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  • El número baja, pero la vida no mejora: ¿cómo es eso?

    Cerrito » Debate Abierto

    Fecha: 02/04/2026 18:02

    Leido 3 veces *Por Roberto Schunk El último informe del INDEC informó una baja en el índice de pobreza en la Argentina. El dato fue presentado como un logro económico. Sin embargo, convive con una realidad cada vez más difícil de ocultar. Caída del consumo, aumento de la morosidad en las fintech y en la banca tradicional, cierre de empresas, deterioro del empleo, más personas durmiendo en la calle o buscando comida en los contenedores, jubilados que no llegan a cubrir sus necesidades básicas y trabajadores formales cuyos ingresos no alcanzan para salir de la pobreza. No se trata de percepciones aisladas. Se trata de un deterioro extendido de las condiciones de vida. La pregunta, entonces, no es si el número es correcto. La pregunta es qué está midiendo ese número. El índice de pobreza se construye comparando los ingresos de los hogares con el valor de una canasta básica. Es una metodología extendida y técnicamente consistente, pero tiene una limitación central: mide ingresos monetarios, no la calidad de esos ingresos ni la estabilidad de las condiciones de vida. Y ahí aparece el problema. Hoy, en la Argentina, los ingresos de los hogares ya no provienen mayoritariamente del trabajo estable. Se construyen, cada vez más, a partir de una combinación de fuentes: salarios formales e informales, transferencias del Estado como la AUH, ingresos por trabajos precarios o de plataformas (como Uber o repartos) y múltiples estrategias de supervivencia. Desde el punto de vista estadístico, todos esos ingresos suman. Pero, desde el punto de vista social, no son equivalentes. Un hogar puede superar la línea de pobreza porque logra armar ingresos combinando asistencia estatal, más horas de trabajo y actividades inestables. En la medición, deja de ser pobre. En la vida real, sigue atrapado en una situación de vulnerabilidad permanente. La metodología no distingue entre un ingreso estable y uno precario, ni entre una mejora real y una forma de sostenerse en condiciones cada vez más frágiles. Tampoco capta el costo humano de ese ingreso: más horas trabajadas, múltiples ocupaciones, desgaste físico y dependencia creciente de transferencias. A esto se suma otro problema: la canasta con la que se mide la pobreza no refleja adecuadamente el costo real de vida. Mientras los servicios, el transporte o el alquiler aumentan con fuerza, el indicador sigue anclado en una estructura de consumo que no acompaña esos cambios. El resultado es un indicador que puede mostrar mejoras incluso cuando la vida cotidiana se vuelve más difícil, más inestable y más precaria. Por eso, presentar la baja de la pobreza como evidencia de una mejora generalizada no solo es una simplificación: es una lectura que desconoce la profundidad del deterioro social que atraviesa gran parte de la población. La pobreza no es solo una línea estadística. Es la posibilidad real de vivir con dignidad. Y cuando cada vez más personas trabajan más, ganan menos en términos reales, se endeudan para subsistir y ven deteriorarse sus condiciones de vida, el problema no es cómo se mide la pobreza. El problema es la realidad que esa medición no alcanza a mostrar. (*) Contador público y docente universitario. Fue ministro de Producción de Entre Ríos entre 2011 y 2015. Se dedica a la investigación y la docencia en la Universidad Nacional de Entre Ríos (Facultad de Trabajo Social y Facultad de Ciencias de la Educación) y en la Universidad Nacional del Litoral (Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales). Su trabajo académico se centra en economía y políticas públicas provinciales.

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