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» La Nacion
Fecha: 03/04/2026 12:56
Los dos arquitectos argentinos elegidos por Francisco que construyen en el Amazonas Por sus primeras obras en barrios vulnerables de la Argentina, el Sumo Pontífice convocó a la arquitecta Juliana Mombelli a planificar una escuela indígena en el Amazonas, proyecto que desarrolló con Martín Laniado Spilzinger - 11 minutos de lectura' Con una botella de agua, repelente y los planos en la mochila, los arquitectos Juliana Mombelli y Martín Laniado Spilzinger navegan las aguas del río Napo, una de las vertientes del Amazonas, para llegar a Santa Clotilde, una pequeña localidad peruana en la que viven poco más de cuatro mil habitantes. Allí los esperan los alumnos de la escuela-hogar Lucille Gagné Pellerin (LuGaPe), quienes aguardan con ansiedad que terminen las obras. Santa Clotilde está al borde del río Napo. Se trata de una de las regiones más salvajes de la Amazonía. El río Amazonas es como la avenida principal por donde van todos los buques que cargan a la gente. Nosotros nos desviamos por el Napo a la altura de isla Orellana, que se llama así porque fue ahí donde Fernando de Orellana descubrió el Amazonas (en el siglo XVI), cuenta Mombelli y aclara que el único transporte disponible para llegar a Santa Clotilde son las canoas. Ella fue la primera de los socios en pisar la selva y reconoce que tuvo que afrontar todos los miedos y prejuicios con los que venía de la ciudad. Sobre todo, su temor a las serpientes y a las arañas. Cuando llegué me hicieron un tour por los pueblos cercanos para que viera cómo era su arquitectura. Fue una especie de posgrado intensivo de tres días (risas). Así pude ver cómo vivían las distintas comunidades y cómo eran sus sistemas constructivos, dice sobre esta región en la que conviven poblaciones originarias como huitotos, secoyas, maijunas y kichwas. Mombelli fue convocada para trabajar en la Amazonía tras haber concretado con éxito varios proyectos en barrios vulnerables de la Argentina, como Ciudad Oculta (CABA) y Don Orione (provincia de Buenos Aires). Al principio ella no lo supo pero, detrás de la construcción de la escuela primaria de Ciudad Oculta, estaba el papa Francisco. Me enteré con la obra ya avanzada. Estábamos por inaugurar las primeras dos aulas y fue ahí que nos grabó un video saludándonos a todos. La gente piensa que la financiación venía de su fundación (que lleva su mismo nombre) pero, la realidad, es que él financiaba muchas obras de su propio bolsillo. Luego de esta experiencia, Francisco convocó nuevamente a Mombelli para dibujar los planos de un centro pastoral indígena ubicado en la ciudad de Caballococha, también en el Amazonas. Este proyecto fue financiado cien por ciento por Francisco. Él se enteraba cada vez que yo viajaba porque tenía que hacer la rendición de los gastos. Siempre estuvo al tanto del proyecto y conocía de primera mano los problemas de la gente. Cuando hicimos esta inauguración, él ya estaba internado, pero pudimos mandarle una foto y se puso contento. Afortunadamente, pudo ver gran parte de la obra antes de su fallecimiento (en abril de 2025). El Sumo Pontífice se mostró siempre muy cercano a las comunidades originarias de la Amazonía y, de hecho, en su exhortación de 2020 llamó a cuidar la casa común haciendo referencia a esta región. Sueño con una Amazonía que luche por los derechos de los más pobres, de los pueblos originarios, de los últimos, donde su voz sea escuchada y su dignidad sea promovida. Sueño con una Amazonía que preserve la riqueza cultural que la destaca, donde brilla de modos tan diversos la belleza humana. Sueño con una Amazonía que custodie celosamente la abrumadora hermosura natural que la engalana, la vida desbordante que llena sus ríos y sus selvas (...), expresó. Al concluir las obras en Caballococha, Mombelli recibió la propuesta de trabajar en Santa Clotilde. Fue el obispo José Javier Travieso, instalado en el Amazonas, quien la puso al tanto de las ampliaciones que necesitaban hacer en LuGaPe y le pidió que realizara