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Fecha: 03/04/2026 15:11
Ahí está el lugar donde se encontraba cuando recibió un mensaje críptico en su teléfono: el diablo había invadido el cuerpo de su padre. Ahí está el cajón donde vio un cuchillo con mango blanco: ¡el color de Dios! Ahí está el suelo donde, al forcejear por el cuchillo, Cohen arrancó de un mordisco parte del lóbulo de la oreja de su padre, y la sangre salpicó a ambos. Ahí está el lugar donde, inmovilizado en el suelo, Cohen alzó el cuchillo y lanzó cortes descontrolados al cuello de su padre. La violencia duró segundos, pero cambió toda su vida. Con las voces aún resonando en su cabeza, Cohen terminó en la cárcel, enfrentando cargos por agresión en segundo grado y daño criminal, delitos que pueden castigarse con hasta 10 años de prisión. Aturdido y sangrando, su padre había presentado cargos y obtenido una orden de alejamiento contra él. Pero Cohen no lo había matado. En los años siguientes, tuvo la sensación de haber caminado hasta el borde de un abismo. Unas 300 veces al año en Estados Unidos, un hijo mata a un padre o a su madre, lo que representa alrededor del 2 por ciento de todos los homicidios. Una gran parte de estos casos afecta a personas como Cohen: jóvenes con enfermedades mentales graves que viven en casa. Cuando los síntomas crecientes de psicosis hacen imposible estudiar o trabajar, los padres se convierten en el último sostén. Los delirios paranoides pueden invertir cruelmente esa lógica y volver a las personas contra la figura más cercana a ellas. Cohen encajaba en ese perfil; adoraba a su padre. A los 11 años pidió mudarse de la casa de su madre a la ordenada casa móvil de su padre, Randy, en Cohocton, Nueva York. Por el bien de Cohen, Randy, un conductor de transporte de combustible con un piercing en la oreja y una chaqueta de cuero, se convirtió en líder de Lobatos y Lobeznas. Sonreía orgulloso desde la pista en cada competencia de atletismo de su hijo. Ahora, en su pequeño pueblo, la familia se convirtió en tema de titulares sensacionalistas: "Hombre arranca la oreja de su padre en ataque con cuchillo", decía uno. En la cárcel, las alucinaciones de Cohen se convirtieron en terrores; la fecha de su graduación universitaria llegó y pasó. Lo que pesaría sobre él durante años, mucho después de que la psicosis hubiera remitido, era si su padre podría perdonarlo. "Yo lo había atacado", me dijo Cohen. "Eran mis manos en el cuchillo. Era yo quien lo hacía, ¿no? Recuerdo el momento. Era yo. Y no era yo". La ruptura del velo He cubierto salud mental durante gran parte de mi carrera y con frecuencia me encuentro escribiendo sobre delitos cometidos por personas en psicosis. Estos casos representan un pequeño porcentaje de los delitos violentos --alrededor del 4 por ciento, según los investigadores-- y la inmensa mayoría de las personas con psicosis nunca son violentas. Pero son el tipo de crímenes que cubren los periódicos: inexplicables, aterradores por su aparición repentina. A veces son aleatorios; un pasajero es empujado a las vías del metro. Pero a menudo ocurren entre las cuatro paredes de un hogar, como en el caso de Nick Reiner, acusado este año de apuñalar fatalmente a sus padres. (Reiner, diagnosticado con esquizofrenia y trastorno esquizoafectivo, se declaró no culpable de dos cargos de asesinato en primer grado). Sin embargo, es raro escuchar estos episodios de violencia desde la voz de quienes estuvieron directamente implicados. Por eso me intrigó, el año pasado, recibir el manuscrito de unas memorias de Cohen, en las que relataba la espiral de delirios y alucinaciones que lo llevaron a agredir a su padre. ¿Cómo, me pregunté, pudo su estado deteriorarse tan gravemente cuando estaba rodeado de personas que lo querían? Y después, ¿sería posible arreglar su relación? La historia de Cohen comenzó con una decepción común en su último año en SUNY College