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  • La Fragata Libertad y una nueva misión cargada de historias a bordo: "En el mar, el barco es la única esperanza"

    » Clarin

    Fecha: 03/04/2026 06:28

    Amarrada en el puerto, con las velas recogidas, la Fragata ARA Libertad parece detenida. Pero no. En cubierta hay movimiento constante; en las escaleras angostas y empinadas se cruzan tripulantes; en cada sector alguien trabaja sin pausa. El barco todavía no navega, pero el viaje, de algún modo, ya empezó. En pocos días zarpará para un nuevo viaje de instrucción, el 54°, en una travesía de más de cinco meses que marca el tramo final en la formación de los guardiamarinas. A bordo irán más de 250 personas que llegan de norte a sur y de este a oeste del país, llenos de sueños, de ganas y de orgullo: desde Jujuy hasta Tierra del Fuego, desde la costa atlántica hasta el oeste cuyano. Entre ellos, Ángelo Carballo, de Misiones; Álvaro Gutiérrez, de Ledesma, Jujuy; Ayelén Borges, de San Juan; Sara Noroña, de Ushuaia; y Brenda Núñez, de Mar del Plata. Una geografía entera reunida, con historias distintas que hoy se cruzan en un mismo barco a punto de zarpar. La misión, explica el comandante Jorge Cáceres, es clara: formar a los guardiamarinas. Que asuman tareas reales guardias de navegación, de puente de comando, puestos de responsabilidad y que, al mismo tiempo, representen al país. La Fragata es una embajadora, dice. Él mismo atravesó ese recorrido. Hizo su viaje de instrucción en 1998 como guardiamarina, volvió en 2017 como jefe de cubierta y hoy está al mando. Cuando se le pregunta por el joven que empezó la carrera y el hombre que es ahora, no contesta enseguida. Se toma unos segundos para manejar la emoción. Después habla del mismo sentimiento de entonces, de su vínculo con el mar y de una vocación que se sostuvo en el tiempo. Nunca imaginé que iba a estar acá de comandante. Creo que para nosotros es uno de los sueños más grandes. Para Brenda Núñez (22), guardiamarina en comisión, todo empezó mucho antes, en su infancia en Mar del Plata. Desde chica fui fanática del mar y veía la Fragata en el puerto, cuenta. La veía y pensaba: qué buque inmenso, sería un honor estar ahí. No era una idea pasajera. Ingresó a la Armada en 2022 y hoy transita el tramo final de una formación de cuatro años que culmina con este viaje. Arranqué la carrera justamente porque sabía lo que era la Fragata Libertad. Tuve la oportunidad de recorrerla como civil y eso me había llamado muchísimo la atención, dice. Como ella, muchos de los que hoy están a bordo conocieron primero a la Fragata desde afuera. La vieron en un puerto, la recorrieron como visitantes o escucharon hablar de sus viajes. Para varios, ese primer contacto fue el que terminó marcando el rumbo. Pero estar a bordo en la Fragata no es casual: es el resultado de años de decisión, de disciplina y de una elección que, en muchos casos, empezó mucho antes de ingresar a la Armada. Entre esas dos historias la del comandante que llegó a ese lugar después de décadas y la de Brenda, como la de tantos otros que recién empiezan se mueve la vida a bordo. Y es ahí donde empieza, de verdad, el viaje. La vida a bordo Desde afuera, la Fragata Libertad se ve imponente. La proa, con su mascarón la figura de una mujer que avanza sobre el río, marca el rumbo, mientras los mástiles y los cabos se recortan contra el cielo. Pero alcanza con bajar una de las escaleras para que todo cambie. La luz del día queda afuera, el viento se apaga, y aparece otra vida. El barco se organiza en sectores. Hacia popa, los espacios de oficiales; hacia proa, los de suboficiales; en el centro, los guardiamarinas, ubicados ahí por una cuestión de estabilidad: es la zona donde el movimiento se siente menos y donde pueden concentrarse mejor en su formación. En ese sector se distribuyen los dormitorios: cuchetas de tres niveles, lockers individuales, baños y espacios compartidos. De un lado, el sector masculino; del otro, el femenino. También tienen su propio salón: un espacio amplio, donde la madera es protagonista, con sillones verdes y mesas largas. Es comedor, aula y lugar de recreación al mismo tiempo. Ahí transcurre buena parte de su vida a bordo. Estar acá es el resultado de cuatro años de esfuerzo, dice Ángelo Carballo (22), guardiamarina en comisión. Va a pasar su cumpleaños en navegación y lo cuenta con entusiasmo. Habla del orgullo de sus padres, de lo que significa para su familia verlo ahí y de todo lo que implicó llegar hasta este momento. La rutina de los 45 guardiamarinas a bordo mezcla formación, trabajo y convivencia. Requiere disciplina, pero también mucha camaradería, dice Brenda Núñez. Más allá, en el área de sanidad, varias oficiales y suboficiales trabajan en silencio. Ordenan insumos, revisan equipos, acomodan