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  • El nuevo cuento de Marcelo Birmajer: Una historia de Borges

    » Clarin

    Fecha: 03/04/2026 06:45

    A Borges se le atribuyen poemas y frases que nunca escribió ni dijo. La profusión de citas apócrifas en la web lo ha contado entre sus víctimas en varias ocasiones. Sin embargo una de las anécdotas que circulan, con nuestro autor como protagonista, la doy por cierta: Borges viaja en taxi. El taxista lo reconoce. Le comenta: -Pero usted es Borges... -No -responde Borges-. Yo soy Sabato. Por algún motivo, cada vez que reconstruyo esta historia en mi memoria, o la narro, me vuelve a causar gracia. Tuve el privilegio de participar como espectador de una o dos conferencias de Borges, y el humor espontáneo de su genio coincide con el intercambio referido. Mi ilusión, desde que escuché esta suerte de sketch, era encontrar alguna vez al taxista. Cuando trabajé para el programa de Fabián Polosecki, El otro lado, propuse que entrevistáramos a ese conductor, si es que alguna vez lo distinguía entre la multitud. Me habilitaron con desidia, pero nunca di con el coprotagonista de la anécdota. Lo busqué por medio de avisos clasificados y productores calificados, pero no hubo caso. Todavía no existían las redes. No se encendían ni estallaban. Una tarde de 2017, más de veinte años después de que hubiera dejado de emitirse El otro lado, viajaba yo en un taxi cualquiera cuando repentinamente descubrí, en el espejo central retrovisor del conductor, el de dentro del auto, que el taxista era muy parecido a Ray Bradbury, el autor norteamericano de ciencia ficción, Crónicas Marcianas, El hombre ilustrado, Farenheit 451. Probablemente fuera por el hecho de que Borges tradujo al español y prologó Crónicas Marcianas, que cuando el taxista me preguntó, ya no recuerdo exactamente con qué palabras, si me pasaba algo, confesé con cierto pudor: -Usted es igual a Ray Bradbury. Bradbury había muerto hacía por lo menos un lustro. En ese instante no podía recordar con precisión cuántos años atrás. No podría haber hablado el porteño con aquella facilidad, aún cuando hubiera resucitado. Aunque, quién pudiera saberlo... Las academias del Más Allá quizás alcanzan la velocidad de aquellas que ofrecían el aprendizaje del chino en un par de meses, en los avisos recuadrados de las historietas apaisadas de nuestra infancia. En cualquier caso, yo no era quién para poner en duda la declaración de mi interlocutor. En una de las Crónicas de Bradbury, los marcianos adquieren la apariencia de los muertos y abruman a los deudos. De algún modo, como lector, yo era un deudo de Bradbury. Me dijo que se había quedado sin nafta y que si podía aguardarlo a que cargara. Yo pensé para mis adentros en el remanido dicho de que no le llegaba el agua al tanque. Apenas se detuvo en la estación de servicio de la calle Anchorena, dejé sobre el asiento una cantidad de dinero que superaba discretamente lo que marcaba el taxímetro -palabra en vías de extinción-, y me marché por mis fueros. A la altura de Tucumán, una señorita de privilegiada belleza me detuvo tomándome por el brazo y me preguntó si yo era yo. Sentí la tentación de responder que yo era en realidad uno de los Malerba, pero me pareció un chiste ya gastado, no para un conjunto determinado de personas sino para mí mismo. Simplemente asentí. Como humorista, yo respetaba el derecho de autor. -Usted se acaba de bajar del taxi de mi padre -detalló-. Él se cree Ray Bradbury. Los muchachos de la estación de gas lo conocen. Es inofensivo. Pero ahora, más que nunca, necesita un envión. No le queda mucho. -¿Un envión para qué? -consulté-. La combinación de contrición y juventud en el rostro de la muchacha me hizo imposible negarme. La casa quedaba sobre la calle Tucumán, entre Anchorena y Agüero. Era un PH en el que yo había establecido al protagonista de una de mis novelas publicada precisamente el año de la muerte de Bradbury, puedo recapitular ahora. Mi destino, la estación de GNC, todo había confluido para aquella escena inverosímil. Ray Bradbury merendaba ravioles con tuco y pesto al fondo de un patio chorizo (los norteamericanos cenan en horario vespertino). Bradbury me aclaró que se hallaba en una misión para alinear a la Argentina con cierto sistema solar. Nuestro país había formado parte de una constelación y, por culpa de no sé qué Big Bang, había salido disparado hacia otra estratosfera. Otros planetas hermanos aguardaban nuestro retorno para reiniciarnos en la senda del progreso. ¿Cuál era mi rol en esa odisea espacial?, consulté. El hombre me convidó un vaso de soda de un sifonazo. -Sumarnos a la caravana marciana -aclaró-. Salen de Tucumán y Agüero. Lamentaba que su relato careciera de sentido. La combinación de países y planetas, no cuajaba. La palabra estratosfera tampoco resultaba lógica. Yo no sabía nada del asunto, pero intuía que eran vaguedades dispersas, no organizadas. No obstante me subí al taxi en la esquina de Tucumán y Agüero. ¿Qué otra cosa podía hacer? El dinero que había dejado en el asiento trasero continuaba allí. -¿A qué hora nos pasarán a buscar? -murmuré en la oscuridad-. -Soy Ray Bradbury -me respondió con cierta irritación-. No el mono relojero. Sobre la firma Newsletter Clarín

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