de Geneseo: una lesión puso fin a su carrera como corredor de fondo. Liberado de esa vida disciplinada, empezó a fumar marihuana a diario. Esa primavera sintió que algo cambiaba en el mundo; todo parecía brillar ante él. Se deslizaba por el campus, con los sentidos intensificados. Empezaron a saltarle señales en forma de colores: el rojo significaba peligro; el azul, seguridad. Sentado en su clase de humanidades, vio --o creyó ver-- a su profesor subir al podio y anunciar que él, Cohen, era un profeta. Cohen estaba experimentando psicosis, una ruptura con la realidad que el psicólogo Carl Jung describió como una "ruptura del velo". Algunos científicos creen que estos síntomas surgen de cambios en el neurotransmisor dopamina, que hace que las experiencias sensoriales se perciban como intensamente vívidas y significativas. Las alucinaciones, según esta teoría, ocurren cuando el cerebro interpreta fenómenos internos --como una áspera voz interna-- como reales, procedentes del mundo exterior. Los delirios, el síntoma más frecuente de la psicosis, pueden surgir cuando el cerebro atribuye un significado intenso a elementos triviales --como un coche negro-- como pistas de una historia subyacente y trascendental. A medida que marzo dio paso a abril, una presencia de otro mundo comenzó a dar instrucciones a Cohen. Encendió la televisión y vio los cuerpos pálidos y desnudos de dioses danzantes; vio sangre dorada brillar por las venas de sus pies. Condujo hasta una cafetería local y arrojó una piedra por la ventana, seguida de una serie de objetos rojos: un mensaje para Satanás. Randy volvió corriendo a casa, aún con su ropa de trabajo, y encontró a Cohen en la cocina. La mente de Cohen iba a toda velocidad; sentía que había llegado el momento que lo definiría para siempre. "Sentía que había perdido por completo mi identidad", dijo. "Como si ya no fuera Cohen. Era un ser distinto que lo sabía todo". Se detuvo, buscando palabras. "Es difícil describirlo, pero se siente como si fueras como si fueras Dios". Cohen miró su teléfono y vio un dibujo animado en el que un niño le golpeaba la cabeza a otro. Sintió que una verdad se le revelaba: el diablo estaba dentro de su padre. Caminaba de un lado a otro por la sala. "No quiero matarlo", dijo en voz alta, a nadie. "Amo a mi papá. No puedo matarlo". Entró en la cocina, abrió un cajón y sacó un cuchillo. 'Te va a matar' A los 52 años, Randy tenía una gran fortaleza física y pesaba unos 23 kilos más que su hijo, estrella del atletismo. Al ver el cuchillo, le gritó a Cohen para que se detuviera, y vio que no respondía. Los ojos de su hijo se veían extraños, grandes y oscuros, recordó Randy. "No era Cohen", dijo Randy. "Era algo maligno, y me asusté". Randy se lanzó sobre Cohen y ambos cayeron al suelo. Randy agarró la cuchilla, que se clavó en su mano hasta el hueso. Los registros policiales dejan claro lo cerca que estuvo de ser fatal. "No quería matarlo, pero algo me decía que lo hiciera", dijo Cohen a los agentes. "Me tenía dominado y no pude hacerlo". Impulsado por la adrenalina, Randy se soltó y salió corriendo de la casa. Al volver, encontró a Cohen esposado y siendo conducido a un coche policial. Cuando un detective lo entrevistó aquella tarde, le advirtió que no bajara la guardia. "Me dijo que ni siquiera debería quererlo de vuelta en la casa", contó Randy. "Te va a matar, eso es lo que me dijeron. Me quedé como ¿qué?" Según investigadores, existe una lógica que lleva a las personas en psicosis a desarrollar delirios centrados en sus familiares. El tipo de delirio más común es el persecutorio, que puede surgir cuando se interpretan señales ambiguas o sociales como hostiles. Cuantas más interacciones hay, más probable es que ocurra. Cuando Cohen salió de la cárcel, un mes después, sabía que había tenido suerte. En prisión, un psiquiatra le había recetado Zyprexa, un antipsicótico, y las voces se atenuaron. Randy