medicación. Hay un consultorio odontológico y una sala preparada para intervenciones quirúrgicas. Todo está listo para atender a una tripulación que pasará varios meses en navegación. Viajar en la Fragata y ofrecer mis servicios es un orgullo y una responsabilidad, porque representamos al país en cada puerto extranjero, dice Ayelén Borges (33), cabo principal de sanidad, enfermera, oriunda de San Juan. No es solo el trabajo médico, también es cómo uno se muestra afuera. La organización también se ve en lo cotidiano. Bajo cubierta, hay dos cocinas que funcionan de manera permanente para abastecer a toda la tripulación durante la navegación. Al volver a la cubierta por otra de las escaleras, la actividad no se detiene. El ritmo es constante: se escuchan pasos, órdenes, herramientas en movimiento. Algunos pulen los bronces hasta que brillan; otros supervisan, corrigen, ordenan. Es parte del día a día. Todo tiene que estar en condiciones, explica Álvaro Gutiérrez (22), cabo segundo, oriundo de Jujuy. La Fragata es un emblema para nosotros, es una embajadora de nuestros mares, dice. Y después agrega: Estar en mar abierto, en la nada, y que el barco sea la única esperanza. Y que tus compañeros sean la familia. Son los que te levantan día a día. Más abajo, otra vez por las escaleras, la Fragata cambia de nuevo. En la sala de máquinas, el trabajo es otro: más técnico, más exigente. Sara Noroña (25), cabo segundo maquinista, oriunda de Ushuaia, forma parte de ese sector. Lo mío son las máquinas, dice. Es una de las pocas mujeres maquinistas a bordo, no más de cinco en todo el barco. Siempre tuve el sueño de estar en la Fragata. Mi hermano, que también es de mar, estuvo acá y me motivó mucho. Hoy estoy muy contenta de estar, cuenta. Pero no todo es entusiasmo. Lo más difícil es la familia. No es lo mismo estar lejos en tierra que en el medio del mar. Aun así, eligió ese camino: el esfuerzo, dice, es parte de lo que implica estar ahí. Aunque oficiales, suboficiales y guardiamarinas tienen funciones y espacios distintos, los cruces son constantes: en los pasillos, en las guardias, en los momentos de descanso. La Fragata funciona como una pequeña ciudad en movimiento, donde todos dependen de todos, en una convivencia marcada por la disciplina, el compañerismo y una misma vocación por el mar. El viaje y la historia de la Fragata El próximo 11 de abril, la Fragata ARA Libertad zarpará desde el puerto de Buenos Aires para iniciar su 54° viaje de instrucción. Durante 161 días recorrerá nueve puertos en cinco países y navegará cerca de 16.000 millas náuticas (29.632 kilómetros). La primera escala será en Fortaleza, Brasil, y luego continuará hacia Estados Unidos, donde visitará New Orleans, Norfolk, Baltimore, New York y Boston, en el marco de las celebraciones por los 250 años de su independencia. El itinerario seguirá por Kingston (Jamaica), San Juan de Puerto Rico y Río de Janeiro, antes de regresar al país. A bordo viajarán más de 250 personas, entre oficiales, suboficiales y los 45 guardiamarinas en comisión que completarán allí su formación. Como buque escuela, la Fragata combina instrucción y representación: mientras los futuros oficiales asumen tareas reales de navegación, el barco actúa como embajadora argentina en cada puerto. Construida en el Astillero Río Santiago y botada en 1963, la Fragata Libertad es uno de los veleros más grandes y reconocidos del mundo. Mide 104 metros de eslora, cuenta con tres mástiles y 27 velas, y su mascarón de proa una figura femenina que representa a la República es uno de sus símbolos más característicos. A lo largo de su historia, obtuvo récords de navegación y premios internacionales como la Boston Teapot, consolidándose como una de las grandes embajadoras del país en el mar. En pocos días, la Fragata ARA Libertad soltará amarras y dejará el puerto para volver al mar. Entonces, lo que hoy es preparación se convertirá en travesía. A bordo, cada uno iniciará su propio viaje. Para algunos será el primero; para otros, como el comandante, una nueva vuelta sobre una historia que empezó hace años. Afuera, el océano abierto. Adentro, una vida en común sostenida por la disciplina, el compañerismo y una misma vocación. Para quienes eligen esta vida, la libertad no es una idea abstracta: está en el mar, en el viento que empuja las velas, en esa forma de avanzar durante días sin tocar tierra. Y pocas cosas la representan mejor que este buque. Y mientras el viento vuelva a tensar las velas, la Fragata seguirá haciendo lo que hace desde hace más de seis décadas: formar marinos, representar al país y, sobre todo, poner en movimiento esas historias que, como el mar, van y vienen. Maestría Clarín / Universidad de San Andrés MG Sobre la firma Newsletter Clarín

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