los planos a la distancia. Era un lugar al que nunca había ido, no sabía qué hacer (porque se trataba de una ciudad bastante diferente a Caballococha). Lo que hice fue ver un video en Youtube que me dijo todo lo contrario a lo que tenía que hacer: que pusiera ventanas (con vidrio) y que colocara techos bajitos. Cuando el obispo lo vio, me escribió y me dijo que (los planos) no estaban muy bien. Ahí fue que me invitó a conocer el lugar. Poco después, se sumó al equipo Laniado Spilzinger. Los arquitectos recuerdan con humor que, debido a las duras condiciones climáticas de calor y humedad, los lugareños apostaban cuánto tiempo tardarían en abandonar el proyecto e irse de Santa Clotilde. Una de las razones del chiste también se basaba en que venían de una seguidilla de proyectos internacionales fallidos, como el que realizó una constructora canadiense. Muy seguido sucede que, cuando se diseña sin pisar el territorio, se aplican cuestiones que no funcionan y que la población acaba por no usar. Lo que pasó con este proyecto canadiense fue que no confiaban en la mano de obra local, que no era especializada, y enviaron a sus propios arquitectos. El tema fue que habían traído aulas estandarizadas y preparadas para colocarles, por ejemplo, aires acondicionados, y en Santa Clotilde hay muy pocas horas de electricidad. Por ende, se gastó una fortuna y ellos siguieron usando las estructuras viejas que se caían a pedazos porque no se sentían cómodos con las aulas nuevas. A nosotros nos gusta, en vez de traer todo de afuera, formar a los lugareños para darles un oficio y hacer crecer la economía del lugar, explica Mombelli. Ambos arquitectos buscan crear lazos a largo plazo con los constructores porque serán ellos quienes acabarán las ampliaciones de la escuela bajo su supervisión y se encargarán del mantenimiento en el futuro. Cabe destacar que la mayoría de los trabajadores no son albañiles profesionales, sino que son padres de los chicos que asisten a LuGaPe. Ellos se lo toman con mucho entusiasmo. En el último viaje, por ejemplo, les enseñamos a hacer una escuadra a 90 grados. Son herramientas básicas que les faltaban para poder construir. Les explicamos también la cuestión de los planos. Eso a veces es difícil porque gran parte de la población es analfabeta pero bueno, le ponemos colores y le buscamos la vuelta hasta que lo entiendan. Además, es bueno que ellos aprendan cómo hacer el mantenimiento de los edificios para que, si tienen que arreglar algo en el futuro, sepan cómo resolverlo, asegura Mombelli. La llegada de los materiales de construcción a Santa Clotilde puede volverse una odisea ya que solo se trasladan por vía fluvial y están a merced de las subidas y bajadas del río Napo. A esto se suma el problema de la deforestación de la selva, que comenzó en el siglo XIX con la extracción indiscriminada del caucho y que continúa hasta el día de hoy con la tala ilegal. Nosotros compramos los materiales en Iquitos (considerada la capital de la Amazonía) o en Lima, dependiendo de la disponibilidad. Ya no se pueden usar materiales de la selva por el tema de la deforestación. Muchas personas nos preguntan por qué no construimos con barro y es por el tema de las lluvias. Acá hay tormentas tropicales, que son muy fuertes y van lavando todo. Con respecto al techo tradicional de hojas, lo cierto es que sí funciona y es lo que más sirve para mantener la temperatura dentro del edificio. El tema es que para nosotros no es tan practicable por el mantenimiento que requiere, solo dura un par de años y se echa a perder. También pueden ingresar insectos o roedores, explica Laniado Spilzinger. Mombelli señala que, al momento de avanzar, también deben tener en cuenta las costumbres constructivas locales, como la ventilación cruzada, que se gana con ventanas siempre abiertas y dispuestas para que pueda circular el aire. Una de las cosas que nos solicitaron fue hacer galerías porque faltaban espacios de sombra. Nos pedían que tuvieran piso (de material) para poder limpiarlo. Los chicos suelen sentarse bajo la sombra de los