retiró los cargos por agresión, y el defensor público le aconsejó aceptar un acuerdo que incluía un año de libertad condicional, tratamiento obligatorio y análisis de drogas obligatorios. Pero había sido expulsado de la universidad. Incluso empleadores de salario mínimo lo buscaban en Google. En el pueblo, todos parecían saber lo ocurrido; los otros reclusos lo llamaban "Chewy" (del inglés, algo como "Masticadorcito"). Y no estaba seguro de cómo arreglárselas sin Randy en su vida. La orden de restricción seguía vigente, y no había posibilidad de vivir juntos. En ese estado --incierto, desolado-- estaba Cohen cuando vio a Randy en el estacionamiento del tribunal, esperándolo y sonriendo. Randy abrió los brazos y los dos hombres se abrazaron. "Lo siento, papá", le dijo Cohen. "No te preocupes, hijo", fue la respuesta. "Te quiero". El largo camino de regreso a casa El mes pasado, casi 10 años después del ataque, conduje entre silos y campos cosechados para entrevistar a Randy y Cohen en Cohocton, un pequeño pueblo a unos 145 kilómetros de la frontera canadiense. La casa móvil de Randy parecía sencilla por fuera, pero por dentro era elegante y meticulosamente ordenada, con tonos tierra y madera veteada. Cohen se había convertido recientemente en padre, y Randy --que aún tiene aspecto de motociclista-- bromeaba suavemente sobre su paternidad ansiosa. A sus 32 años, Cohen es ahora un trabajador social que supervisa los programas de prevención del suicidio para la Oficina de Salud Mental de Nueva York. Su pelo está encaneciendo. Randy se ha jubilado y dedica su tiempo a cuidar de un Plymouth Roadrunner de 1968. Ambos hombres están bien. Ambos también están abrumados. Podrían haberlo perdido todo, me dijeron. "Eso fue prácticamente lo peor que podría haber vivido; que mi propio hijo intentara", dijo Randy, dejando la frase en suspenso. "Quiero decir, sé que no era mi hijo. Pero, ¿qué habría pasado si lo lograba?" Sentado en la habitación donde ocurrió todo, Randy explicó que no se había dado cuenta de que su hijo estaba en psicosis. Había escuchado los discursos de Cohen sobre la teoría de la relatividad de Einstein, su temor a que el sol licuara rocas en el interior de la Tierra. Pero Randy era un hombre de clase trabajadora. Cohen era un intelectual, el primero de su estirpe en ir a la universidad. "Pensé: es más inteligente que yo, así que probablemente sabe más", dijo. Resultó que había habido señales de alerta. Un mes antes del ataque, tras abordar a un profesor para compartir sus ideas exaltadas, Cohen fue detenido por la policía y hospitalizado durante cinco días para observación. Pero Randy desconfiaba de la psiquiatría; cuando tenía la edad de Cohen, le habían recetado medicación tras un intento de suicidio, pero dejó de tomarla en cuanto pudo. Su actitud, dijo, era "más bien levantarte y hacer lo que tienes que hacer". De regreso a casa desde el hospital, Cohen admitió que había mentido sobre sus síntomas para salir. Los dos discutieron si Cohen debía tomar la medicación antipsicótica que le habían recetado, y decidieron que no era necesaria. Ahora Randy sabe que esas decisiones fueron catastróficas. No culpaba a Cohen; lo que le impulsó a la violencia, me dijo, fue una fuerza externa. "Estaba fuera de él", dijo. Pero no había forma de negarlo: a un nivel casi celular, Randy sentía miedo de su hijo tras el ataque. Durante aquel verano, cada pocas semanas, Cohen volvía a preguntar: ¿podría volver a casa? La idea inquietaba a Randy. Tenía un sueño profundo. ¿Y si Cohen lo atacaba en el medio de la noche? Finalmente, tras seis meses, Randy accedió a que Cohen volviera a casa. "Si amas lo suficiente a tu hijo, haces todo lo posible por verlo bien. Eso es ser padre", dijo. Pero en silencio, sin decírselo, instaló un cerrojo en la puerta de su habitación. En la mesa junto a su cama, bajo un paño, guardó un cuchillo. El peso Cohen carga con su