ahí me dijo que tenía que hacerme la amputación en Castelli. Ya los dedos de los pies los tenía con el hueso. Ahora, ¿no tenés dolor? No, ahora no. Solo dolor de estar mucho sentado con todo el peso porque no tengo los pies para apoyar. Me quema la sentadera. No tengo equilibrio. Ayuda para cada traslado Cada vez que Felipe necesita ir al baño, cambiar de ambiente, cambiarse o bañarse, Susana tiene que estar ahí para asistirlo, alzarlo en brazos para pasarlo de la silla común a la silla de ruedas y después arrastrarla por la arena porque el piso de su casa es de tierra. Atravesados por la enfermedad La familia Serrano está atravesada por la enfermedad y eso no les permite tener una vida plena. Susana carga con un Mal de Chagas hace tiempo y, el año pasado, se lo diagnosticaron a Marinés, mientras se hacía unos estudios para el apto físico para hacer educación física en la escuela. Me tenía que hacer un electro y el médico me dijo que me hiciera otros estudios porque tenía principios de Chagas. Me preguntó si mi mamá también tenía y le dije que sí, y me dijo que quizás ella me lo había pasado. Y después no me volví a hacer otro estudio porque mi papá se enfermó, cuenta Marinés, que se crió en el campo junto a su familia, pero a los 13 años se fue a estudiar a Resistencia y a vivir a una residencia de religiosas. Fue lindo crecer acá porque aprendés muchas cosas, lo que es el campo, criás animales con la familia que te rodea. Las gallinas, los pollitos, las chivas, también las vacas, siempre mi mamá estuvo enseñándome a trabajar con los animales. Yo siempre estaba metida en los corrales. Salía a acompañar a mi papá cuando iba a cazar conejos, guazunchos, palomas, charatas, recuerda Marinés, que ya se acostumbró a vivir en la ciudad y es abanderada de la escuela. Está en su último año y le gustaría estudiar contabilidad o administración de empresas. En el verano de 2025, Marinés volvió a su casa para cuidar a su hermano porque su mamá estaba en Resistencia con su papá, que había quedado internado. Cuenta que fue muy difícil para ella presenciar el deterioro de salud de su padre y que es algo que afectó a toda la familia. Era un hombre activo, que andaba de acá para allá y verlo así era muy feo, más después cuando le tuvieron que amputar la primera pierna era muy fuerte para mí. Y después ya fue la segunda y ya tomé coraje de acompañarlo a él porque antes no podía. Mi hermanito se enfermó después y tuvimos que llevarlo al psicólogo, dice esta adolescente. Una familia con muchas necesidades Susana le acerca un mate a Francisco que apenas puede chupar de la bombilla, tiene la mirada perdida, el cuerpo torcido y ella lo ayuda a incorporarse un poco. Walter se mueve como en cámara lenta y se lleva una torta frita a la boca. Susana se acerca para limpiarlo con una servilleta. Mi cuñado usa pañales, toma su pastilla para la epilepsia, toma un tranquilizante para dormir a la noche y a veces hay que comprarlo y es muy costoso. Y los pañales y los guantes cuando no conseguimos por medio del hospital, los tengo que comprar. Es todo un presupuesto. Los tratamientos de primeros auxilios los hacemos en la salita y si no tengo que salir a Fuerte Esperanza. Para hacerles los estudios voy hasta Castelli. Mi cuñado apenas camina y se va discapacitando más. Quizás se me cae, se le rompe la piel y tengo que curarlo. También les controlo la presión, dice Susana que vive a apenas unos metros de la posta sanitaria de Sol de Mayo. Allí, Vanesa Galván, la agente sanitaria desde hace 14 años, hace todo lo posible por asistir a la familia y les prestó la silla de ruedas para que puedan manejarse. Es una familia con muchas necesidades. Ella es una mujer sola que tiene que cuidar a muchas personas. Hay un chico que es epiléptico, dependiente total del otro, dice Galván. La familia Serrano se mantiene con la pensión por discapacidad de Francisco y la pensión por Chagas de Susana, con lo que compran mercadería para comer. Felipe arrancó a principio de año el trámite para su pensión por discapacidad pero todavía no se la entregaron. Todos los días, Susana va a sacar agua del pozo, se ocupa de los animales, le prepara la comida a toda su familia, cuida a los enfermos y, si tiene tiempo, sale a cazar. Cazo guazuncho, tengo un rifle 14 que es de mi esposo. Aprendí muy de chica, solita. Vengo de familia pobre, de bajos recursos. Y a veces nos vestimos con lo que nos da la gente. Una iglesia evangélica nos ayudó hace poco con mercadería, si no estaríamos llorando porque se nos venía abajo todo, afirma Susana, que nunca fue a la escuela y aprendió a leer y a escribir junto a sus hijos, cuando ellos empezaron la primaria. Sueño con volver a caminar ¿Cómo estás ahora? Ahora estoy en la lucha, esperando que otros me manejen, me lleven a la cama, me traigan al baño. Es incómodo, ¿no? Y, sí. En los primeros tiempos era horrible, pero ahora como que me estoy acostumbrando un poco más. Pero igual siento que los estoy molestando, perturbando. ¿Te gustaría tener una prótesis? Sí, lo busco. Porque si no tengo que depender todo el tiempo de mi mujer. Mi sueño es poder caminar y manejarme solo. Ir al baño. No estar siempre sentado. Felipe sueña, literalmente, que camina. En sus sueños, se ve caminando con sus muñones por el piso, o con una prótesis. Ahí, siente la libertad de poder moverse cuando quiera, siente que flota, que nada le cuesta trabajo, que ya no es una carga. Se quiere ir a recostar un rato y Susana vuelve a hacer la maniobra de pasarlo a la silla de ruedas. De nuevo la técnica del koala abrazado, la fuerza en las piernas y empujar las ruedas por la tierra. Lo que más estamos necesitando es una silla de ruedas para ambos porque yo no tengo comodidades en casa para que ellos se puedan manejar solos por la tierra. No pueden moverse y yo los tengo que empujar para todos lados. También necesitamos una cama y colchones porque es lo que más se gasta. El sueño es que mi marido pueda conseguir una prótesis para que pueda volver a caminar. A veces está deprimido. Al menos quiero verlo parado un rato, concluye Susana. Cómo ayudar: Las personas que quieran ayudar a la familia Serrano pueden comunicarse con Orlando de La Chata Solidaria al +54 (911) 5331-7472 o donar directamente al alias: lachatasolidaria Créditos - Diseño Andrea Platón Compartir Copyright 2026 - SA LA NACION | Todos los derechos reservados
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