árboles pero, en las temporadas de lluvia, está todo lleno de barro. Ellos tienen aulas y dormitorios, pero también necesitan un lugar para hacer la tarea porque no vuelven a sus casas. Algunos tienen hasta diez horas de viaje para poder regresar. Actualmente, los arquitectos trabajan en la ampliación de las habitaciones donde duermen los adolescentes varones y en la construcción de oficinas que, en el futuro, serán utilizadas como consultorios psicológicos. Su plan es terminar el proyecto a mediados de año. Con una lógica parecida a la de una escuela rural, los estudiantes no solo aprenden en LuGaPe las materias curriculares, sino también panadería, huerta y cómo administrar los alimentos. Los adolescentes se levantan a las tres de la mañana para hacer pan y lo venden en el pueblo. Esa plata les queda para ellos. La idea es que aprendan oficios para que, cuando vuelvan a su comunidad, puedan hacerla crecer, continúa la arquitecta. Por su parte, Laniado Spilzinger cuenta sorprendido que los alumnos de primaria tienen una gran disciplina para las tareas domésticas, con las que deben colaborar en la escuela. Son chicos de diez años que se levantan solos, se hacen la cama, lavan su propia ropa y siempre los ves con el uniforme planchado. Todas esas actividades son autoadministradas por ellos, es impresionante, añade. Si bien se trata de una escuela pública, ante la falta de docentes y profesionales residentes en Santa Clotilde, LuGaPe es dirigida y administrada por la congregación de las Siervas del Santísimo Sacramento. La escuela es bilingüe. La mayoría de los profesores que enseñan allí son ex alumnos. Durante muchos años, hablar la lengua nativa (kichwa) fue considerado una vergüenza pero, por suerte, eso cambió. Hoy se enseñan danzas tradicionales, cómo preparar la comida local y eso está bueno. Es interesante porque se trata de una tercera generación que vuelve a los orígenes. Los abuelos de los chicos habían mantenido esas prácticas activamente, pero quizás los padres las perdieron un poco porque no les daban importancia y tuvieron una educación más occidental. Hoy en día, los chicos están interesados en retomar su cultura, asegura la arquitecta. Con ánimos de resguardar su patrimonio cultural, los alumnos de LuGaPe también crearon un proyecto para mantener vivo el legado de sus ancestros. Lo que hacen es pedirles a sus abuelos que les cuenten las leyendas autóctonas, las anotan y las guardan en el colegio. Están armando una especie de biblioteca con el material recopilado. La verdad es que todo funciona muy bien ahí, sostiene Mombelli. Los arquitectos sueñan con llevar a Olam, el estudio que crearon, hacia otras misiones humanitarias y, ahora, tienen puesto el ojo en África. El año pasado, estábamos desarrollando un proyecto para una escuela en República Democrática del Congo, pero se suspendió porque estalló una guerra civil. Si bien ahora está todo más tranquilo, una vez que esos proyectos se detienen cuesta que vuelvan a arrancar, explica Laniado Spilzinger. Mombelli celebra que también tienen en el tintero un proyecto en Kenia ya que fueron convocados por una congregación para construir una parroquia, una escuela y un centro de rehabilitación. Nuestra idea es colaborar con este proyecto. En principio, lo vamos a hacer a la distancia porque tenemos que ayudarlos a conseguir los fondos. Eso es lo primero (para poder empezar). Y después sí viajamos nosotros. Finalmente, los arquitectos reflexionan sobre su rol social y aseguran que sus proyectos son contraculturales porque se enfocan en permanecer en los sitios en los que trabajan, formar a la gente que colabora con ellos y cuidar el espacio natural. Todo lo que hacemos acá en Buenos Aires o en la Amazonía lo podemos hacer también en África, porque la idea es que la gente se apropie de los edificios. No queremos que sean como platillos voladores que cayeron ahí y nadie los entiende. Queremos ser un puente, poner nuestro conocimiento técnico al servicio de las comunidades, concluye Mombelli.
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