propio peso. Solo la suerte, me dijo, separó su destino del de Nick Reiner. "Él cruzó esa línea", dijo. "Y yo no". Una de las formas en que Cohen ha intentado reparar lo ocurrido es hablando todo lo posible sobre lo que significa perderse en la psicosis. Da charlas, responde preguntas de padres preocupados. Se ha convertido en parte de una red de familias que intentan recomponer sus vidas tras episodios de violencia ligados a enfermedades mentales. "Siento que puedo hablar desde una perspectiva única, porque lo viví y logré salir del otro lado", dijo. Sus memorias, Mending Reality: An Advocate's Existential Journey With Mental Health, fueron publicadas el verano pasado por Post Hill Press. En ellas describe cómo fue invadido por un sentido de misión que borraba el miedo y el dolor, y cómo navegaba un mundo poblado de presencias invisibles para los demás. Esta responsabilidad es especialmente grave porque ya no toma medicación antipsicótica. Durante un año tras salir de la cárcel, bajo la supervisión de una enfermera especializada, redujo muy lentamente su dosis hasta dejarla en cero. Dejó de consumir cannabis, que cree que contribuyó a su crisis. Compara su enfermedad mental con la diabetes o el cáncer, una enfermedad crónica que exige una vigilancia constante. Hace casi cuatro años, tuvo una tercera cita con Elizabeth Finger, a quien había conocido en Facebook Dating. Era trabajadora social, como él. Tenía el cabello rubio, abundante y ondulado y, a sus 31 años, buscaba formar una familia. Al dejarla en su coche, se volvió hacia ella. Necesitaba contarle una crisis de salud mental que había sufrido siete años antes. Cuando terminó, le pidió que pensara seriamente si quería seguir viéndolo. "Me dijo que encontraría cosas en Google", dijo ella. "Y vaya que las encontré". Fuera de la ventana Amigos del ámbito profesional le aconsejaron delicadamente que terminara la relación. Le dijeron que alguien con un diagnóstico de trastorno esquizoafectivo nunca podría tener una vida estable. Pero con el paso de los meses, Elizabeth se dio cuenta de que confiaba en Cohen, en parte porque se tomaba muy en serio lo ocurrido. Está convencida de que, si los síntomas regresan, buscará ayuda antes de que se agraven. Ambos están dispuestos a correr ese riesgo. Él está muy atento a cualquier señal, que suele aparecer cuando le falta sueño o está estresado. Tiene planes preparados: siestas, líneas de ayuda, medicación. Pero la vida sigue adelante, con planes o sin ellos. Hace tres meses, tras un parto de 24 horas, nació su hija, una bebé de dos kilos y medio, con las mejillas redondas como flores de cerezo. Tanto Elizabeth como Cohen llevaban un par de noches sin dormir. Después, él se quedó despierto con la bebé para que Elizabeth pudiera descansar. Miró por la ventana hacia la oscuridad y de pronto todo se veía extraño: un árbol justo afuera parecía licuarse y derretirse hacia el cielo. Cohen se acercó a la ventana: ¿se lo estaba imaginando? Pero seguía allí, ascendiendo en la oscuridad como una cascada invertida. Toma notas mentales cuando ocurren estas cosas. "Es una posible alucinación", se dice a sí mismo; expresarlo con palabras le quita parte de su fuerza. Por la mañana, se acercó de nuevo a la ventana, y el mundo volvió a su cauce normal: detrás del árbol, en la oscuridad, una chimenea arrojaba nubes de humo. Ese día, al prepararse para salir del hospital, Cohen le dijo a la partera que temía que su psicosis regresara, y ella respondió con calidez y apoyo; es raro que un padre sea tan abierto sobre sus síntomas. Le imprimió una lista de líneas de ayuda y grupos de apoyo, como las que suelen darse a personas que viven con una enfermedad mental. Luego Cohen abrochó el cinturón del bebé en un asiento de la parte trasera del coche, y partieron hacia casa. Ellen Barry es reportera del Times y cubre salud mental.
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